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HA… CHE RETÃ PARAGUAY ✓

He visto al otro país

“He visto al otro país / buscándose el porvenir / de adolescente lo vi / por la primavera queriéndose./ En tantos vuelve a nacer/ me gusta sentirlo así/ que nadie pueda con él/ déjenlo vivir, déjenlo vivir…”. (Teresa Parodi, El otro país).


Mártir Cabrera es una mujer campesina, de tez cobriza y risa fácil, que vive en la ladera del Cerro Real, en la zona de Caacupé, donde tiene una fábrica de dulces artesanales en el kilómetro 57 de la ruta 2.

Aprendió a hacer dulces desde niña. Tenía una sola olla, negra de hollín. El aroma de los manjares caseros elaborados con fuego de leña atraía a muchos clientes, pero el dinero desaparecía en los gastos domésticos y Mártir nunca sabía dónde estaba la ganancia.

Un día participó del programa Pypore Huella Franciscana, de la Fundación Tierranuestra, donde aprendió a crear su propia microempresa, cuidar la calidad de sus productos y hacer un plan de negocios: adjudicarse un salario, registrar cada guaraní, plantearse objetivos. “Koanga che ha’e aipo emprendedora turística”, dice con pícara sonrisa, mostrando su marca de dulces artesanales Cerro Real.

La escuché a Mártir contar su historia en la noche del jueves, durante un simbólico acto por los 20 años de la Fundación Tierranuestra. Esta organización, nacida en abril de 1997, en una granja de Ybycuí, bajo el impulso de una excepcional mujer llamada Lucha Abatte, es pionera en la educación ambiental al aire libre y en la formación de comunidades emprendedoras, hasta integrarse con otro revolucionario proyecto educativo: Sonidos de la Tierra, del maestro Luis Szarán.

Entre los sones del Imagine de John Lennon, en versión guaraní, cantada por Ricardo Flecha e interpretada por la Orquesta de Instrumentos Reciclados H20 Sonidos del Agua, fuimos conociendo otras conmovedoras experiencias, como el rescate y la promoción de los humedales del Lago Ypoá o la preservación del patrimonio intangible en Areguá, pero principalmente la odisea de llevar la educación musical a 18.000 niños, niñas y jóvenes de escasos recursos en todo el país.

La creación de tantas orquestas musicales como escuela de vida, de donde emergen quizás buenos músicos, pero sobre todo ciudadanos y ciudadanas conscientes de su responsabilidad social. Y por detrás, “la escuela que no se ve”: las comunidades que rompen la apatía y se organizan para mejorar sus condiciones de vida.

Fue inevitable hacer la comparación. Horas antes habíamos asistido a una larga y deplorable sesión de miserias en el Senado, como consecuencia de una artificial crisis política que mantuvo al país en vilo por largos meses, y nos preguntábamos casi con vergüenza ajena: ¿Es este el Paraguay que merecemos?

Pero esa noche estábamos allí y podíamos ver el otro país. Personas con una visión diferente sobre el Paraguay, que no solamente sueñan o imaginan ese otro país, sino que lo están construyendo. Personas que esperan encontrar o crear algún día, más temprano que tarde, a los líderes políticos que realmente los representen y los merezcan…

Por Andrés Colmán Gutiérrez

 

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

6 comentarios en “He visto al otro país

  1. Populismo rastrero

    @Huguelli
    El nene chorrea un líquido, con un recipiente, por el parabrisas de un automovilista. El detergente aguado se esparce y el coche avanza unos metros a la espera de la luz verde. Lo ignora. En Mcal. López y San Martín, Asunción, los limpiavidrios van de auto en auto, imponiendo sus servicios y reprochando a quienes se niegan a acceder. Entre ellos hay un niño que no pasa de los cuatro años de edad. Corretea descalzo de aquí para allá, los vehículos circulan a una velocidad no tan prudente cerca de él. Su presencia allí transcurre en medio del más absoluto peligro. No es protegido por sus padres, menos por las autoridades.

    “Esta sociedad y quienes la gobiernan no cuidan al sector más vulnerable”
    Esta sociedad y quienes la gobiernan no cuidan al sector más vulnerable. Niños en situación de pobreza extrema padecen de hambre y frío, por un montón de causas, y el Estado poco o nada hace para asistirlos. Para los políticos, ellos no cuentan, pues no representan votos. Eso sí, para utilizarlos en campañas proselitistas recurren a sus brazos, ya sea haciendo entrega de donaciones con sus nombres y el de sus partidos políticos o posando para la foto. El populismo rastrero de siempre.
    Una muestra de ello ocurrió en la escuela José María Argaña, de Pedro Juan Caballero, donde se acercaron sillas con fotografías y nombres de los diputados Marcial Lezcano (ANR) y Juan “Ancho” Ramírez (PLRA). La entrega fue una donación de ambos legisladores. La lista de casos similares es larga. En marzo, la intendenta de Villa Oliva, Eusebia Musa, recibió la entrega de mochilas y útiles que llevaban la inscripción “Luis Benítez-Pedro Alliana 2018”.
    Si vamos a nombrar a quienes recurren a criaturas para ser proselitismo o populismo llegaremos al propio presidente Horacio Cartes, cuyas imágenes con niños abundan en sus eventos oficiales. Año tras año, gobierno tras gobierno, las autoridades no muestran el más mínimo interés por resolver los problemas de la niñez, pero posan con los chicos para hacer campaña y publican las instantáneas en sus redes sociales. Propaganda repugnante y que indigna.
    Ya tú sabes.

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    Publicado por jotaefeb | 1 junio, 2017, 9:33 am
  2. Avasallados en vida

    Por Alex Noguera

    Cuando éramos chicos no dejábamos sola a la tarde morir con el ocaso, por eso todos los niños del barrio escapábamos de la casa rumbo al santuario de la canchita con nuestra pelota remendada para darnos patadas y embeber el polvo con sudor. De más grandes, nos aventurábamos a cruzar el arroyo hasta el ranchito de Ña Mónica, la lavandera del bajo, esposa de don José Cristaldo, un veterano de la guerra del Chaco que en las noches, junto al fogón, nos narraba las historias con telón de oscuridad y focos de estrellas.

    Tras esas escapadas, a quienes eran menos despiertos y de comprensión lenta, la zapatilla de las mamás educaban sobre higiene y pulcritud. Era entendible, ya que por entonces no existía el lavarropas automático, ni siquiera el “a tambor” y los pantaloncitos y remeras eran fregados a fuerza de músculo y mano con jabón negro.

    Cuando a veces recuerdo esas travesuras, me pregunto si esas ráfagas de imágenes no son simplemente sueños lejanos que se confunden con la realidad y tratan de jugarme una broma. Pero no, miro las cicatrices en las piernas y en los brazos y me dan la certeza de que esas aventuras no fueron ilusión, sino parte de la vida.

    Esa sexy ondulación en la pierna derecha fue por una caricia de un sacachispas hambriento cuando estaba a punto de hacer un gol; esa raya que se convirtió eterna en la piel fue por el beso de una espina de naranja que me cobró peaje al subir a la planta para rescatar el balón, ese chichón en la frente que jamás desapareció del todo fue ese poste de metal que me enseñó a mirar hacia adelante cuando escapaba corriendo de alguna tarea escolar inconclusa.

    La vida entonces era complicada, dura, dolorosa, inentendible a veces, pero nos pertenecía a cada uno de nosotros. Con tanto avance tecnológico de hoy, a veces creo que la vida dejó de pertenecerle a la gente. Todos se refugian detrás de la pantalla del celular o de la computadora.

    Todos se pasan horas y horas tecleando, desde que amanece hasta que se apaga la luz del display al enchufar el teléfono para cargar la batería, como muda oración antes de acostarse a dormir. Como si no cargar esa batería significara no volver a despertar jamás.

    Y la cuestión no es negar el hecho. Al fin y al cabo, usar la tecnología no es algo malo. Lo malo es cuando ésta nos invade y no nos damos cuenta. No, yo no uso tanto el celular. No soy como fulanita o fulanito que viven wasapeando. Incluso los besos en el noviazgo se escriben: “Muack”. Y si es apasionado, “¡Muaaaaack!”.

    Ya nada hacemos sin la tecnología. Vez pasada un vecino se olvidó el celular cuando fue a cargar combustible y volvió por él para ir de nuevo a la estación de servicio. Como si fuera un talismán de la suerte o como si no pudiera hacer un viaje sin ese aparato.

    Podemos pensar que es una exageración, pero ese es precisamente el problema. Todos creemos que los demás son los “viciosos” y que a nosotros el celular no nos domina. Es mentira. ¿Podemos dejar el celular un día? ¿Realmente podemos dejarlo o somos como esos drogadictos, dependientes de tecnología?

    Decía un profesor de apellido Notario: “Todo en su justa medida”. Con eso, él quería decir que una medicina podría convertirse en veneno si exagerábamos en la dosis. Así también, el veneno se convertía en medicina con la medida justa.

    Sospecho que más que el problema de abusar de la tecnología, lo realmente peligroso es no darnos cuenta de hasta dónde hemos sido avasallados por ella.

    Está lejana ya la emoción de sentir en vivo la invasión de Irak, en la guerra del Golfo. Ver los Tomahawks surcando el cielo y dar en el blanco con precisión quirúrgica. No entendíamos cómo era posible porque hasta entonces las bombas llovían en racimos y no acertaban el blanco.

    Hoy la emoción ya no está. Los Tomahawks golpean Siria, la madre de todas las bombas en Afganistán, mientras Trump y Kim Jong-un amenazan con la tercera guerra mundial, con armas nucleares, y la gente sigue tecleando como si fuera un juego.

    En esta época la tecnología hace que la gente se mienta a sí misma, hace que la realidad sea fantasía y viceversa, hace que los juegos y modas sean mortales, ya no divertidos.

    Los jóvenes se arriesgan y hacen selfies… y mueren. Los jóvenes juegan a la “Ballena Azul”… y mueren. La realidad es que después del juego, queda una familia destrozada. Queda un muerto que no nos duele porque es del vecino, porque la tecnología nos miente porque nos dice que eso no nos va a pasar a nosotros. Nos miente. Y le creemos.

    Hace tiempo que la tecnología avasalló nuestra vida y no nos percatamos de ello. Cuestionarse y cuestionarla es el primer ejercicio para volver a la realidad. Como intentar dejar la botella, es difícil a la primera, pero finalmente se puede.

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    Publicado por jotaefeb | 29 abril, 2017, 8:25 am
  3. Don Gervasio presidente

    Una petrolera abrió una estación de servicio en la periferia del mundo en una esquina opuesta a la que albergaba otra gasolinera, y le aplicó su fórmula estándar para demoler a la competencia; tecnología de punta y una tienda de venta de conveniencias. Para su desconcierto, la formula falló.

    Por alguna razón, los clientes compraban comida y chucherías en su tienda, pero a la hora de cargar combustible seguían recurriendo a la competencia. Contrataron a una consultora para explicarse el fracaso, temerosos de que el fenómeno se repitiera.

    La consultora analizó la arquitectura de la estación, la ubicación de los servicios, colores, calidad del combustible y hasta las características culturales de los clientes y nada encontró, hasta que una encuesta con los compradores reveló la causa del éxito de la competencia: don Gervasio. Gervasio era el estacionero de la vieja gasolinera, un operario que se sabía los nombres de casi todos los clientes, que les saluda amablemente, que preguntaba si querían que les limpiase el parabrisas, que hasta recordaba sus cumpleaños.

    La multinacional hizo dos cosas: contrató a don Gervasio e inició una campaña mundial para convertir a sus operarios en émulos de aquel estacionero, una persona amable cuya intención era satisfacer a quienes en definitiva aseguraban su empleo con sus compras.

    Quienes manejaban los recursos humanos de la multinacional creían imposible cambiar el viejo hábito del trato impersonal y a menudo descortés de sus estacioneros. La consultora aseguró que con una buena instrucción todo se podía cambiar. Y tenían razón. Usted mismo lo podrá comprobar hoy en muchas de las estaciones que operan en el país. El trato cordial al cliente pasó a ser una prioridad para sus políticas comerciales, y sus resultados fueron asombrosos.

    Cuento esta anécdota casi naif para apuntar a uno de los dramas que padecemos como ciudadanos de un Estado maltratador, un aparato público cuyos funcionarios (en un porcentaje alto) parecen descargar sus propias frustraciones y resentimientos cebándose en los que les pagamos sus salarios.

    Basta visitar cualquier oficina pública para presenciar el desprecio con el que somos tratados, en general, a la hora de requerir los servicios que estamos financiando. Presten atención y verán cómo el nivel de maltrato es directamente proporcional a la condición de pobreza del usuario.

    Huelga decir que el concepto de servidor público se perdió por completo, y que por alguna razón hay toda una legión de burócratas que creen estar haciéndonos un favor cuando ejecutan a regañadientes el trabajo para el que se les contrató.

    Cuando trasladamos esta forma de violencia social a lugares sensibles como los hospitales públicos la situación pasa a ser dramática. Allí, ser pobre supone ser blanco de humillaciones permanentes por parte de quienes en puridad son nuestros empleados.

    No es cierto que esto no se pueda cambiar, sencillamente no forma parte de las políticas públicas porque quienes administran el Estado jamás se ven obligados a hacer uso de sus servicios. Es una cuestión de voluntad política.

    Piénselo ahora que comienza la danza de los presidenciables, a ver si encontramos algo parecido a don Gervasio.

    Por Luis Bareiro

    http://www.ultimahora.com/don-gervasio-presidente-n1080356.html

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    Publicado por jotaefeb | 24 abril, 2017, 10:57 am
  4. El negocio de la desinformación

    Vivimos en un mundo donde solo con una cámara de video y una conexión de internet se puede en un instante causar un daño irreparable a una marca a nivel global. Por lo que no debemos preocuparnos solamente de los activistas idealistas como los de Greenpeace, quienes tienen una política definida y una intención altruista desde su punto de vista, sino cuidarnos también de cualquiera que tenga como agenda generar el caos, promover la violencia y buscar con un acto atentar contra un símbolo empresarial o ícono patrio.

    Este poder casi anárquico se ve potenciado a través de las redes sociales, las cuales son usadas indiscriminadamente para implantar materiales audiovisuales como virus que atentan contra la paz y cohesión de la sociedad. Los anticipadores de desgracias ya no necesitan pautar en medios de comunicación, o pasar por el filtro criterioso de periodistas profesionales, sino lanzar medias verdades con imágenes sacadas de contexto u ocurridas en otro momento o geografía, editando y mezclándolas con imágenes actuales, con lo que se crea una foto o video de contenido falso que induce al espectador a una conclusión equivocada.

    Todo esto se puede hacer hoy en un smartphone barato en cuestión de minutos. Editar gráficamente un material secuenciando una falsedad, ponerle un audio que no corresponde, incorporar textos de una realidad inexistente, y enviarlo masivamente.

    El objetivo apunta a la mayoría de la gente buena desprevenida, que no tiene tiempo de pensar, no está al tanto de todos los detalles de la realidad, y ya propensa a ser manipulada emocionalmente. Manipular el timming para implantar una primera impresión usualmente no constructiva.

    Hemos vivido esto en los recientes eventos frente al Congreso, donde, en pocas horas, la confusión reinante y la información contradictoria que recorría las redes colocaban la imagen del Paraguay cercana a una posible Venezuela. Pocas personas desconocidas y encapuchadas agredían a un símbolo patrio.

    Lo que ocurrió ese día, y como se relató después, tuvo también una intención manipuladora. Todos hemos recibido por WhatsApp materiales audiovisuales con medias verdades, generados por cada parte interesada, intentando engañar a la población omitiendo hechos, y hasta tergiversando interpretaciones.

    Lo que pasó en el Congreso aún está por develarse, pues la manifestación estuvo infiltrada por un pequeño grupo de violentos con la única estrategia de generar daños al edificio del Legislativo, y a su vez filmarlo para promocionar la acción dando a entender que en Paraguay lo que estaba pasando tenia connotaciones mayores y más serias.

    No obstante, sensato es indicar que el retroceso de las libertades sociales no ocurrirá más en el Paraguay. El sector privado en nuestro país está en un camino de sólido crecimiento, coadyuvando en la inversión directa extranjera. El Estado ya se financia en los mercados internacionales. La transparencia del Estado es un avance categórico. Este proceso es irreversible para una sociedad del siglo XXI. Paraguay no va a retroceder nunca más porque ya estamos insertados en el mundo global. El planeta ya nos dio su voto de confianza, y eso es un contrato que no vamos a romper.

    Cortemos entonces de raíz los contactos que usan nuestros teléfonos como basurero de sus falsos materiales, difamando nuestra casa grande que es nuestro país. Protejamos el optimismo de nuestro espacio interior porque necesitamos paz para trabajar eficientemente. Nuestro filtro de criterio debe ser la información que ayuda a construir, puesto que nuestra responsabilidad es precisamente edificar sin pausas un país mejor.

    Luigi Picollo

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    Publicado por jotaefeb | 24 abril, 2017, 8:51 am
  5. Una apuesta esencial

    En estos días hemos discutido mucho por un tema de bien común como es el respeto a la Constitución Nacional. Se invocó varias veces su “espíritu”, el cual es necesario resguardar también de una interpretación muy tecnicista o legalista, con fines de manipulación.

    También ha sido una oportunidad para revisar este contrato social, por llamarlo así, y redescubrir en él aquello que reconocemos como nuestro, como algo realmente defendible, más allá de los colores, de las pasiones.

    Pues para mí el artículo 49, invocado para celebrar este domingo (cuarto del mes de abril) el Día de la Familia, “fundamento de la sociedad” paraguaya, es una clave para reiniciar cada día, incluso después de las tormentas políticas. Y agradezco que la misma Constitución Nacional recoja esta verdad.

    Pero no solo porque lo diga la ley, sino partiendo de mi experiencia elemental, del sentido común, que con solo observar el comportamiento, bueno o malo, de tanta gente me doy cuenta de que la familia es una clave esencial de desarrollo y civilización.

    Creo que mientras no apuntemos a reforzar y reinventar creativamente toda forma de protección, fortalecimiento y promoción de esta institución llamada familia, perdemos el tiempo.

    Es cierto que en la mayoría de ellas no encontraremos una logia de ordenadísimos, pulcrísimos y estilizados prohombres, sino quizás varios factores frágiles, imperfectos, contradictorios y testarudamente humanos.

    Pero, aun así y porque es así, en la familia es donde se vive en una dimensión única aquello de la acogida gratuita y reflorecimiento constante de nuestro ser. Allí nace y se cumple el deseo auténtico de felicidad.

    Y es posible que sea el último rincón visible del mundo donde exista la posibilidad real y concreta de “querernos tal como somos”.

    Como homenaje a cada familia, tal y como es, este fragmento de la canción Forever Young, de Rod Stewart, inspirada en la otra legendaria de Bob Dylan, de aquello que solo los padres deseamos en este nivel a nuestros hijos: “Que el buen Señor te acompañe en cualquier camino en que te encuentres. Y que la luz y la felicidad te rodeen cuando estés lejos del hogar. Y que crezcas para ser orgulloso, digno y fiel”.

    “Y haz a los otros lo que harías por ti. Ten coraje y sé valiente. Y en mi corazón siempre te quedarás por siempre joven… Y cuando al fin te marches, espero haberte servido bien. Porque toda la sabiduría de una vida nadie la podría contar. Pero cualquiera sea el camino que tú tomes estoy detrás de ti, ganes o pierdas…”.

    Por Carolina Cuenca

    http://www.ultimahora.com/una-apuesta-esencial-n1079889.html

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    Publicado por jotaefeb | 23 abril, 2017, 10:51 am
  6. Responsabilidad compartida

    La noticia sin contexto, hoy, es abrir una puerta a la barbarie informativa. En este escenario, el rol del periodista dejó de ser secundario, para convertirse en protagonista principal, de manera peligrosa e incontrolable, de los acontecimientos sociales. Esta es una de las cuestiones a las que debemos acomodarnos en la sociedad del conocimiento, en donde el poder de la globalización es impredecible.
    Un análisis que intente razonar sobre estos hechos fácticos que nos golpean, debe superar los límites de la prensa, y bucear en la cultura general de la sociedad paraguaya. Como producto de un nivel educativo bajísimo, la calidad de los profesionales que ejercen sus tareas (en general), no puede escapar a esta regla.

    La sobreexposición a estímulos de todo tipo, hace que el ciudadano promedio esté constantemente en contacto con información de una dudosa calidad, lo que transformó al periodista puntualmente y al comunicador en general en un elemento vital.

    Básicamente, intentar analizar al periodismo, desprendiéndose de la sociedad en la que vivimos es imposible, porque aunque nuestro trabajo sea una forma de vida y una de las miles de maneras que existe de ganar plata, no deja de estar expuesto ante la ciudadanía que hasta influencia en que podamos o no seguir al aire.

    Constantemente escuchamos que analistas desde diversas perspectivas hablan de lo mal que estamos en el Paraguay. De la falta de valores, de la carencia de ejemplos, de la necesidad de intentar construir una imagen diferente porque el rumbo que tomamos es incorrecto. En esta fórmula, vemos que el modelo se replica en los medios de comunicación. Lo que se ve, escucha y lee en la prensa es el fiel reflejo de la forma en la que vivimos en nuestra sociedad.

    Esta aseveración no intenta justificar las barbaridades que cometemos en los medios. Totalmente al contrario, lo que pretende es reflexionar más allá involucrando la labor profesional del periodista dentro del marco de la sociedad. Una educación pobre, una formación cultural endeble y una creciente inserción de un marketing voraz es el espejo de lo que se observa en los medios. Finalmente como personas, somos de la forma en la que nos vemos.

    Los límites de lo que es bueno y malo, en este contexto, caen en una decisión personal de cada periodista o de su equipo de producción. Porque si apelamos al único dios rating, vamos a hacer cualquier cosa con el único fin de mantener expectante y en constante crecimiento a la audiencia. Este dilema no es más que la prueba contundente de que el contenido en los medios es como aquella paradoja de quién vino primero, si el huevo o la gallina.

    La experiencia de estar en esta profesión demuestra que el axioma que dice “Malas noticias son buenas noticias” es asimilado no solamente por quienes estamos en este oficio, sino por la propia audiencia que espera alguna información negativa para “premiarnos” con su atención. Exhibir un material que educa acerca de cómo mejorar la administración de los recursos para generar ahorro a fin de mes tendrá una inmensa minoría en audiencia en comparación a la trágica imagen de un velorio de una víctima de la inseguridad. ¿Cuál de los temas es más útil? Esa respuesta no está en directa relación con el dilema de qué fue lo que más interesó a las personas.

    Lógicamente que las prioridades están marcadas por lo que consideramos es lo más interesante. En ese rubro, los medios de prensa, que intentan sobrevivir en medio de una dura competencia, no hacen más que tomar este insumo, del interés ciudadano para captar su atención. Y nos quedamos en ese pensamiento, intentar rescatar lo más atractivo para mostrarlo sin que importe nada más.

    La responsabilidad es compartida. Repito, no por defender los intereses corporativos de los medios ni intentando justificar nuestra labor, sino para comprender que el motivo de nuestro comentario tiene la misma raíz común que la gran mayoría de los temas en nuestra sociedad, la educación. Si realmente tenemos una mejor formación, podremos balancear mejor nuestro menú informativo, consumiendo dosis más equilibradas de noticias que ayuden a mejorar nuestra calidad de vida, así como las que simplemente ayudan a entretenernos.

    Mientras no comprendamos que en este esquema la responsabilidad es compartida, seguiremos bailando la misma canción, en donde el maldito rating será el que nos marque la agenda. Las moscas no tienen razón. Aunque revoloteen en el mismo lugar, ese menú no es agradable.

    Por Pablo Noé

    http://www.lanacion.com.py/columnistas/2017/04/21/responsabilidad-compartida/

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    Publicado por jotaefeb | 23 abril, 2017, 10:51 am

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