“Pobres animales”

Un rumor de que un restaurante iba a cocinar a un perro como menú, desató una vergonzosa reacción ciudadana, que llevada por el chisme, acompañada de una foto del tierno manjar, se convertía en viral en pocos minutos.
Y fue eso, un chisme malintencionado quién sabe con qué finalidad.
No hizo falta más.
Miles protestaron indignados en las redes sociales y hasta un par de concejales, llevados más por el populismo que por la preocupación, presentaron una minuta para verificar los locales de comida oriental.
Claro, pobre perro. No pudo contar su historia, pero si los perros hubiesen podido hablar quizás nos hubiera dicho un par de verdades. Pero como los perros no hablan, tampoco las vacas o los chanchos, el restaurante sufrirá las consecuencias que esta imagen seguramente dejará por mucho tiempo.
Un diario titulaba: “Perro iba a morir en olla hirviendo: restaurante de Villa Morra en la mira”
Que la gente se olvide de la “presunción” podría pasar, pero que lo olvidemos nosotros, los comunicadores, es un error imperdonable y hasta un delito condenable.
Hoy las redes hacen alarde de la instantaneidad y velocidad. Nos informamos al toque de lo que sucede a nuestro alrededor y con unos minutos de atraso de lo que sucede en el mundo. Son los nuevos tiempos. Pero la información en las redes tiene un agujero negro: las fuentes, algo que se perdió en el proceso de informar a toda velocidad y la prensa no debería dejarse llevarse por un rumor desafortunado (o malintencionado).
De ser así, no cometeríamos tamaños errores, que dejen mal parados a los “pobres animales” no los perros, a esos que están sentados detrás de los teclados, pero esa…es otra historia.

Mariano Nin
DESDE MI MUNDO (Diario Extra)

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4 comentarios en ““Pobres animales””

  1. Guisos malditos

    Por Gustavo Laterza Rivarola

    La anécdota pintoresca de la semana la produjo una persona que, con aguzada vista, le pareció ver que un perro escapaba raudo del ultimátum de cuchillos y tenedores de un restaurante de comida oriental. Lo relató en las redes sociales y el cuento pasó de lo viral a lo virósico. Unos se indignaron, otros se persignaron, los más dictaron sentencias feroces. Nunca el mejor amigo del hombre ganó tantos abogados pro bono.

    Hace unos 30 millones de años, una rama de los antropoides evolucionó convirtiéndose en otra especie animal con mayor capacidad cerebral y mental. Progresando aún más en esa línea, la evolución acabó formando finalmente nuestro gajo, el homo sapiens-sapiens, o sea, el ser humano inteligente, “esa especie a la que tantos de mis lectores pertenecen”, como, socarrón, solía decir Chesterton.

    Este paso decisivo hacia la mayor inteligencia fue posible, entre otros factores, porque nuestros ancestros se hicieron omnívoros. Al dejar de depender de una sola fuente alimentaria, al poder comer de todo, sus posibilidades de adaptación a distintos ámbitos naturales se incrementaron fabulosamente. Los omnívoros superaron rápidamente a los demás animales y se expandieron en el orbe.

    De modo que, originalmente, los humanos comemos todo y de todo, y a esta y otras capacidades similares les debemos nuestra supremacía. Pero las distintas culturas que se desarrollaron a lo largo y ancho del mundo crearon sus propias concepciones acerca de muchas cosas, entre las cuales qué se puede comer y qué no, qué es sabroso y qué no.

    De modo que si los habitantes del Lejano Oriente gustan de tener incluida en su mesa platos de carne perruna, es tan normal como que en la nuestra esté presente la vacuna. Los hindúes, que se ubican en la vereda de enfrente respecto a esto, no consumen perros ni vacas. A los judíos religiosos les están prohibidas carnes de cerdo, conejo, liebre, caballo y camello. A los musulmanes, los suinos. A los budistas todo alimento de origen animal. Y esto es solo lo más conocido, porque la lista de comidas-tabú es más larga.

    Si en países del Lejano Oriente crían una clase especial de perros destinada al consumo humano; en Francia hacen lo mismo con un tipo de caballo. En Escandinavia y Siberia, renos. En Arabia y el Magreb, camellos. Los italianos del norte son aficionados a preparar un manjar hecho con un hermoso pajarito que nos inspiraría ternura pero no apetito. Los esquimales gustan de bocados de grasa pestilente de animales gordos. En Polinesia aprecian el pescado semipodrido, igual que a muchos europeos les agrada madurar así las carnes de aves. Menos piedras, en el África rural se ingiere de todo. Y no hablemos de los indígenas del Paraguay, que antes de la colonización hispana hasta se comían entre ellos.

    La conclusión de todo esto se ve venir: en el reino de la gastronomía todo es cultural; solamente el apetito y la digestión son componentes fisiológicos del proceso de alimentarse. ¿Gustan, hambrientos lectores, de comer monos, perros, pájaros, reptiles, peces, crustáceos, insectos o miriápodos? Pues bien, ¡avanti! Solo hay que asegurarse de que la ley obligue a los productores de estos alimentos a manejar criaderos, mataderos, frigoríficos y lugares de expendios especiales, tal como hacemos con la ganadería común.

    Nuestro pecado cultural original consiste en suponer que somos el faro que ilumina al mundo y que todo lo que no caiga bajo el haz de nuestra luz es errado, siniestro, deforme o vicioso. De modo que degustar carne de animales que para nosotros son mascotas amadas nos causa repugnancia, y esto nos lleva a tomar por bárbaros a quienes no sienten igual rechazo. Esta actitud no es racional, sino emocional; así se forma un prejuicio; y de los prejuicios, como se sabe, nacen la intolerancia, el fanatismo y la discriminación, entre otros males.

    En el caso del perro, que fue el menú de esta semana, tuvimos un poco de todo eso; pero el plato principal fue la estupidez a la provinciana.

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  2. El perjuicio del prejuicio

    Por Arnaldo Alegre
    El peor juicio es el prejuicio. Pensar lo que uno vive a base de etiquetas impenetrables a cualquier intento de la razón es una muestra de insensatez, y solo sirve para consolidar la discriminación, el retraso y la eternización de la mediocridad.

    Reducir a su mínima expresión los conceptos y los hechos es una involución, una comodidad intelectual asfixiante que nubla el entendimiento.

    No todos los coreanos comen carne de perro, no todos los funcionarios públicos son corruptos, no todos los fenómenos celestes anticipan el juicio final, no todos los porteños son chantas, no todos los brasiguayos son monstruos que devoran la frontera que nunca nos tomamos la molestia de cuidar, no todos los sacerdotes hacen honor a su misión, no todos los pastores viven solo para el diezmo, no todos los políticos son ladrones (en Suiza son sumamente honestos, hasta que se demuestre lo contrario), no todos los indígenas son sabios y aman la naturaleza, no todos los humanos son irreductiblemente buenos o nefastamente malos.

    El mundo está lleno de grises, de tonalidades, de detalles que muchos no atinan a percibir por ceguera cultural y moral. Aunque la mayoría solo lo hace por idiota.

    No se trata de relativismo ni de que todos somos iguales, como si se tratase de un ridículo fascismo de lo políticamente correcto. Somos diferentes, pero somos iguales en cuanto al derecho que tenemos desde nuestro propio nacimiento. Seamos ladrones, virtuosos, profesores o idiotas. Todos somos seres vivientes dotados de moral y de protecciones específicas, algunas de las cuales se pueden perder por circunstancias precisas sobre las cuales la propia sociedad se pone previamente de acuerdo o son impuestas por entidades determinadas.

    Claro que tampoco la tolerancia puede prostituirse en permisividad. Deben establecerse normas de convivencia, principios rectores que hagan la vida sensatamente tolerable y productivamente llevadera.

    Pero dichas normas no deben ser de ninguna manera inamovibles, eternas y carentes de sentido común. O de otra forma jamás hubiéramos salido de las cavernas, por más que les moleste a algunos fanáticos de dogmas dudosos.

    Las sociedades evolucionan. No son inmutables. Es allí en que las estructuras sociales deben propiciar el diálogo, el cambio y la adaptación que, como se sabe, es indispensable para la supervivencia de todo organismo.

    Los otros no son el problema. Lo son la ignorancia y la estupidez del desprecio gratuito. Feliz domingo.

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  3. Controles sanitarios a los Food Trucks

    Los concejales Rodrigo Buongermini y Federico Franco Troche, de la
    bancada Juntos Podemos, propondrán este miércoles en la sesión de la
    Junta una ampliación de la ordenanza N° 154/00 que establece
    condiciones higiénico sanitarias y de buenas prácticas de manufactura
    a observarse en los locales gastronómicos, con el fin de incluir
    expresamente a los espacios conocidos como “Food parks”, donde
    funcionan los denominados “Food trucks”. Actualmente la comuna
    capitalina no cuenta con normas específicas que regulen este tipo de
    emprendimientos en Asunción.
    Esta medida es altamente positiva porque abundan estos puestos de
    comidas montados sobre vehículos viejos o adaptados a los costados con
    pequeños mostradores que por lo general se colocan en cualquier
    esquina que creen pueden ser atractivos y de buena concurrencia para
    al venta de los alimentos, lo que no permite precisamente que se
    ejerza un control sanitario y hasta tributario de sus actividades, lo
    que genera el desorden que tanto abunda en nuestras ciudades no
    solamente de Asunción sino de todas del área metropolitana. Una
    situación que debe ser corregida para evitar males mayores en el
    futuro, por eso pensamos que una buena legislación al respecto sería
    lo mejor.
    Creemos que el Ministerio de Salud debiera de tomar cartas en el
    asunto, de tal forma que la norma jurídica que rija en la materia sea
    de orden nacional y no solamente local, así se unificaran los
    criterios en todas las ciudades y no solamente en algunas escapando
    al control los que están fuera del ejido de la capital. Sucede que
    nuestras urbes han crecido de manera constante por lo que estas
    actividades proliferan por la gran demanda existente. Es justo
    entonces controlar la calidad de los productos que venden y por sobre
    todo los procedimientos de elaboración de los mismos en cuanto a
    condiciones higiénicas que no siempre son las más recomendables.
    No se está en contra de las actividades cuentapropistas de los
    pequeños productores o empresarios, nos gusta la actividad de estos
    emprendedores que con mucho coraje y decisión establecen estos
    expendios de alimentos, es mas creemos que deben ser alentados en sus
    iniciativas, para que puedan seguir creciendo ya que ofrecen una
    oferta atrayente y a más bajo precios que los puestos establecidos de
    comidas. Lo único que se pide es que desde los organismos oficiales se
    establezcan controles sanitarios y tributarios de tal forma a
    formalizar estas actividades y asegurar la higiene de los alimentos
    vendidos al público consumidor.

    Andrés Granje

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  4. El centro del universo

    Somos increíbles. Vivimos en una sociedad tercermundista, plagada de necesidades, con un montón de limitaciones en infraestructura, con carencias de toda índole, pero nuestro espíritu es inquebrantable, los paraguayos nos sentimos el centro del universo, componentes principales de una raza privilegiada.

    Nos falta mucho, producto de nuestra mediocridad casi endémica, una situación que nos sumerge en los peores lugares de casi todos los rankings que miden la calidad de vida, la educación, la inversión en mejorar condiciones de vida, aunque esto no impide que al momento de calificar a los demás, somos los jueces más implacables para desechar todo lo que se hace más allá de las fronteras.

    Increíblemente, en lugar de tener un caparazón casi infranqueable producto de este espíritu de sentimiento superior, actuamos en sentido diametralmente opuesto cuando nos vemos calificados por gente de afuera. En lugar de mantener la frente en alto, superando todos estos cuestionamientos, la ofensa cala en lo más profundo de nuestro ego y consideramos como casi una declaración de guerra que se critique nuestra tonada, que se desautorice nuestras acciones, o que se repare en algún defecto que pudiéramos tener como sociedad.

    Alzamos nuestra airada protesta al viento contra la xenofobia con la que actúan los que nos señalan los defectos. Nuestra sensación de impotencia y dolor es directamente proporcional al grado de ofensa que sentimos cuando somos objeto de este tipo de ataques. Nuestras redes sociales explotan en la defensa de lo que consideramos como causa nacional, el apoyo incondicional e irrestricto a nuestro pensamiento impoluto como seres superiores.

    Esa condición de vanguardia nos otorga el poder de decir lo que queremos, como queremos y cuando queremos, sobre los temas que son de nuestra incumbencia. Así, pensamos que los bolivianos, antiguos rivales en la Guerra del Chaco, son inferiores a nosotros. No ahorramos adjetivos para menospreciarlos, sin tener en cuenta factores objetivos que puedan sustentar nuestras afirmaciones. Decimos nomás porque hablar es gratis, y asumimos como un hecho real por nuestro espíritu de superioridad.

    Nos consideramos el centro del universo: en gran parte por la pobre educación que tenemos, por la incapacidad de abstracción del pensamiento y por la falta de cultura general. Así somos, y, ¡cuán equivocados estamos!
    Los coreanos, chinos y japoneses también entran en ese rango de seres inferiores. La ráfaga de críticas comienzan porque “ellos luego comen perro, un hecho conocido por todos”. Esto termina exponiendo lo peor de nosotros, cuando en comparación a quienes por algún rasgo puntual, los consideramos diferentes, y en cierta forma, no son dignos de estar a nuestra altura.

    Tampoco reparamos mucho en mirar lo que es el avance impresionante de los orientales, en todos los planos, e intentamos ridiculizarlos, irónicamente desde teléfonos del alta gama desarrollados por los asiáticos, área en donde son líderes en el mundo.

    Con los argentinos hay una relación muy peculiar, por un lado consideramos que todos son chantas, y desde ahí generamos una barrera que intente despegarnos de “eshos”; pero, somos fanáticos consumidores de todos sus productos televisivos y musicales.

    Cada vez que un personaje famoso viene de “ashá” nos rendimos ante sus pies, pero en cada encuentro deportivo somos los más fanáticos hinchas del equipo rival, sea cual fuera éste, en cualquier deporte.

    Que Buenos Aires tenga una millonaria población paraguaya, que la ciudad haya sido refundada por compatriotas, que millones de familias hayan encontrado su sitio en el mundo allí, son detalles en los que no reparamos para alimentar nuestro desapego hacia los argentinos.

    Sin salir de nuestro país, también despreciamos a los que son diferentes: judíos, putos, personas con discapacidad, gordos, altos, feos, pelados, enanos, pobres, ricos, cristianos, no cristianos, zurdos, capitalistas, cachaqueros, rockeros, vairos, bandidas, ñembo ídolos, karatekas, amigo de los animales, veganos, drogadictos, santularios, ignorantes, intelectuales, torturadores… Todos están bajo la mira y en algún momento histórico van a ser objeto de nuestra implacable y minuciosa descripción.

    Nos consideramos el centro del universo: en gran parte por la pobre educación que tenemos, por la incapacidad de abstracción del pensamiento y por la falta de cultura general.

    Así somos, y, ¡cuán equivocados estamos!

    Por Pablo Noé

    http://www.lanacion.com.py/columnistas/2017/03/17/el-centro-del-universo/

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