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HA… CHE RETÃ PARAGUAY ✓

El ataque de los motochorros

La sociedad paraguaya viene soportando un inusitado recrudecimiento de la acción de los llamados “motochorros” o “motobandis” en los últimos días. En algunos casos, el ataque derivó en la muerte de la víctima o en lesiones de gravedad, como sucedió con un joven a quien los médicos debieron amputarle la pierna.

Se trata de una modalidad delictiva que apareció hace algunos años en Paraguay –sobre todo con la popularización de las motocicletas– y que consiste en asaltos rápidos y por lo general muy violentos perpetrados por dos sujetos a bordo de una motocicleta. Mientras el conductor mantiene el motor en marcha, el acompañante armado con un puñal, un revólver o a mano limpia despoja a las víctimas de sus pertenencias o ingresa a un local comercial donde se apropia del contenido de la caja.

En cuestión de segundos, los delincuentes huyen del lugar, perdiéndose en las calles oscuras o en el tráfico de la ciudad. Con frecuencia, dado que el golpe se basa en la sorpresa y en la rapidez, los motochorros primero atacan físicamente a la víctima antes de concretar el robo para evitar cualquier tipo de reacción. Operan en la vía pública y en estaciones de servicio o comercios similares en las principales ciudades del país.

Por sus características, este tipo de asalto resulta sumamente difícil de combatir. Más allá de las confusas grabaciones de alguna cámara de seguridad, no se puede saber mucho de los motochorros, quienes actúan casi siempre con los rostros cubiertos por gorros y lentes oscuros. Después de adueñarse de maletines, bolsos, carteras y dinero, pueden hallarse a varios kilómetros de distancia en pocos minutos, cuando la Policía –que en estos casos se moviliza en camionetas– no ha atinado la más mínima reacción aún. La persecución de los ladrones termina siendo imposible.

Esta modalidad delictiva impone a las fuerzas de seguridad y a las autoridades la necesidad de extremar la creatividad a fin de hallar nuevas formas de combatir el flagelo.

Por todo ello, esta modalidad delictiva impone a las fuerzas de seguridad y a las autoridades la necesidad de extremar la creatividad a fin de hallar nuevas formas de combatir el flagelo.

Hace poco, por ejemplo, surgió en la Policía de San Lorenzo la idea de integrar un equipo de policías movilizados también en biciclos, una suerte de unidad de “motopolicías” encargada de patrullar zonas de mucha aglomeración de personas, las salidas de bancos y comercios, paradas de buses, etcétera. Si bien la iniciativa quedó suspendida, lo rescatable aquí es sobre todo el esfuerzo por hallar soluciones apropiadas y eficaces a un tipo de acción criminal que la Policía no puede afrontar con los medios habituales.

Merecen también un análisis mesurado y profundo otras propuestas, como la que plantea una ordenanza que prohíba la circulación de dos personas en una motocicleta, al menos en los horarios pico. Es evidente también que estos delincuentes no pueden ser vencidos sin nuevos métodos, porque una vez cometido el robo tienen todas las ventajas a su favor para escapar impunemente de la escena.

Tal como está el tráfico hoy en las avenidas de Asunción y el Área Metropolitana difícilmente una patrullera podrá dar alcance a ladrones que huyen en moto. Es pues preciso pensar en acciones diferentes para obtener mejores resultados.

Es indispensable además hacer una firme exhortación a la población –y muy en particular a los jóvenes– a mantenerse en alerta en las calles y avenidas, ante la posibilidad de un ataque repentino.

Y sobre todo a utilizar los celulares solo lo extremadamente necesario cuando se transita en la vía pública.

El ataque de los motochorros

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

22 comentarios en “El ataque de los motochorros

  1. Los chorros

    Posteado por Antonia Delvalle Castillo el 03-11-2016

    En las últimas semanas se sucedieron hechos delictivos, cada vez más violentos. Los protagonistas principales fueron los “motochorros”. La situación tiende a empeorar y la cuestión no pasa simplemente por endurecer penas o construir más cárceles.

    Los robos y asaltos domiciliarios, callejeros, así como otras situaciones de extrema violencia son síntomas de una sociedad enferma. Las víctimas predilectas: la clase trabajadora, cuyas vidas fueron despreciadas a tal punto que valen menos que cualquier objeto.

    No busco justificar de ninguna manera estas nefastas situaciones que ya cegaron la vida de varios compatriotas y a otros, los dejaron con secuelas, ya sean físicas o psicológicas. Creo que cada uno de nosotros, en menor o mayor medida, somos responsables de la penosa realidad con la que debemos lidiar cada día.

    La seguridad interna es responsabilidad del gobierno, y todos sabemos que están aplazados en ésta asignatura. Pero también los ciudadanos contribuimos a mantener una sociedad sumida en la violencia cuando adquirimos objetos de dudosa procedencia, que puede estar manchado de sangre, producto de algún robo agravado.

    Como tal vez nunca antes vivimos en una sociedad indiferente, hipócrita, conservadora, de doble moral, que por ejemplo se pasa yendo a misa, al culto. Sin embargo, no se interesa en la práctica por el prójimo y el bien común.

    Y lo que es peor, muchos, cuando tienen oportunidad de sacar ventaja no piensan dos veces, aunque tengan que corromperse. Implementan la consigna de Nicolás Maquiavelo y actúan sin que importen los medios, sea coimear o evadir impuestos, para llegar a sus objetivos.

    Si hablamos de causas probables así como motivaciones de los patrones de conductas de las personas, son muchas. Y bien sabemos que la base de la sociedad es la familia, la primera escuela, que tiene gran incidencia en el tipo de personas que podemos ser, de acuerdo a esa experiencia primaria, de un padre y madre, presentes o ausentes, etc.

    La corrupción generalizada y la falta de oportunidades, entre otros factores tienen alta incidencia también. Así vemos muchos jóvenes que ganan buen salario en instituciones públicas mediante un padrino político, como la famosa la “niñera de oro” o el que ceba tereré, sin que aporten algo provechoso para el país.

    A lo que voy es que no se puede solamente tratar los síntomas de la enfermedad, previniendo el delito o reprimiéndolo. Se debe buscar la cura, cuyo proceso es largo, nada sencillo, pero debe iniciarse.

    De nosotros debe partir la trasformación, tomando en cuenta que somos quienes muchas veces en la redes sociales criticamos a los corruptos. Empero, a la hora de emitir nuestro voto los volvemos a elegir una y otra vez, y hasta compartimos con ellos como si fueran grandes señores.

    Y son estos ladrones de guantes blancos, electos por nosotros, quienes roban el sueño y la esperanza de niños y jóvenes, amañando licitaciones, dejando sin aulas, merienda y almuerzo escolar a los niños. A los hospitales dejan desprovistos de medicamentos y medios de diagnóstico que bien pudieron tener.

    Cada vez son más las personas excluidas, y con muchas necesidades básicas insatisfechas que no tienen condiciones para desarrollarse como ciudadanos. Expulsados del campo migran a las ciudades a engrosar los cinturones de pobreza, sobrecargado a su vez la ya de por sí precaria infraestructura de éstas localidades.

    El Estado, a través de las autoridades que están en función de gobierno, deben aumentar el gasto social, que abarca salud, educación, vivienda, hasta actividades recreativas, entre otros. Para graficar lo mucho que nos falta como país, hasta ahora en pleno siglo XXI, todavía tenemos un número importante de muertes materno -infantil.

    Y ni hablar de las cárceles que son depósito de seres humanos que conviven en situaciones infrahumanas, sin posibilidades reales de reinserción social, que los lleva de nuevo a cometer un delito apenas logran su libertad. Y es que nadie quiere dar empleo a un ex reo, a sabiendas que no hay garantías.

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    Publicado por Anónimo | 7 noviembre, 2016, 5:12 am
  2. Naturalizando la violencia

    Tenemos que ir poniendo atención, como sociedad, en la manera cómo estamos “aprendiendo” a resolver conflictos. Se va haciendo cada vez más común que antes de buscar salidas a los problemas por la vía del funcionamiento de las instituciones, optamos por recurrir a la violencia
    Basta evaluar algunos casos para comprender lo que decimos.

    Un grupo de vecinos pilla in fraganti a un ratero intentado robar algo. Lejos de esperar que la policía haga su trabajo, toman la iniciativa, capturan al delincuente y luego de propinarle una furiosa paliza lo atan de pies y manos y cuando los agentes finalmente hacen su aparición, se lo entregan. El marginal salva la vida por un pelo.

    Estudiantes de una facultad que repudian la actuación de sus autoridades deciden cerrar a cal y canto los accesos al campus universitario y clausuran, además, las entradas y salidas de la facultad en conflicto. Los funcionarios administrativos quedan presos en su interior y sólo cuando a los jóvenes se les ocurre permiten la circulación. La sobreabundancia de cámaras de video hoy en circulación permite registrar cada movimiento, incluso el desafío grotesco y extremo de una joven que muestra el dedo medio prometiendo represalias a quienes se le enfrenten.

    Hartos de ver cómo el fruto de su trabajo se pudre en las calles y en las plataformas de los centros de acopio, productores de rubros hortícolas exigen a las autoridades que frenen el contrabando que les está impidiendo colocar sus productos a precios que les permitan salvar costos y cumplir con sus obligaciones financieras. Como la respuesta del poder público a sus demandas pareció satisfacerles, los productores anuncian que “por ahora” no cumplirán su promesa: reunir una turba de 2.000 personas y atacar en masa los comercios en donde se venden abiertamente los géneros contrabandeados.

    Todos los casos relatados tienen un desencadenante explicable. Vecinos hartos de ser asaltados y asesinados y de exigir sin resultado una actuación más eficiente y profesional de la policía, hacen justicia ciudadana sin importar sus consecuencias. Estudiantes que no se sienten representados por rectores y decanos universitarios, reemplazan su función por acciones que paralizan la rutina de estudio con deterioro del año académico. Productores que no ven compromiso por parte de las autoridades con un auténtico combate al contrabando amenazan con arrasar los comercios que viven de esta actividad ilícita. Estos, y decenas de otros ejemplos, revelan una misma causa: lenidad del poder público en el cumplimiento de su deber, ausencia del Estado que favorece la delincuencia y, quizá lo peor de todo, corrupción sistémica que reemplaza el servicio al ciudadano por el enriquecimiento personal. Una trama perversa que crea el clima perfecto para que el ciudadano tome por su cuenta la resolución de conflictos por la vía de la violencia. ¿Qué futuro tiene, en estas condiciones, la vida republicana?.

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    Publicado por Anónimo | 1 noviembre, 2016, 5:33 am
  3. Matar a la Hidra, causa nacional

    Por Guillermo Domaniczky

    Mayra tiene 24 años y es contadora. Trabaja con su familia, y la tarde del jueves pasado estaba caminando en pleno centro de Asunción, sobre la calle Teniente Fariña, cuando dos asaltantes en motocicleta la interceptaron y la balearon en una de las piernas para robarle su teléfono celular.

    En medio de sollozos, su papá nos decía el viernes en la 730AM que su hija “no se resistió, pero igual le dispararon”. Una historia cada vez más frecuente y con asaltantes cada vez más temerarios.

    En el caso de Mayra, un testigo avisó a policías que persiguieron a los ladrones, les dispararon, y terminaron hiriendo mortalmente a uno de ellos, mientras su cómplice lograba escapar.

    Murió un motoasaltante y la policía cumplió con su papel de reprimir el crimen.

    Pero el problema es como la Hidra de Lerna de la mitología griega, aquel monstruo en forma de serpiente al que por cada cabeza que le era amputada le crecían dos.

    Por cada asaltante abatido o detenido como parte de la represión, el número de delincuentes sigue creciendo, porque al problema de la inseguridad hay que atacarlo desde varios frentes.

    Con cárceles en las que los presos trabajen, y aprendan un oficio, para que al salir no sean un peligro aún mayor para la sociedad.

    Con jueces y fiscales bajo control, que ya no otorguen irresponsablemente medidas alternativas a delincuentes de extensos prontuarios.

    Con una policía de liderazgos con autoridad moral y una política de tolerancia cero a la corrupción interna.

    Con un combate a las drogas que no quede en la detención de los microvendedores, sino en el encarcelamiento de los verdaderos traficantes y peces gordos del hampa.

    Con comerciantes reducidores de objetos robados, condenados judicialmente por prestarse a ayudar a financiar el delito.

    Son solo algunas ideas para el que debe ser un insobornable combate represivo y preventivo, de una sociedad que ve cómo la bomba que se pronosticaba desde hace un par de décadas, le viene reventando ahora todos los días en la cara.

    En el caso de la Hidra, llegó el héroe Heracles, quien ayudado por su sobrino Yolao, logró cauterizar el cuello de cada cabeza decapitada, para evitar que surgiesen otras.

    Si los políticos paraguayos no hacen el papel de Heracles y meten el tema en su agenda de prioridades, ¿para qué están?

    Debemos exigírselos, como una verdadera causa nacional.

    Un poco menos de lucha del poder por el poder, para meter en la agenda política temas que verdaderamente son de prioridad ciudadana.

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    Publicado por Anónimo | 30 octubre, 2016, 10:41 am
  4. Asaltos callejeros

    Por Rolando Niella

    Cada vez más violentos y cada vez más frecuentes, los asaltos callejeros se han convertido en una verdadera pesadilla para los ciudadanos comunes. Nadie está a salvo de este flagelo, ni ricos ni pobres, ni estudiantes ni trabajadores. Todos podemos ser víctimas de robo o recibir un balazo cualquier día y en cualquier calle del país.

    Los ciudadanos se sienten indefensos y las autoridades no parecen tener la capacidad o la voluntad de proponer soluciones. Ni policías, ni fiscales, ni jueces parecen tener respuestas. Ni siquiera hay que molestarse en debatir el eterno justificativo de “buenos y malos” policías, “buenos y malos” fiscales, “buenos y malos” jueces, etc… Simplemente la Policía, la Fiscalía y la Justicia, hoy por hoy, no son parte de la solución, sino parte del problema.

    Entre tanto, en otras instancias, la clase política está demasiado ocupada en sus propios asuntos (sobre todo el eterno debate de “reelección o no reelección”, por el que nuestro Presidente deja de gobernar hoy para intentar seguir gobernando mañana) y no toman cartas en el asunto. Para no hablar de que más de uno de nuestros “prohombres” públicos, a juzgar por sus acciones, deben considerar a los “motochorros” casi colegas.

    Sin embargo, en el curso de los últimos días han ocurrido algunas novedades sobre el tema que hacen pensar que al menos comienza a existir algo de conciencia de la gravedad del problema y de la profunda sensación de miedo que se está apoderando de las calles.

    Se dieron a conocer cifras según las cuales hay unos mil doscientos de los llamados “motochorros” y se producen tres asaltos por día. La cifra, que probablemente aún no es muy exacta (porque sabemos que hay más asaltos que denuncias) es preocupante por lo alta, pero al menos es un primer paso para comprender la magnitud del problema, en lugar de minimizarlo y hacer como si no existiera.

    Otra novedad es que un juez (¡por fin!) dictó una sentencia de dureza proporcional a la gravedad del delito. Esto es particularmente importante porque esta misma semana se ha visto, en los informativos de televisión, a una pareja de asaltantes motorizados detenidos por la policía, esposados entre sí, los dos jóvenes delincuentes, que acababan de protagonizar un asalto a mano armada, reían y bromeaban entre ellos sin el más mínimo signo de preocupación.

    Sin duda, estos delincuentes estaban completamente seguros de volver impunes a la calle, a sus pistolas y a sus motos, para seguir asaltando y tienen buenos motivos para ello: en la gran mayoría de los casos los asaltantes son reincidentes, han sido detenidos, algunos de ellos varias veces, por el mismo tipo de delito y simplemente han sido puestos en libertad o beneficiados con medidas sustitutivas de prisión.

    No estamos hablando de rateros que aprovechan un descuido, sino criminales armados que disparan, inclusive cuando no hay motivo para ello, porque ya consumaron el asalto. Según datos de la fundación Socorro, especializada en el tema, el 80% de estos asaltos son con pistola y el 20% restante con arma blanca, y todos hemos visto en varias filmaciones que no dudan en usarlas.

    Lo preocupante es que la policía se disculpa tirando la responsabilidad a los fiscales y los jueces, los fiscales culpan a los jueces y a la policía y los jueces a los fiscales y a la policía. Mientras, el ministro del Interior dice naderías obvias como “El objetivo es llevarlos ante la justicia”, mientras cada vez hay más asaltos en la calle y más víctimas en los hospitales o en los cementerios.

    Finalmente, ante la creciente preocupación ciudadana, a mediados de esta semana (¡Más vale tarde que nunca!), el ministro De Vargas dio un paso en la dirección correcta y llamó a una reunión interinstitucional para tratar el tema. Está por ver si tal reunión puede realmente coordinar una estrategia contra la delincuencia callejera y tiene algún otro resultado que aparecer como noticia en los medios de comunicación.

    Pero realmente la solución pasa por una acción interinstitucional conjunta y coordinada. Basta de esa niñería de acusarse unos a otros: O todas las instituciones asumen su parte de culpa, se hacen cargo de su responsabilidad y se ponen a trabajar en conjunto, coordinadas y con una estrategia bien planificada o, como ya dije, no forman parte de la solución, sino por el contrario siguen siendo, como hasta hoy, parte del problema.

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    Publicado por Anónimo | 30 octubre, 2016, 10:24 am
  5. La vereda es de todos
    29 Oct 2016

    Por Juan Luis Ferreira E.
    La violencia callejera no es nueva. En los últimos días hechos puntuales de consecuencias lamentables han puesto sobre la mesa, otra vez, y en un lugar preferencial, un tema que nos afecta a todos. Esa violencia hace que uno camine con temor, o peor aún, que no camine.

    Es bueno hacer ejercicio, pero no se puede sin riesgo. Antes, el riesgo era que te muerda un perro rabioso, quizás que alguien te pida el reloj o la cadenilla, a veces un 30 o un 27 intentaba acertarte. Ahora, te disparan o acuchillan antes de preguntar nada. El robo perjudica y duele, pero la agresión criminal innecesaria es inadmisible.

    Esa violencia perjudica la relación entre vecinos. Perdimos la vereda. Perdimos los parques y plazas. Gradualmente nos hemos armado de perros, murallas, rejas, cercos, filmaciones, guardias, armas y alarmas. Hay 25 mil vigilantes, pero muy pocos vigilan. Están acuartelados. El sistema penal es garantista, incorporamos un modelo que se usa en países donde no hay delincuencia, con otras culturas, educaciones y tradiciones.

    Que Dios nos ilumine para recuperar veredas y calles, ayudar a los que más necesitan y castigar a los delincuentes.
    Esa violencia daña el medio ambiente porque nos obliga a inventar cualquier tipo de vehículo para evitar la vereda y la calle. Ataca a los que no tienen nada, o a los que tienen muy poco. En todos los hogares precarios, y en todos los lugares carenciados la gente trata de poner una reja, hacerse de un arma, dejar un foco prendido, organizarse en autodefensas. Son tan víctimas como cualquiera.

    No se trata de las motos. No se trata de las remeras de clubes. La delincuencia callejera es un delito que debe castigarse y basta con las leyes actuales. Y una vez más: tiene muy poco que ver con la pobreza. La gente pobre en gigantesca proporción no comete delitos.

    Existe un sistema de esclavitud, recolección, reducción, comercialización, y protección que garantiza la presencia del delito diario. La solución es cumplir la ley y permitir que 9 millones de habitantes vivan mejor castigando a unos cuantos autores materiales y morales, y después rehabilitar a los que quieran. Muchos creen que la resignación y la paciencia son eternos e infinitos. No es así, ni aquí, ni en ninguna parte.

    La inseguridad, la violencia, la falta de medicamentos y médicos, 6 meses sin clases en la universidad, 87 millones de dólares al año en viajes de muy discutible utilidad, falta de buenos maestros, falta de oportunidades para micro-emprendedores, cortes de luz, ómnibus chatarra.

    Estos son los temas que la gente quiere una solución inmediata, y se puede. Dejemos de distraernos con la reelección, autoaumentos, justificar agasajos y viáticos, crear esquemas de corrupción, perfeccionar la impunidad, evadir obligaciones y culpar al pasado.

    Pequeñas acciones concretas inmediatas. Coraje, capacidad, acción. Eso nomas.

    Que Dios nos ilumine para recuperar veredas y calles, ayudar a los que más necesitan y castigar a los delincuentes.

    http://www.lanacion.com.py/2016/10/29/la-vereda-todos/

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    Publicado por Anónimo | 29 octubre, 2016, 8:37 am
  6. ¿Cómo solucionar el tema de los motochorros?

    Por Blanca Lila Gayoso

    En los últimos días el tema de los motochorros se instaló en la sociedad. Todo el mundo busca las causas y propone soluciones. El director del Hospital del Trauma, doctor Aníbal Filártiga, sugirió que a partir de las 17:00, una sola persona viaje en moto, idea que enseguida fue rechazada por considerarse que viola el derecho a la libertad. Es que nosotros somos expertos en poner peros a todas las iniciativas, y por eso se nos hace difícil encontrar respuestas prácticas. Eso sí, en teorías nadie nos supera.

    La inseguridad nos afecta a todos y la ola de delincuencia crece a diario, sin que existan indicios de solución. En las últimas semanas, la Policía Nacional registró 43 casos de asaltos realizados por motochorros, que son personas que van a bordo de una motocicleta con el objetivo de robar y asesinar. Los ciudadanos nos encontramos totalmente indefensos y la gente honesta que va a trabajar y a estudiar no sabe si va a regresar a su casa, sana y salva.

    ¿Cómo vamos a solucionar este problema? En primer lugar, tienen que funcionar los órganos del Estado, como la Policía y la Fiscalía. No puede ser que a los pocos días de ser atrapados los delincuentes (reconocidos por sus víctimas), ya sean liberados y estén de nuevo operando libremente en las calles. Algunos tienen prisión domiciliaria, pero no respetan las medidas restrictivas. Otros, al salir de las cárceles vuelven a lo mismo, porque no saben hacer otra cosa. La Justicia tiene que poner mano dura ante esta situación; de lo contrario seguiremos sufriendo las consecuencias.

    También resulta muy positivo que los vecinos se agrupen para defenderse de los malvivientes. Hay que salir en las veredas a conversar y tomar tereré como lo hacíamos antes. Ahora, se levantan murallas altísimas y nadie sabe quién vive al lado. La gente ni se saluda, vivimos encerrados en nuestro egoísmo, sin importarnos lo que le pasa al prójimo; pero del tema de la delincuencia nadie se salva, por eso tenemos que recuperar la solidaridad y la fraternidad entre vecinos. Avisarnos cuando vemos algo sospechoso o escuchamos ruidos extraños.

    Las casas de empeños tienen que ser controladas; así como los talleres desarmaderos, que abundan por todas partes. Para ello, la Policía tiene que hacer su trabajo como corresponde, aunque bien sabemos es una de las instituciones más desprestigiadas y que no goza de la confianza de la ciudadanía. Tanto el Código Penal como el de Procesal Penal fueron hechos por un alemán y no están adaptados a nuestra realidad social. Necesitan una urgente modificación. Cómo es que los parlamentarios son tan rápidos para otorgarse un tercer aguinaldo (que se evitó gracias a la presión ciudadana), o se reúnen para tratar la enmienda de la Constitución para una posible reelección presidencial, pero no son veloces para tratar asuntos sociales urgentes.

    Los tres poderes del Estado tienen que trabajar a favor de la ciudadanía y poner todos los conocimientos y las ideas, a través de sus organismos, para dar respuestas, sobre un tema tan sensible que nos toca a todos, como es la inseguridad.

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    Publicado por Anónimo | 28 octubre, 2016, 5:11 am
  7. La Ley del Oeste
    27 octubre, 2016
    Por Mariano Nin

    En estos días el país vive una ola de violentos asaltos callejeros que nos devuelve al viejo oeste, solo que esta vez los caballos fueron suplantados por motos y las armas son automáticas. El debate se instaló tras varios casos de “justicia por manos propias” en los que varios delincuentes fueron linchados por ciudadanos indignados.

    Ya me asaltaron, así que puedo hablar con propiedad. También sentí deseos de salir a matar delincuentes, aún convencido de que eso no va a acabar con el delito.

    Pero la solución al problema no pasa por cuántos motochorros son linchados, ejecutados o detenidos, si no atacamos la raíz del problema. Familia, instituciones que no funcionan, educación, seguridad minada por casos de corrupción y todas esas cosas que todos sabemos, pero de las que nadie quiere hablar, porque es más fácil que la gente se pelee.

    Muchos de ellos son chicos con familias destrozadas y vidas miserables. Sé que me van a decir que Pepito también tuvo una vida miserable y no por eso salió a robar, pero esa, en verdad, es otra historia. ¿La vida nos trata a todos por igual? Si así fuera sería un mundo perfecto.

    Hoy es cierto, te matan por un celular. Por ese celular barato lleno de sangre y angustia que vos mismo comprás en la calle. En los semáforos se multiplican los chicos que piden monedas, esos mismos chicos que las instituciones ignoran y dan clases, de supervivencia, en las calles. Sin educación y maltratados por todos ya sabemos qué pasará con ellos.

    Las instituciones no los ven hasta que se agarran a trompadas con un automovilista o roban una moto para… robar. Sin educación, sus principios se reducen a lo que aprendieron en la calle de la misma gente con la cual conviven.

    Son a esos chicos a los que apuntan impunemente las mafias de las drogas. Esas víctimas vulnerables que luego van a robar y matar por un celular y a los que vos a su vez vas a querer matar. Una cadena interminable de indignación y caos. Haga patria, mate a un motochorro. En las calles ya prevalece la ley de la selva y en un tiempo solo sobrevivirán los más fuertes. No tiene sentido.

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    Publicado por Anónimo | 27 octubre, 2016, 9:30 am
  8. Peligroso espiral de la violencia
    26 octubre, 2016
    Para completar el terrible cuadro de inseguridad que hace tiempo azota a nuestro país, ayer los docentes de la Escuela Juan Pablo II, del Km 8,5 de Ciudad del Este, fueron víctimas de motochorros. La información señala que los maestros estaban en su horario de almuerzo en plena dirección de la institución cuando fueron sorprendidos por dos asaltantes, quienes a punta de pistola, despojaron de todas sus pertenencias a los profesores.
    Como si fuera que los sacrificados maestros ya no tuvieran suficiente con lo poco que ganan, las privaciones que tienen que soportar diariamente en escuelas con muchas precariedades ahora también son víctimas en la misma institución de la inseguridad.
    “Nos dijeron que nos iban a matar si les mirábamos. Vamos a realizar una manifestación contra la inseguridad porque hace pocos días se le disparó al guardia de una estación de servicios del Km 9 Monday”, dijo el director de la institución Francisco Ramón Acosta López.
    Es el único recurso que tiene la ciudadanía, la manifestación contra la inseguridad, ante un estado que no tiene absolutamente ninguna política para ofrecer garantías a la población, cada vez más avasallada por los delincuentes. Así, cuando la sociedad o un sector se manifiesta, los policías comienzan a realizar patrullas, cambian a algunos jefes de comisarías, aumentan su presencia en las calles y entonces vuelve la tranquilidad por unas semanas. Pasado el tiempo, todo vuelve a lo mismo. Es lo que pasó por ejemplo en Minga Guazú, donde luego de varias movilizaciones, los pobladores consiguieron un poco de tranquilidad por unos meses. Lo mismo pasó en Presidente Franco.
    La cuestión de la inseguridad pasa por una serie de factores que tienen que ser encarados en el marco de una política global de combate a la delincuencia. Hasta ahora lo que tenemos es a policías, fiscales y jueces culpándose mutuamente de la situación, pero es evidente que la sola presencia policial en la calle es apenas un paliativo para un problema mucho más profundo y complejo, y que cada vez va aumentando más la espiral de violencia en la sociedad. Las actuaciones de los delincuentes cada vez más va subiendo en su carga de violencia y la misma sociedad también se está hartando tomándose justicia por manos propias, tomando un peligroso camino de barbarie social.
    Mientras tanto nuestras autoridades están más preocupadas pergeñando qué mecanismos utilizar para perpetuarse en el poder, de modo a seguir desangrando el presupuesto público, en negociados para correligionarios, parientes y amigos. Lamentable.

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    Publicado por Anónimo | 26 octubre, 2016, 9:31 am
  9. La inseguridad de todos los días

    En la causa de la inseguridad, los entendidos hablan de una relación causa-efecto. Sin entrar a divagar en cuanto a los fundamentos socioeconómico que producen tantos jóvenes sin estudio y sin trabajo, pero con muchos vicios peligrosos, quiero detenerme en las trágicas consecuencias que padecemos diariamente en manos de estos criminales motorizados que se adueñaron del país.

    Estas escorias de la sociedad, recurren masivamente al asalto y al asesinato de gente inocente, trabajadora, estudiosa, para saciar sus adicciones. Si por esas cosas, alguno es tomado por las autoridades policiales, acciona nuestra pronta y corrupta justicia que actúa como encubridora, liberándolos rápidamente con las nefastas, famosas y “seguras” “prisiones domiciliarias” o “medidas alternativas”, cuando lo que le correspondería a estos HDP es cadena perpetua. Pero el corso debe continuar, pues todo el año es carnaval. Macondo no tiene nada que ver con esto.

    Esta cuestión de “motochorros” hace tiempo que es una “guerra no declarada” entre los malevos y nosotros. Lastimosamente, los que tienen que defendernos, no nos defienden (muchas veces están con los otros), entonces no nos queda otra que organizarnos a nivel de comisiones vecinales solidarias, en esta cruzada de vida o muerte, para protegernos.

    No podemos seguir tolerando que nos maten alegremente ante la indiferencia de todos. No puede ser, que la gente se alarme solamente cuando suceda un hecho criminal y sea noticia en la prensa por un día, para luego desentenderse, hasta el próximo suceso. Pero cuidado, ese próximo suceso podes ser vos o algún familiar cercano.

    Aquí la cuestión es: nosotros o las plagas.

    Juan Blanco Fernández

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    Publicado por Anónimo | 26 octubre, 2016, 8:48 am
  10. Motochorros y ayuda vacacional

    Estamos en un momento de absoluta euforia criminal. El lugar, no importa, el horario, tampoco importa, lo verdaderamente importante es encontrar una solución rápida a esto y que nuestras autoridades no nos vengan con planes y proyectos a mediano o largo plazo.

    Nos encontramos librados a nuestra total y absoluta suerte. La calle ya no es segura, sí, esa calle, esa vereda, ese barrio por el cual solíamos caminar y hasta jugar en nuestra infancia, hoy, en pleno siglo XXI, y con toda la tecnología existente, ha dejado de ser segura.

    Ah no, pero el querido y estimado ministro de Hacienda, Santiago Peña, está mucho más interesado en brindar “ayuda vacacional” en dar de alguna forma encubierta el famoso “tercer aguinaldo”.

    Sé que no es competencia de Peña la seguridad ciudadana, lo tengo entendido perfectamente, pero lo más interesante de todo es que antes que la seguridad ciudadana, de nosotros, el pueblo, el famoso “Juan Pérez”, que aporta al fisco para que este ministro pueda cobrar su salario y sus innumerables otras gratificaciones, premios etc., etc. Actualmente ni se puede salir de la casa para ir a trabajar y, si lograra salir, no se sabe si se volverá sano y salvo con la familia.

    ¡Qué bárbaro! Qué mal estamos, sinceramente, qué mal estamos.

    Víctor Fabián Sanabria G.

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    Publicado por Anónimo | 26 octubre, 2016, 8:47 am
  11. Lo peor de nosotros
    25 octubre, 2016
    Por Carlos Franco

    A diario vemos en las noticias que la ciudadanía es víctima de los asaltos perpetrados por los motochorros, delincuentes que se multiplican como conejos por los problemas sociales que arrastra nuestro país. No conforme con arrebatarle sus pertenencias a sus víctimas los asaltantes motorizados actúan con mucha violencia, matando, dañando o hasta mutilando a inocentes, que tuvieron la “mala suerte” de cruzarse con ellos.

    Ya no existen zonas rojas en los cuales los delincuentes se mueven, todo el país está en peligro y todos corremos el riesgo de recibir un balazo en cualquier momento. Las autoridades actúan con una increíble pasividad e indiferencia ante la ola de asaltos en todo el país.

    Es triste e indignante escuchar a comisarios y otras autoridades echarle la culpa a la misma ciudadanía de lo que ocurre, alegando que nosotros mismos compramos los celulares robados. Pero déjense de joder, los motochorros no solo roban celulares, estos delincuentes te sacan todo y no les importa matarte en ese ínterin.

    Harta de la indiferencia de las autoridades, cansada de los atracos y temerosa ante la ola de asaltos la ciudadanía ya no reacciona pasivamente ante esta situación. La gente decidió tomar el toro por las astas y hacer justicia por mano propia. Las personas peligrosamente le van perdiendo el miedo a los motochorros, arriesgando la vida se animan a intervenir en los asaltos, con el objetivo de atrapar al delincuente y muchas veces lo logran.

    Esto se ha convertido en una especie de moda, “corregir” al motochorro atrapado y subir al video a las redes sociales, como una especie de trofeo. En estos ajusticiamientos vemos toda la ira de la ciudadanía y le da rienda suelta a sus instintos más bajos para liberar todo su estrés dándole brutales golpizas a los delincuentes, que como todos sabemos estarán libres en un par de días.

    Es cierto, el motochorro que mata por un celular se merece todos esos golpes, pero esto no debería ocurrir, somos un país civilizado, pero la inacción de las autoridades ha despertado la furia de la ciudadanía, han sacado lo peor de nosotros.

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    Publicado por Anónimo | 25 octubre, 2016, 9:41 am
  12. Inseguridad y la Justicia
    25 Oct 2016

    La responsabilidad de la seguridad ciudadana está dividida en dos ejes: los organismos de prevención y detención y las instancias que deben encargarse de hacer justicia. La ola de inseguridad reflejada en los medios de comunicación pone de nuevo en debate las acciones emprendidas por los entes encargados en velar esa seguridad.

    Por el complejo sistema social que tiene el país, igualmente, es necesaria la vinculación de otros entes, como el Ministerio de Salud, el de Trabajo, de la Juventud y, desde luego, de la misma sociedad, para que, de manera conjunta, se trabaje en torno a la recuperación social de los que ingresan al mundo delincuencial.

    El drama generado por los llamados motoasaltantes está instalado por una situación real. La mayoría de ellos, al menos eso se nota en las estadísticas, son jóvenes o menores de edad. De acuerdo con la información que tienen los organismos policiales, los actos delictivos, cada vez con más violencia, los cometen en gran parte para la compra de estupefacientes, lo que denota otro tipo de problema.

    Si bien se sabe que existen falencias en las instituciones de seguridad no es menos cierto que otra gran dificultad para frenar este tipo de actos, probablemente la más grave, se da en la Justicia. Poniendo en términos sencillos, se puede ejemplificar con un hecho lamentable, que se repite en cada detención de algún sospechoso o implicado en un asalto. Los órganos encargados de brindar seguridad jurídica liberan a los aprehendidos por la Policía, con argumentación o sin ella.

    Las estadísticas son preocupantes. En nueve meses, la Policía Nacional recibió un total de 746 denuncias de robos protagonizados por motociclistas a nivel país, lo que da un promedio de 2,7 por día. En apenas un mes, se detuvo a 126 motoasaltantes, todos ellos con antecedentes. Del total de aprehendidos, 19 recuperaron su libertad a las poca horas.

    El Observatorio Nacional de Seguridad y Convivencia Ciudadana, dependiente del Ministerio del Interior, elaboró un informe con cifras trimestrales a partir de los datos sobre denuncias por robo protagonizados por motociclistas en los últimos años. En ese sentido, el estudio muestra que desde el 2012 hasta setiembre de este año se registró en todo el país un total de 4.339 denuncias por robo a mano de motoasaltantes.

    Esto da, en promedio 2,4 denuncias por día. Sin embargo, de enero a setiembre de este año (que abarca tres trimestres), el promedio de las denuncias tuvo un aumento importante, llegando a 2,7 denuncias (es decir, casi tres denuncias por día) con los 746 casos denunciados en lo que va del mencionado período.

    Varios de los detenidos fueron plenamente identificados por sus víctimas y otros a través de cámaras de sistemas de seguridad. Todos ellos igualmente contaban con antecedentes policiales por diferentes tipos de delitos. De esta cantidad, hasta el viernes de tarde, 19 aprehendidos volvieron a las calles, gracias a medidas sustitutivas o simplemente porque no se presentaron querellas por parte de sus víctimas.

    Es decir, el drama de inseguridad no puede ser medida solo desde un ángulo y más que lanzallamas que reciben los organismos de seguridad, el foco debería estar en el interés de trabajar de manera conjunta para solucionar el problema.

    Más allá de las críticas, pedido de destituciones o discursos políticos, es necesario que los organismos de seguridad y los entes encargados de impartir justicia encuentren el camino adecuado para que, juntos, combatan a la delincuencia. A ese tren de tarea conjunta se deben subir las demás instituciones directamente involucradas. La ciudadanía debe cumplir un rol sumamente importante en ese contexto, especialmente en la denuncia y el control en el funcionamiento de todas las instituciones.

    Si se quiere vencer a la delincuencia, si se desea frenar la ola de ataques de los llamados motoasaltantes es imperioso que antes que lanzar bombas incendiarias se planten acuerdos, consensos, ayuda mutua, para que verdaderamente los delincuentes sientan el peso de la Justicia.

    Hace unos días, el propio fiscal general del Estado planteaba la necesidad de un trabajo conjunto entre los poderes del Estado. Es tiempo de mirar desde una óptica menos politizada las acciones que cada uno de los sectores deben asumir en esta lucha. De lo contrario, tendremos una batalla perdida.

    http://www.lanacion.com.py/2016/10/25/inseguridad-la-justicia/

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    Publicado por Anónimo | 25 octubre, 2016, 5:31 am
  13. Uno por moto
    Por Enrique Vargas Peña

    El miércoles pasado, 19 de octubre, el doctor Aníbal Filártiga, a quien aprecio enormemente, sostuvo que “la situación” (por inseguridad ciudadana) “es crítica y las autoridades deben tomar decisiones para intentar frenar los daños que producen los hechos cometidos por los motochorros. ´Acá hay que prohibir definitivamente a partir de las cinco de la tarde, que haya dos en una moto; no sé qué más necesitan para decidir algo así´, expresó en una conversación con Telefuturo. ´Los heridos que todos los días hay, es cuestión de poner en la balanza. Hay que estar acá para ver cuántas familias angustiadas producen cada tiro de estos badulaques´, enfatizó. La mención de Filártiga fue bien recibida por las autoridades policiales que consideran que dos personas en motocicleta, ya tienen que ser consideradas sospechosas. En las redes sociales también apoyaron la propuesta”.

    Aníbal se inspiró seguramente en Mauricio Macri, actual presidente argentino que en 2010, como intendente de Buenos Aires, “envió…a la Legislatura un proyecto de ley que, para evitar robos, prohibirá el ingreso en el microcentro de motos con dos personas a bordo, de lunes a viernes, de 9 a 18”.

    Macri, a su vez, copió la iniciativa de otra semejante que se impusieron en Colombia, Guatemala y Honduras.

    Ni Filártiga ni Macri cuentan que su propuesta fracasó siempre que fue implementada y que el nuevo intendente de Bogotá, capital de Colombia, Enrique Peñalosa la descartó por inconducente e improcedente ahora, en setiembre de este año.

    Y aun cuando Peñalosa no la hubiera descartado, la medida sigue siendo inconducente e improcedente. En realidad, es estúpida (“estupidez. De estúpido y -ez. 1. f. Torpeza notable en comprender las cosas”), porque es un disparate (“disparatado, da. Del part. de disparatar. 2. adj. Contrario a la razón”) pensar que la inseguridad tiene relación con algún medio de transporte.

    Es grave que referentes que influyen en la toma de decisiones públicas sobre políticas de seguridad no se informen adecuadamente antes de proponer cosas.

    Ya está suficientemente estudiado, y suficientemente probado, que la inseguridad tiene que ver con elementos que no tienen conexión alguna con el tipo de medio de transporte o con el tipo de instrumento usado por quienes la generan, sino por la existencia o no de determinadas condiciones de vigilancia.

    Por citar algunos de los casos probados, menciono el de James Q. Wilson y George L. Kelling que teorizaron, en su enunciación originaria de la doctrina ahora conocida como la de “broken windows” (ventanas rotas), que la comisión de hechos punibles es una especie de curso que se inicia con faltas menores y termina con crímenes mayores y que la seguridad se incrementa cuando se ataca el curso en sus fases iniciales.

    William Bratton fue el primero que aplicó en zonas urbanas importantes esta teoría durante la administración de Rudolph Giuliani como intendente de Nueva York y aunque se mantiene muy intensa la controversia sobre la doctrina, las estadísticas tienden a confirmar que a mayor ataque sobre las fases iniciales del curso de la delincuencia, mayor descenso de la tasa de criminalidad general: Cunado los arrestos por hechos punibles menores suben un diez por ciento, los robos bajan de un dos y medio a tres por ciento. Y así, aunque casi el noventa por ciento de los inculpados no reciban penas carcelarias, como lo sintetizaron Hope Corman y Naci Mocan.

    Bratton y Giuliani tenían, sin embargo, diferentes ideas sobre el otro pilar de la inseguridad, la corrupción en la Policía, extensamente documentada en un informe denominado “Mollen Commission Report”, que recomendaba la creación de un departamento independiente de “Asuntos Internos”, que no estuviera sometido a los intereses corporativos de la Policía.

    Bratton fue reemplazado pero Giuliani no logró, a pesar de nuevos informes en el mismo sentido realizados por otra comisión creada por él mismo y aún otras subsiguientes, implementar una adecuada fiscalización institucional de la Policía, que sin embargo se vio cada vez más expuesta por sus escándalos de corrupción.

    La doctrina de “broken windows” (ventanas rotas) no es la única, por supuesto, en materia de seguridad, ni la menos controvertida; pero no hay ninguna que sostenga seriemente que las motos son un problema de seguridad y en ninguno de los países atrasados o tarados en los que se ha implementado pudo jamás mostrar ninguna estadística que respalde con cifras semejante proposición.

    En realidad, es en países donde los cuerpos policiales son poco menos que organizaciones criminales donde se propone limitar el uso de las motos y justamente para que no se hable de la corrupción o de la ineficiencia policiales.

    Por eso es que cuando Filártiga planteó su idea, los referentes policiales citados por el material de Ultima Hora transcripto al principio la apoyaron calurosamente.

    La Policía pretende que discutamos sobre la cantidad de gente en las motos en lugar de preguntar por qué un chico asaltado encuentra documentos policiales a sus asaltantes; quiere que olvidemos que sus agentes plantan drogas a la gente para extorsionarla; quiere, en fin, que no se hable de su profundo involucramiento con el narcotráfico y con cuanta mafia asuela a nuestra sociedad. La Policía quiere que hablemos de las motos y no de su podredumbre e inutilidad.

    La corrupción policial y la tolerancia con el inicio del curso de la comisión de hechos punibles son algunas de las causas de la inseguridad que sufrimos y no las motos, ni los cuchillos.

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    Publicado por Anónimo | 24 octubre, 2016, 7:53 am
  14. Motochorrros en Suecia

    Por Sergio Cáceres
    Hace casi un año caminaba a la medianoche rumbo a mi casa cuando escuché una motocicleta solitaria que se acercaba; inmediatamente me puse en alerta y busqué la forma de escapar de ahí, hasta que me acordé que estaba viviendo en Falkenberg, una pequeña ciudad de Suecia donde los motochorros son como los marcianos: no existen. La moto y sus ocupantes pasaron de largo dejándome a solas con mi estúpido miedo tercermundista.

    Hace dos semanas, mi hija me dejó un mensaje de voz alertándome que tenga cuidado al volver a casa, pues frente a nuestra puerta se oyeron gritos desesperados de personas. Ella estaba sola en casa y fue a escuchar desde la ventana: eran personas siendo asaltadas por motochorros. Mi esposa ha salido ilesa dos veces de sus asaltos; yo los he visto en acción dos veces y hasta ahora me he salvado, al igual que mis hijos. Vivimos en pleno centro de Asunción, y estos ladrones al hacer sus golpes salen disparados hacia uno de los barrios que generalmente los albergan y que rodean a la ciudad.

    Sí, los motochorros son parte de nuestras vidas. El problema no es que nos roben el celular o la billetera o la notebook. El problema es que pueden hacerlo y matarte. De ahí el pánico generalizado que están creando en la gente con sus últimos atracos. Sí, es cierto, son una realidad palpable para muchos.

    Pensaba en esto y el golpe efectista que tiene esta situación en la vida diaria de la gente. La sensación de seguridad es muy importante y si se la sacan a uno, la vida es otra. Los suecos se pueden dar el lujo de cerrar sus cárceles; en sus vidas el elemento delincuencial casi no existe y pueden dedicarse a otras cosas sin estar alertas por las calles pensando que pueden recibir un balazo o una cuchillada.

    Y pensaba también que los paraguayos somos asaltados todos los días de otra forma más grosera y mucho no nos importa porque parece que no nos afecta. En el Parlamento, en los ministerios, en las intendencias, en las gobernaciones, día a día se fraguan robos impresionantes que dejamos pasar como si nada. Y no hablamos de montos que pueden estar en la agujereada billetera de una cansada chica que solo quiere llegar a su casa a dormir luego de una jornada agotadora. Hablamos de montos siderales, tan altos que ningún motochorro puede soñar jamás.

    Y lo más paradójico es que esa gente que cada día nos roba la hemos puesto ahí en su cargo político nosotros votándoles. Pero hay algo que no es paradójico, sino más bien trágico: que todo lo que nos roban puede perfectamente usarse para políticas públicas que a la larga eliminen a los motochorros de nuestras calles. Eso es lo que hicieron los suecos; ellos no tienen esta delincuencia porque tienen políticos honestos controlados por ciudadanos críticos.

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    Publicado por Anónimo | 24 octubre, 2016, 7:19 am
  15. La indignación no basta
    23 octubre, 2016
    Por Fernanda Robles

    Cerramos una semana teñida de violencia y desgarradoras historias. Empecemos indignándonos con la historia de Carlos Bernal, 20 años y a punto de ser papá por primera vez. Este domingo familiar, Carlos tal vez estaría arreglando la cuna, ordenando las pequeñas ropitas, o sintiendo las pataditas de su bebé, pero está grave, conectado a un respirador luchando por su vida. Dos jóvenes se metieron en su hermosa historia de amor en un segundo, cambiando todo por completo.

    Sigamos con la lista de indignaciones. Más motochorros, sicarios, secuestradores, limpiavidrios agresivos y extorsionadores, delincuentes de guante blanco. Y así podría seguir la lista hasta el final de esta página, resaltando sobre todo la parte de las víctimas, muchas de ellas muertas.

    Hoy soy Carlos, su mamá, su novia, y su bebé; soy su familia que exige que en unos meses podamos salir a pasear al parque hasta que oscurezca, y podamos regresar a casa caminando.

    Soy Cinthia queriendo caminar con mis amigas vistiendo un short. Soy el campesino que quiere sembrar en el norte. Y soy Fernanda queriendo venir a trabajar tranquila, sin agregar más cosas a mi lista de indignación, porque no me basta.

    Estoy cansada de adecuar mi vida a este panorama. Estoy harta de salir solo en horas del sol, con la cartera liada hasta el cuello, temiendo de todos los motociclistas, pensando en alguna estrategia para protegerme permanentemente. Estoy extrañando mi libertad. No logro entender cómo seguimos permitiendo que esto siga así.

    ¿Qué nos está pasando para acostumbrarnos a vivir en un Paraguay tan enfermo, tan lastimado, tan dolido? Que alguien le avise a Horacio Cartes y a sus secuaces que muchos no creemos en el bondadoso que vive en un mundo paralelo. Nosotros estamos en el que no podemos viajar tranquilamente en ese transporte público al cual disminuyó 100 guaraníes el pasaje.

    Dejemos la empatía sobre la inseguridad y sintámosla como Carlos. Que nos duela igual.

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    Publicado por Anónimo | 23 octubre, 2016, 4:34 pm
  16. Una moto, un conductor solo

    Por Ilde Silvero

    Los motochorros son una pesadilla para la población en general, no solo en nuestro país, sino en todo el continente. Los asaltos cometidos por los delincuentes a bordo de biciclos motorizados son tan frecuentes que, como reacción, se están ensayando medidas para combatir este flagelo.

    Una de las sugerencias más interesantes es limitar, por ley, la cantidad de gentes que pueden trasladarse en una moto: dos personas en horario laboral diurno y el conductor solo, sin acompañante, durante toda la noche.

    La explicación consiste en que, por razones operativas de facilidad y rapidez, los motochorros siempre atacan entre dos, pues mientras el conductor permanece en la calle, montado en la moto con el motor en marcha, el acompañante se baja, comete el asalto y vuelve a subir a la moto, tras lo cual la pareja de delincuentes se aleja rápidamente.

    Si el asaltante estuviese solo, su tarea sería mucho más complicada y difícil porque debería dejar la moto en algún lugar, ir a cometer el asalto, volver corriendo, subir y arrancar la moto y luego alejarse del lugar.

    Una solución drástica sería establecer por ley que siempre, a toda hora y sin excepción, solo una persona puede circular en una moto. Esto traería serías dificultades para miles de padres y madres de familia que van al trabajo entre dos o que llevan a sus hijos al colegio. Prohibirles hacer eso sería crearles un problema que imposibilitaría su estilo actual de vida.

    Por lo anterior, una salida intermedia es que se autorice viajar entre dos en una moto a partir de las seis de la mañana (hora habitual de ir al colegio o al trabajo) hasta las seis de la tardecita (hora común de retorno al hogar). Luego, durante toda la noche, ya regiría la ley: una moto, un conductor y punto.

    Si se aprobase una norma con estas características, no se van a terminar los casos de motochorros, pero es probable que disminuya significativamente la cantidad de asaltos, apuñalamientos y asesinatos por parte de los delincuentes motorizados.

    Si existiese la ley, muchísima gente honesta, trabajadora y de escasos recursos se vería afectada; habría manifestaciones populares de protesta porque se estaría “atacando a los pobres que no tienen auto”. Surgiría un problema constitucional y violación de los derechos humanos: nadie puede restringir el derecho a la libre circulación de las personas y no se puede prejuzgar de “motochorros” a dos ciudadanos por el simple hecho de viajar juntos en una moto; les ampara la presunción de inocencia.

    Como puede verse, el grave problema existe y una posible solución también está al alcance de nuestras manos, pero… En Paraguay, muchas cosas no son lo que parecen y muchas leyes bien intencionadas duermen el sueño eterno de las normas desconocidas.

    Bueno, existe una segunda opción: que todos seamos de clase media o alta y tendríamos un vehículo de cuatro ruedas, lo cual, sin lugar a dudas, hará desaparecer a los motochorros pero, eso sí, los asaltos seguramente seguirán gozando de buena salud de la mano de los “autochorros”.

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    Publicado por Anónimo | 23 octubre, 2016, 7:14 am
  17. Motochorros

    Por Edwin Brítez

    Está en debate la forma de encarar el grave problema del estado de inseguridad y delincuencia cotidiana que en los últimos tiempos se caracterizan por la proliferación de casos de asaltos y asesinatos cometidos por “motochorros”, personas montadas en motocicletas para cometer delitos y crímenes en la vía pública contra indefensos ciudadanos.

    El debate se reabrió a partir de la sugerencia del director de Emergencias Médicas, Dr. Aníbal Filártiga, quien, más bien harto de la cantidad de víctimas de la violencia que van a parar a dicho centro asistencial, propuso prohibir el viaje de dos personas en una sola moto a partir de las 17:00, con lo cual presume disminuirá bastante la cantidad de víctimas.

    La propuesta del doctor Filártiga tropieza con el inconveniente serio de violentar derechos, libertades y garantías legítimos de terceros, que si fueran dejados de lado se estaría contribuyendo a reducir los espacios públicos de la gente honesta en favor de los delincuentes (civiles y uniformados), además de perjudicar a una clase social que encuentra en las motocicletas un medio de transporte cómodo y barato. Algunos las utilizan legítimamente como instrumento de trabajo combinado con el uso para salir y regresar a la casa en pareja.

    La proliferación de las motos desde que bajaron sus precios tuvo como primera consecuencia negativa la cantidad de víctimas de accidentes de tránsito, que obligó al Estado a imaginar formas de mitigar el problema, por lo que se pensó habilitar como vía exclusiva de las mismas las banquinas de las rutas, además de exigir el uso de chalecos reflectivos.

    Posteriormente, la situación se revirtió y, de víctimas, las motocicletas y sus ocupantes se convirtieron en victimarios. Pasaron a ser un peligro para los demás, al convertirse en móviles preferidos de los delincuentes. Entonces se estableció que estos vehículos fueran vendidos con la chapa incluida, de modo que sus ocupantes puedan ser individualizados en situaciones en que se vean involucrados en hechos de delincuencia. Pero la facilidad con que son robados echó por tierra esta forma de encarar el nuevo problema.

    Hubo una época en que estuvo de moda compartir las buenas prácticas entre los grupos, movimientos, organizaciones, inclusive gobiernos que tropiezan con los mismos problemas en distintos lugares y buscan las mismas soluciones. El principal inconveniente de esta modalidad fue y sigue siendo la falta de voluntad política, en el caso de los gobiernos, de poner en práctica las experiencias exitosas, además de la desidia de quienes tienen el deber de hacerlo, asociada a la lenidad de quienes cuentan con el derecho de exigirlos.

    Hasta ahora, la mejor práctica que encontré es la de Colombia, que en vez de aumentar las prohibiciones aumentó las exigencias para viajar en motocicletas.

    Allá las motocicletas solo pueden circular con placas y las personas (conductor y acompañante) con casco y chaleco. Tanto en el chaleco como en el casco se registran en tamaño bien visible los números de las placas. Nadie puede circular sin estos requisitos, por lo que el incumplimiento hace presumir que quienes lo hagan a pesar de todo son probablemente delincuentes y, por tanto, sujetos a revisión.

    Claro, siempre hay forma de burlar las reglas, pero ayuda bastante en una sociedad con problemas de inseguridad que los buenos estén bien identificados y se los vean diferentes de los probables malos.

    Convivir con la delincuencia requiere algunos renunciamientos en materia de comodidad y un poco más de rigurosidad con quienes no se merecen, sin necesidad de renunciar o anular el disfrute de derechos y libertades.

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    Publicado por Anónimo | 23 octubre, 2016, 6:57 am
  18. ¿HASTA CUANDO?
    Andrés Granje
    El país atraviesa una de las horas más dramática de su historia en materia de seguridad, se puede decir que el sistema colapso y que en la eterna batalla entre el mal y el bien en la sociedad paraguaya, el mal lleva amplias ventajas, a tal punto que la inseguridad es la moneda común de nuestros días, los hechos delictivos se suceden sin que nada indique que algo pueda cambiar en corto tiempo. Se puede decir que si algo es enteramente horizontal y democrático en el país, es la inseguridad, ya que se siente en todos los niveles y clases, tanto en la clase alta como en las bajas, la sensación de peligro es igual en todos lados y en todos los sectores es cuestión de suerte nada más caer en la grosa lista de los afectados por robos domiciliarios o asaltos
    Los muertos y lesionados que quedan con secuelas, personas sin brazos, sin piernas que tardan meses, años a veces para volver a una actividad normal, en número cada vez mayor como consecuencia de los hechos de violencia generados y los peor, como dijimos, es que la policía se muestra totalmente rebasada para cambiar esta realidad o bien hacen una huelga de brazos caídos, para no castigar a los delincuentes. Esto cuando los propios policías no integran o colaboran con las bandas mafiosas. El Comandante Sotelo habla de mejorar la imagen de la policía, pero si no obtiene resultados en un corto tiempo dudamos que puedan restablecer el buen nombre de esta fuerza, que posiblemente transite en la época de menor crédito en la larga historia de su creación, lo que debe preocupar a las autoridades nacionales ya que de la confianza que le tenga la gente depende y mucho su futuro.
    Los últimos casos casi comprobados a estar por secuencia de videos, la maniobra de efectivos policiales plantando evidencias, un paquete de cocaína en el vehiculó de una joven mujer, acatando órdenes de un narcotraficante es indignante y movió a la repulsa ciudadana. Si fuera solamente su inutilidad o la falta de idoneidad para ejercer su oficio de acuerdo a las exigencias modernas del delito, pero tener que soportar también el alto grado de corrupción y de cinismo de una fuerza totalmente permeabilizada por la irregularidad, sin tomar ninguna medida al respecto es preocupante. Desde la alta esfera del poder se aplican tímidas e insuficientes disposiciones y no van al corazón del mal con lo que nunca se podrá erradicar la corrupción.
    En efecto, es la misma clase política que tiene que pedir o exigir vía juicio político remedio a esta situación de indefensión en que se encuentra la ciudadanía, el ministro del Interior el liberal Francisco De Vargas debe como mínimo presentar su renuncia ya que en tres años de gestión en nada colaboró para terminar o morigerar este clima de inseguridad permanente en que vivimos, ni siquiera en el proyecto de combate al EPP, tuvo éxito, debiendo sumar a esto, el crecimiento desmedido del crimen organizado tanto en la capital como en el interior del país. A todo esto hay que sumar la corrupción en la misma fuerza policial lo que completa un combo inaceptable e intolerable para la población paraguaya.

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    Publicado por Anónimo | 21 octubre, 2016, 7:45 am
  19. Nada es lo que parece
    20 octubre, 2016
    Por Mariano Nin

    Vivimos tiempos de incertidumbre, días impredecibles en los que todo es lo que no debería de ser. Policías que supuestamente plantan drogas para inculpar y chantajear. Un solo caso bastó para romper el miedo y desatar una avalancha de denuncias de abusos de poder y extorsiones de insospechadas consecuencias.

    Pasó lo mismo con un caso de gatillo fácil, que desnudo una práctica criminal en las fuerzas de seguridad. Un caso fue a otro y otro a otro. En todos, rozando la impunidad.

    La agresión a un periodista, que se hizo visible gracias a la viralización de una golpiza, es otro caso. Los limpiavidrios que hasta el hartazgo defendieron que hacen un servicio, desnudaron que no son muy amigos del rechazo y están dispuestos a todo. Incluso a romperte la cara si fuera necesario.

    Pero no es solo violencia. Tras la denuncia, nos enteramos que ese mismo limpiavidrios tiene tres antecedentes por robo y uno por amenazas… y está en la calle, listo a intimidarte por unas monedas. Pese a que fue detenido, más tarde supimos que una fiscala ordenó su libertad… por teléfono.

    Los indígenas, expulsados de sus tierras por grandes terratenientes, mendigan en los semáforos y acampan en el asfalto, frente mismo a la institución que debería velar por las comunidades nativas. Así, sin tierras y sin comida, deambulan por las calles pidiendo limosnas. Tenemos una de las represas más grandes del mundo y apenas caen unas gotas se va la energía eléctrica.

    Sucesivos Gobiernos hicieron la vista gorda y la falta de inversión en el sistema eléctrico ahora nos pasa otra factura, que como siempre, termina pagando el más débil. No solo se trata de dinero. Se trata de sufrimiento, de una lenta tortura cotidiana.

    Y así podríamos seguir desojando el país del revés, copado por motochorros asesinos, donde todo se ve como el político de turno quiere que lo veas. Del derecho hacia el revés con la misma resignación. Un país donde nada… es lo que parece.

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    Publicado por Anónimo | 21 octubre, 2016, 7:40 am
  20. 0
    Brindar más seguridad ante los ataques de motoasaltantes
    La escalada de asaltos protagonizados por los llamados motochorros o motoasaltantes, que han cobrado numerosas víctimas durante las últimas semanas, en algunos casos con derivaciones graves, genera una comprensible sicosis de pánico en la población. No solo se percibe la incapacidad de la policía para frenar los ataques, sino además se denuncian hechos en que agentes del orden aparecen como cómplices de los delincuentes. La situación debe llevar a las autoridades a adoptar medidas urgentes para brindar más seguridad, pero al mismo tiempo trabajar en propuestas de fondo para disminuir la delincuencia. No se puede mantener a los ciudadanos como rehenes del miedo y obligarlos a recluirse en sus casas, disminuyendo un importante aporte al desarrollo del país.
    Numerosos ataques de asaltantes que operan a bordo de motocicletas, bautizados como motochorros, se han producido durante las últimas semanas, generando víctimas que han quedado con graves secuelas.
    Uno de los casos más dramáticos fue el del joven Ricardo Ortellado, atacado el pasado 11 de octubre sobre la avenida Perú, en Asunción, cuando se dirigía a abordar el ómnibus para regresar a su hogar en horas de la tarde. Uno de los delincuentes intentó sacarle la mochila y le disparó con una pistola, por lo cual tuvieron que amputarle la pierna izquierda.
    Otro caso es el de Carlos Javier Bernal, asaltado por otros dos motochorros en la noche del martes, en el barrio Ypatí, de Villa Elisa. El joven, de 20 años, recibió un balazo en el estómago y actualmente lucha por su vida, tras una operación quirúrgica.
    A ellos se suman otros varios casos de ataques a hombres y mujeres golpeados o amenazados para robarles el teléfono celular, el bolso o la billetera que tenían a mano. En la mayoría de estas situaciones, según grabaciones de cámaras de seguridad en los lugares donde suceden los atracos, los asaltantes operan de a dos o de a cuatro, a bordo de motocicletas. Generalmente eligen a mujeres y hombres en las paradas del transporte público. Las motos se detienen sin parar el motor, el o los acompañantes descienden rápidamente, blandiendo un revólver o un cuchillo, y obligan a sus víctimas a entregar lo que tienen de valor, y aún cuando muchos no se resisten igual reciben disparos o son apuñalados.
    Aunque este tipo de casos son frecuentes, en las últimas semanas hubo un aumento de la violencia de los ataques que generan mucha preocupación. El director del Hospital del Trauma, doctor Aníbal Filártiga, revela que a dicho centro asistencial llegan semanalmente 6 heridos por asaltos de motochorros, sin contar los que se registran en otros puntos del país.
    No solo se percibe la incapacidad de la policía para frenar los ataques, sino además se denuncian casos en que agentes del orden aparecen como cómplices de los delincuentes, debido a la gran corrupción que persiste dentro de las fuerzas de seguridad.
    La crítica situación debe llevar a las autoridades a adoptar medidas urgentes para brindar más seguridad, pero al mismo tiempo trabajar en propuestas de fondo para disminuir la delincuencia. La persistencia de una violencia estructural que dispara los niveles de pobreza y marginalidad, de falta de educación y oportunidades laborales, entre otros, y la corrupción son las principales causas, que deben ser revertidas con urgencia.
    No se puede mantener a los ciudadanos como rehenes del miedo y obligarlos a recluirse en sus casas, disminuyendo su importante aporte al desarrollo del país.

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    Publicado por Anónimo | 21 octubre, 2016, 7:40 am
  21. La peste tiene cara de motochorro
    19 octubre, 2016
    Por Hugo Barrios

    La vida, muchas veces, es una lotería. Uno nunca sabe cuándo puede salir “sorteado” y ser víctima de la inseguridad. No importa si es de día o es de noche, los malvivientes castigan todos los días ante la pasividad de las fuerzas públicas que, ya sea por falta de presupuesto o mala gestión, permiten que los asaltos se conviertan en “figurita repetida” en los noticieros.

    Repasemos el relato de Arturo Martínez. ¿Quién es Arturo Martínez? Un muchacho de 21 años que vive en Roberto L. Petit y que, días atrás, caminaba pensando seguramente en su equipo preferido o en la chica de sus sueños, cuando de la nada el diablo se le atravesó en el camino.

    “El instinto de conservar la vida me impulsó a correr entre los autos estacionados en la vereda. Al notar que no me quedaba, salieron huyendo. Cuando creí que ya se iban, salí a mirar a la calle y estos HIJOS DE PUTA retornaron y, sin vueltas, me apuntaron con el arma y empezaron a disparar hacia mí. Por intuición me agaché y volví a correr por mi vida”. Esto fue lo que contó el joven en su cuenta de Facebook.

    Un video de circuito cerrado de la zona captó el momento en que, al mejor estilo de “La Anguila” Almirón, le bajó un pique, pero no detrás de la “caprichosa” precisamente, sino para que no lo mataran a balazos. Quienes lo perseguían eran dos motochorros.

    Eran cerca de las 3 de la tarde y les importó tres pepinos la vida de un ser humano. Total, se rigen por otras leyes, otros códigos. Se creen amos y señores de las calles porque las autoridades policiales no le hacen frente y porque la justicia paraguaya es tan frágil, corrupta e inverosímil que otorga castigos más severos a un ladrón de vacas que a un violador de niños, por ejemplo.

    Los motochorros son los que marcan la agenda. La Policía no puede o no quiere frenar su avance. Son el pan de cada día. Te atacan en la calle, cuando viajás en auto o cuando estás frente a tu casa. Una señora los enfrentó el lunes arrojándoles su zapato. Pudo contar la historia, milagrosamente.

    ¿Realmente las autoridades se preocupan por combatir a esta peste con cara de motochorros? Quienes están en el poder creen que sí. Juan Pueblo sufre en carne propia y piensa lo contrario. Ya tú sabes.

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    Publicado por Anónimo | 21 octubre, 2016, 7:39 am
  22. Inseguridad intolerable
    21 Oct 2016

    Por Pablo Noé

    Dolor, temor, luto. Vivimos en una sociedad que llora por inocentes víctimas y que se desangra en luchas intestinas que se encierran en una mirada ausente de una realidad que conmueve. Las dudas son infinitas y la incertidumbre una compañera de ruta. Entre los desafíos periódicos se incorporó el llegar sano y salvo a casa, después de la tarea cotidiana, esperando que el mismo final haya tenido la jornada de los seres queridos.

    Los análisis traspasaron la barrera de lo tolerable y se reducen a aplacar el mal de la manera más rápida posible. Este escenario limita la mirada a un duelo mano a mano, en donde la vida es el premio entre víctima y victimario. Nos ponemos del lado del que sufre un asalto y consideramos que sale mejor parado cuando más daño puede ocasionar al que intenta arrebatarle sus pertenencias.

    Miramos desconsolados al entorno y vemos que el esquema de seguridad se ve rebasado por una cantidad de negligencias que son imposibles de comprender. Desde un sistema judicial muy permeable, que otorga una innumerable cantidad de oportunidades para delinquir a un grupo de malvivientes reconocidos, y sin olvidar a la Policía Nacional que juega un rol clave, mitad insuficiente para repeler o prevenir los ataques, y una mitad responsable de los casos por omisión cómplice, que nos invita a pensar mal para intentar entender el motivo de su paupérrimo accionar.

    La dirigencia política sigue enfrascada en su mundillo intrascendente, intentando instalar su verdad como la única valorable, en lugar de tomar acciones concretas interpretando el sentimiento de la gente que busca en ellos respuestas a sus temores.

    Ese pueblo que en lugar de tener eco a sus reclamos, se tropieza con un huracán de frases preestablecidas intentando engañar en lugar de construir un presente mejor para todos.

    En medio de esta compleja realidad que nos impacta, olvidamos el origen de este escenario. Porque la justicia por mano propia se convierte en el principal elemento al que debemos acudir para defendernos ante la sensación de soledad e indefensión que nos invade. Ya no es agradable al oído proyectar como inicio remoto de esta realidad las condiciones sociales en las que subsiste una parte importante de la población, que no tiene acceso a condiciones mínimas de desarrollo.

    Esa educación que despreciamos, esa maldita distribución de la riqueza que suena una explicación teórica, esa incapacidad de resolver el acceso a salud, esa falta de atención a los esquemas de reducción del impacto social en las poblaciones vulnerables, ya suenan como una cantaleta más de las miles que nos repiten, como receta mágica que pierde su encanto porque nunca se ponen en práctica plenamente. La ausencia de modelos de éxito, de opciones de vida digna también influyen en un país que pasó de ser solidario a ser temerario en la defensa de su bien más preciado, la propia vida, que es la que se pone en juego en cada esquina como resultado de esta inseguridad intolerable.

    Como ciudadano paraguayo, cansado de ver tanto dolor espero que encontremos respuestas claras y contundentes a esta situación que es avasallante. Una reacción que trascienda el honorífico mérito de tener buena puntería para evadir el peligro. Que dibuje sobre la realidad los trazos, que intenten al menos encontrar una salida integral para todos. Que pueda elevar los niveles de calidad de vida de la comunidad para que la guerra no sea entre compatriotas, sino contra los males que nos hunden en esta pelea que parece no tiene fin, en donde tampoco existen ganadores y perdedores.

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    Publicado por Anónimo | 21 octubre, 2016, 7:36 am

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ÑE’ÊNGA ✓

Gracias jakarupa rireguánte.8/12/16

Dejó sin pierna a motociclista y ahora suspenden el proceso

En este país, la Justicia solo trabaja medio día y a veces, ni trabaja.
Moraleja: Si tenés guita no hay problema chera'a. Kore qué injusto!
Justicia paraguaya... Paga 6 millones como "pena" por dejar sin piernas a una persona y casi dejarlo sin vida. Por algo somos la tercer peor justicia del mundo.
Un borracho platudo choca con su autazo a un humilde trabajador, a quien se le amputa su pierna y solo tiene que pagarle 6.000.000 de guaraníes, en cuotitas. Manejas alcoholizado y... Conductor pagará G. 500.000 mensuales tras choque que dejó sin pierna a guardia. Independientemente que haya habido ya un acuerdo con la víctima, qué suaves (¿?) son los castigos para conductores alcoholizados. Después dicen que el dinero no trae la felicidad.

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Banquina llena de botellas plásticas y otros desperdicios arrojados por peregrinantes. Triste realidad! La fe mueve montañas, los peregrinos... Basura #lamentable

La ambición por el poder da amnesia ... 10 años después este es el "nuevo rumbo" de Lugo, los tiempos cambian y los intereses también, jamas los politicos mantienen su palabra empeñada, sencillamente nadie resiste un archivo! Peligro para el país, sólito se está haciendo su tumba, vergüenza me da esta clase de políticos.

En San Lorenzo el cretinismo toma forma de micro que se adelanta en doble línea en pleno cruce... Consuelo: peores cosas hacen con sus chatarras todos los días

Es el primer día del pesebre y el camello ya está harto de todo. (?)

Se le armo el scrache social al borracho Alvarenga. Alto representante legislativo, "de pedo" no mató a nadie. Ndo jerai gueteri, hesa pili'upapeve omoco el guai... por eso que hasta el árbol vio que se le puso en el camino (?) Que imprudente el árbol, imputenlo por exposición al peligro, seguro era un árbol peregrinando! Lo que es la naturaleza, hasta un árbol salió huyendo de un posible accidente. Ha koa la ñande legislador, los primeros en respetarlas las quebrantan... lamentable. Cada idiota que tenemos en el país. Un criminal de raza y harto-peligroso el Diputadete éste, igual a todos los de su camarilla de farsantes y estafadores. Con "chapa cambiable"? En un país serio, estaría preso y sin permiso para conducir de por vida o presentando su renuncia a la Cámara Baja. Es un asesino potencial. Burro, borracho y cobarde. Hombre escombro.

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