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HA… CHE RETÃ PARAGUAY ✓

Contra la desmemoria

Si hay algo que nuestro país necesita es hacer memoria. Olvidamos fácilmente, y la desmemoria se combate con el ejercicio de la memoria. Antropológicamente nos diferenciamos de otras especies por nuestra capacidad de aprendizaje, lo que está conectada con nuestra memoria. Pero hay otra faceta, más bien política, que necesita urgente intervención: los paraguayos somos propensos a olvidar cuestiones dolorosas, a veces por conveniencia, a veces por comodidad, pero las más de las veces por ser víctimas de toda una política de la desmemoria. Para combatir esta intencionada gestión de desvanecimiento del pasado, el arte siempre ha sido un arma eficaz, y muy especialmente el cine. La semana pasada, cuando tuve la gran oportunidad de ver en Asunción la nueva película de Paz Encina Ejercicios de memoria, sentí una alegría tremenda al saber que sigue viva la tradición del arte activista en el Paraguay.
Paz Encina sigue explorando el mundo de la memoria y la historia. Así como lo hiciera brillantemente en Hamaca Paraguaya y en posteriores cortometrajes, ahora toma el emblemático caso de Agustín Goiburú, secuestrado y desaparecido por la dictadura militar de Stroessner. Al ser un tópico ya muy trabajado, Encina puede romper con los cánones habituales del documentalismo e ir hacia un lenguaje más poético, lo que no nos debe sorprender viniendo de ella.
La directora, que además escribe el guion de su película, decide encarar de otro modo el relato de lo sucedido con Goiburú. Mientras escuchamos en off (nunca se los ve) a los hijos y esposa del desaparecido, las imágenes nos muestran a niños recorriendo un sendero de su hábitat cotidiano en la selva, unos niños indígenas comiendo risueñamente unas guayabas, jóvenes mostrando orgullosos su habilidad de jinetes y dándose un chapuzón con sus poderosos caballos en el río. De ese modo, hay un contraste radical; mientras escuchamos los recuerdos que implican el dolor, la búsqueda del padre y esposo ausente, el vacío sin presencia corporal, el duelo inacabado, por otro lado y, concomitantemente, vemos alegría, orgullo, inocencia. Sí, es cierto, hay injusticia en el mundo; pero también hay niñez, risas, que dan colorido a la vida. En ambos casos hay que luchar, ya sea contra la injusticia o por la lograr la solidaridad entre todos. Y, muy especialmente, hay esperanza en ambos relatos, auditivo y visual, lo que es más significativo aún.
Las escenas del niño buceando libremente en las profundidades del río es más que alegórica; hay que indagar en la oscuridad del recuerdo, cavar profundamente y remover todo, por más doloroso que sea. Es la única manera de crecer y aprender. Los silencios que Paz ya nos enseñó a respetar en sus películas también dicen mucho. Las fotografías, tomadas por los represores, se nos muestran en un ominoso silencio. Solo hay que verlas, sentirlas y reflexionar. No hace falta ser explicadas. Todo está de más.
Ejercicios de memoria logra su cometido. Nos recuerda que para no olvidar debemos ejercitar la memoria, algo que no es nada fácil para nosotros, pero absolutamente necesario si queremos avanzar hacia un futuro más justo o quedar atrapados en el pasado de errores que podemos repetir justamente por olvidar lo que no se debe olvidar.

Sergio Cáceres Mercado

http://m.ultimahora.com/contra-la-desmemoria-n1071531.html

 

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

3 comentarios en “Contra la desmemoria

  1. Entre la memoria y el olvido

    Por Edwin Brítez

    Últimamente se utiliza la actitud indiferente de los jóvenes frente al pasado para justificar el recuerdo de los episodios dictatoriales que nuestro país soportó a lo largo de su historia, pero en especial durante la dictadura de Alfredo Stroessner (1954/89). Se dice, y con razón, que los jóvenes no saben que hay personas desaparecidas desde aquella época, que fueron torturadas, que fueron obligadas a vivir en el exterior y que además fueron clausurados varios medios de comunicación, entre otros tantos atropellos a los derechos humanos sucedidos.

    Existen discusiones sobre la diferencia entre historia y memoria; entre memoria colectiva y memoria viva; política de la historia y política de la memoria. Todas estas disputas tienen que ver con cuestiones ideológicas y tal vez con celo profesional o disputas de protagonismo. Lo cierto es que después de la caída de las dictaduras militares en países del continente, se fueron creando grupos de víctimas y esfuerzos solidarios con ellos para tratar de poner énfasis en las investigaciones y sanciones a los responsables, además de valorar el pasado y el testimonio de sus protagonistas, tratándolos con respeto y esperanza.

    Pero lo que siempre justifica el intento de mantener viva la memoria colectiva es la contribución que con ella se hace a no volver a repetir los hechos y situaciones negativas, especialmente aquellos con trágicas repercusiones en el presente y futuro del país.

    Uno de esos episodios dictatoriales se produjo el 22 de marzo de 1984 con la clausura del diario ABC Color, arbitrariedad que duró casi cinco años. Previamente, varios periodistas fueron detenidos, entre ellos el director, quien además sufrió un atentado en su residencia, los vehículos distribuidores fueron retenidos y finalmente impedidos de salir de los talleres de impresión.

    Lo curioso, tal vez para los jóvenes, es que la Constitución vigente en aquella época garantizaba la libertad de prensa. El art. 73 decía tajantemente: “Será libre el ejercicio del periodismo en cualquiera de sus formas. No se admitirá la prensa sin dirección responsable, ni la publicación de temas inmorales”. Es más, otro artículo habla de que la “libertad de expresión y la de información, sin censura previa, son inviolables, y no se dictará ninguna ley que las límite o imposibilite”.

    Sin embargo, el diario fue clausurado con una simple resolución firmada por el ministro del Interior, Sabino A. Montanaro, previamente validada por la Junta de Gobierno del Partido Colorado en sesión reservada, y bajo juramento de secreto absoluto de cada uno de sus miembros. Por supuesto que el relato o la historia oficial trata de mantener ocultos estos datos: la grosera violación y burla a una Constitución, la prevalencia de una simple resolución por sobre la Carta Magna, el abuso cometido por un alto funcionario, la cobardía de una Junta de obsecuentes para permitir tamaño atropello, seguida de la pusilanimidad de un Poder Judicial liderado entonces por Luis María Argaña y finalmente aplaudido en cadena por el pelotón de adulones.

    De eso se trata la dictadura actuando en torno a un episodio histórico, que fácilmente podría volver a suceder si la ciudadanía pierde en esta lucha “entre la memoria y el olvido”.

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    Publicado por Anónimo | 23 marzo, 2017, 9:14 am
  2. El orgullo de ser

    Por Jorge Rubiani

    “Hay que dar a los pueblos la conciencia de lo que son, la voluntad de ser, la fe soberana que centuplica las fuerzas y acrecienta la energía moral, motor de todas las grandes cosas que se hacen en el mundo” – Manuel Domínguez.

    Una patota obrero-patronal detuvo en Eusebio Ayala el amojonamiento de un terreno; proceso previo para su declaración como “Patrimonio histórico”. El lugar escenificó la batalla de Acosta Ñu (Agosto 16, 1869) durante la guerra del Paraguay contra la Triple Alianza. Al día siguiente, el diario ABC daba cuenta de la construcción de un gran depósito en el sitio de la batalla de Avay (Diciembre 11, 1868) durante la misma contienda. En este caso, el ingeniero residente de la obra ofreció una faceta diferente de la decadencia de las universidades, pues afirmó tajante que “todo estaba en regla”. Lo único que no está en regla es lo que él, y muchos profesionales de su mismo nivel, ignoran: que más allá de la “autorización” de la SEAM o de la Intendencia de Sanpito, de los escribanos que transfirieron la propiedad, del que la vendió, las autoridades de una empresa afincada en el país como de las empresas constructoras, DEBEN CONOCER los límites de la responsabilidad civil y que además de la sacrosanta propiedad privada, una sociedad tiene códigos que se resumen en la memoria colectiva. La que determina a su vez, pautas de respeto y consideración hacia lo que es de todos.

    Pero aún más que estos factores está el hecho de que, como en muchas áreas del gobierno, tenemos una superpoblación de instituciones que podrían haber marcado las pautas para el objetivo señalado, Y NO LO HICIERON: gobernaciones, intendencias (todas ellas con “direcciones de cultura” – así, en minúsculas); Seam, ASATUR, SNC, MEC, MDN, Parlamento Nacional, Contraloría General de la República, entre otras. Las que, también como el resto de Ministerios y Secretarías, cuentan con un nutrido padrón de funcionarios, vehículos y obligaciones que se omiten de actuar escudándose en lo de siempre: “no es nuestra competencia”, “no tenemos rubros”, “el lugar no se ha declarado de interés público”, “es una propiedad privada”, “no podemos intervenir” y largos etcéteras con las disculpas correspondientes por no abarcar toda la gama de la creatividad burocrática.

    Los dos ejemplos mencionados anticipan, sin embargo, lo que pudiera suceder si el Gobierno Nacional quisiera recuperar –DE VERDAD– todos los sitios históricos de la República. Si en el Estero del Ñe’êmbuku o en los sagrados sitios del Amambay, saldrían a protestar los dueños de las pistas clandestinas, o los sojeros, los campesinos sin tierra o alguna ONG dedicada a una “causa justa”. Porque en los demás, solo tendríamos que desmantelar años de abandono o depurarlos de las “obras de progreso” que infestaron la república sin cuidado alguno. La EBY, por ejemplo, inundó sin misericordia y exceso de irresponsabilidad, el casco histórico de la antigua Reducción de Itapúa (Encarnación, por las dudas) y los campos de Tacuarí, escenario de la batalla más importante por nuestra independencia.

    Mientras tanto, la des-educación sigue campante y con viento a favor. Con demasiados espacios radiales y televisivos… y especialmente, una legión de auspiciantes con audiencia asegurada. Porque hoy, en la política como en los medios, hay que hacer lo que “le gusta a la gente”. No educarla ni representar un modelo de virtud, sino igualarse a “la perrada”. Para esto, el camino más corto suele ser copiar lo peor de los argentinos: ser chetos, transgresores, cooles, presumir de cancheros. Todo en tono estrepitoso, contando desde luego con “reidores profesionales” para hacer más patente la copia y pistas para entender “la gracia”. Y es que en el mundo “cuesta abajo”, la mediocridad vende y la estupidización colectiva asume contornos siniestros.

    Lo triste es que, en medio de todo, pretendemos que la educación salve al Paraguay. Sin percatarnos de que, así como contribuimos a la contaminación del aire o del agua (el lago Ypacaraí es un claro ejemplo) nadie estará a salvo del desastre ambiental del futuro, como nadie lo estará de las deformaciones sociales que prohijamos. Por lo que, cuando nos quejemos de la violencia, de la irresponsabilidad en el tránsito o la mala calidad de nuestras autoridades, deberíamos recordar que, en algún momento, de alguna manera, prescindimos de todo lo que nos hace “compatriotas”, ciudadanos respetuosos del legado de nuestros mayores. Y auténticamente responsables de nuestro destino…

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    Publicado por Anónimo | 22 marzo, 2017, 9:38 am
  3. Irresponsabilidad para cuidar los soportes de la memoria

    Uno de los aspectos más descuidados de nuestro país es el de la preservación de su memoria histórica. Muchos de los lugares, edificios, papeles diversos, sitios donde ocurrieron grandes acontecimientos históricos y otras formas tangibles de preservar los recuerdos significativos están totalmente abandonados y, en algunos casos, en vías de desaparición completa. El descubrimiento del deplorable estado en el que se encuentran varios importantes documentos de la Policía Nacional es solo la evidencia más reciente de ese crónico olvido que sufre el patrimonio que nos permite descifrar el pasado y proyectarnos al futuro. Es hora de que esa actitud irresponsable termine y se inicie una etapa de valoración efectiva de cuanto atañe a la vida de la Nación.

    Mientras otros países protegen celosamente su patrimonio tangible e intangible con la clara conciencia de que están preservando un valioso legado que tiene que perdurar por siglos, aquí reinan la desidia y el menoscabo de cuanto debería haber sido resguardado con responsabilidad inquebrantable.
    Bastará con hacer un recorrido por la historia para ver que muchos edificios significativos, que hablaban por sí solos como testimonio de una época o albergue de personalidades, han sido reducidos a escombros sin más ni más. Nada digamos de los lugares históricos. La más reciente prueba de ello es Acosta Ñu, que estaba sumido en un total abandono. A ello se podrían agregar otros sitios de similar contenido patriótico.
    Los documentos obrantes en papeles no han sido beneficiarios de mayor fortuna. Roídos por las polillas, devorados por la humedad, convertidos en polvo por el transcurso natural del tiempo o reducidos a cenizas por el fuego, han hecho desaparecer o borronear el rastro escrito y gráfico de segmentos relevantes del pasado nacional.

    La Dirección General de Verdad, Justicia y Reparación (Dgvjyr), de la Defensoría del Pueblo, acaba de constatar en un espacio que se mal llama Centro de Documentación y Archivo de la Policía Nacional –porque no reúne los requisitos fundamentales para cumplir su rol– el más absoluto abandono en el que se encuentran documentos históricos trascendentes para interpretar con pruebas nuestro pasado.

    Los papeles hallados son de la Policía Nacional y de su predecesora, la Policía de la Capital. Allí se expedían las cédulas en la dictadura y, por lo que se comprobó, también se depositaban documentaciones de las comisarías y otras dependencias policiales.

    A estar por los papeles hallados en lo que se dio en llamar Archivo del Terror, los que se encuentran sobre la calle Azara entre Estados Unidos y Tacuary también han de ser de singular valor para entender mejor cómo operaba el organismo represor que hacía girar la seguridad en la protección de los personeros del régimen despótico, la persecución de los disidentes y la implantación del miedo en todas las esferas.

    Ahora que la situación de ese patrimonio de la memoria del Paraguay es conocida, es de esperar que el comandante de la Policía Nacional, Críspulo Sotelo, en la mayor brevedad posible informe a la ciudadanía qué se hizo y qué se hará para rescatar, proteger y preservar la documentación hallada.

    El acervo de información pública debe estar a disposición de aquellos investigadores que desean hurgar en el archivo policial para buscar las huellas ocultas de nuestro país y dar a conocer sus hallazgos para no repetir las tragedias del horror y la crueldad.

    http://www.ultimahora.com/irresponsabilidad-cuidar-los-soportes-la-memoria-n1071359.html

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    Publicado por Anónimo | 20 marzo, 2017, 9:35 am

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