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HA… CHE RETÃ PARAGUAY ✓

… entre los enemigos

Hoy se cumple el segundo aniversario del asesinato de nuestro compañero de tareas Pablo Medina, corresponsal de nuestro diario en Curuguaty y su zona geográfica aledaña. Su crimen fue ampliamente reportado por la prensa local y extranjera; su nombre se agregó a las listas de profesionales del periodismo que cada año ingresan a las fatídicas nóminas de quienes mueren en el cumplimiento de su labor y en aras de su vocación.

En nuestro caso, se trató del asesinato de un periodista arrojado que, conociendo bien el ambiente en que debía moverse y el tipo extremadamente peligroso de gente a la que debía investigar y denunciar, no rehuyó dicho enfrentamiento y decidió, por sí mismo, por su propia dignidad, conservar su coraje intacto, afrontando las constantes intimidaciones y amenazas contra su vida, pese a la dolorosa experiencia de haber visto caer a dos de sus hermanos a manos de los criminales de la zona.

El crimen de Pablo Medina a manos de sicarios de una organización de narcotraficantes nos despertó a los paraguayos de nuestra displicente apatía, haciéndonos ver de cerca, en asientos de primera fila, cómo creció este tipo de organización delictiva en nuestro país y hasta qué punto están dispuestos a llegar, sin parar mientes en escrúpulos morales ni legales.

La persona que está sindicada como autora moral del hecho y casi todos los señalados como autores materiales están procesados y guardan prisión, lo que permite alentar la esperanza de que, al menos en lo que a ese grupo delictivo se refiere, se haga justicia y se le despoje de sus posibilidades e intenciones de continuar traficando, intimidando, sobornando funcionarios y autoridades o matando.

Después de este suceso y de sus consecuencias jurídicas las estructuras del narcotráfico en la zona del crimen de Pablo no fueron afectadas en nada. Cayeron un jefe local, el exintendente de Ypejhú y presunto autor intelectual del crimen, Vilmar Neneco Acosta, y algunos soldados, lo que no conmueve en absoluto a las demás bandas, que, si caen algunos de sus miembros, al segundo siguiente encuentran suficientes sustitutos para que el ritmo de sus negocios no se altere en lo absoluto Y, lo que es más importante aún, la estructura de poderosos protectores políticos –sean madrinas o padrinos– continúa incólume e impune. Porque, a esta altura, es muy difícil pensar que dos de los influyentes íntimos de Acosta, la diputada colorada Cristina Villalba y el gobernador de Canindeyú, Alfonso Noria, no conocieran las actividades del exintendente, en una zona y en una pequeña localidad donde no hay secretos de sus habitantes que no se conozcan.

De hecho, las drogas continúan fluyendo, sus lugares de depósito están seguros, sus transportes y transportadores no tienen dificultades de tránsito ni con fronteras de por medio, los cultivos de productos prohibidos se incrementan, y la mayoría de los funcionarios y autoridades de todos los niveles están comprados por los narcotraficantes.

Cada día que transcurre ve incrementarse el poder, la riqueza y la impunidad de estas bandas. No solamente cuentan con la protección de las autoridades locales, moviéndose a sus anchas en sus zonas operativas y disfrutando de sus suntuosas residencias particulares, sino que extendieron su influencia hasta los niveles superiores del Gobierno, donde cuentan con la complicidad o el encubrimiento de no pocos jefes administrativos, policiales y, sobre todo, políticos.

También tienen “amigos” en las Cámaras del Congreso, donde ciertos legisladores, bajo el disfraz de la camaradería entre correligionarios, lo que hacen es protegerlos y procurarles la mayor impunidad que esté a su alcance. A cambio de este servicio, por supuesto, pueden contar con el agradecido y generoso aporte en metálico que estos amigos sabrán donarles cuando lleguen los tiempos electorales.

En efecto, como sucedió en muchas experiencias bien conocidas de otros países latinoamericanos, los narcos amplían constantemente sus fronteras de influencia. No se detienen en la aldea, en la zona, en la región. Si todo esto ya fue puesto bajo su control, avanzan hacia el centro mismo del poder político. Allí comienzan por sobornar a los más débiles, moral y económicamente hablando; el siguiente paso lógico es intentar sumar votos en los colegiados donde se podrían frustrar sus negocios. Juntas municipales e intendencias de localidades del interior caen fácilmente bajo su influjo. Y así van escalando hacia los poderes de decisión.

En suma, los narcotraficantes ya cuentan con intendentes, concejales, gobernadores, policías, fiscales, jueces, magistrados y legisladores que protegen sus negocios e intereses. A través de sus entenados disponen de influencia en numerosos organismos públicos y se expanden geográficamente, cubriendo ya la mayor parte de las regiones de nuestro país.

Esto les permite instalar sus “mulas” en todas partes, disponer de dispensarios de droga a metros de los colegios y facultades, distribuir su nefasta mercadería en vehículos apropiados, a lo largo y ancho del país y sus ciudades mayores.

Sus jefes y sus cuadros viven como reyes orientales, estén afuera o adentro de las prisiones. Y, aun estando presos, continúan manejando sus empresas del mal con libre disposición de la mejor y más actualizada tecnología de comunicaciones. Uno de estos capos, Jarvis Chimenes Pavão, demostrando poseer todo el poder, hace poco reveló que contribuía para la adquisición de equipos para la propia policía y que en una ocasión colaboró con mucho dinero para liberar a un secuestrado del EPP.

Este es el estado de cosas contra el cual luchaba decididamente apenas con sus herramientas profesionales el periodista Pablo Medina. Enfrentó a los narcotraficantes, les señaló, les denunció; le advirtieron que desistiera, le amenazaron y, finalmente, le asesinaron. Combatió y se jugó la vida, perdiéndola por una causa que nos incumbe a todos, a todo nuestro país, excepto, naturalmente, a quienes lo envilecen.

Es de esperar que su inmolación no acabe como un simple episodio heroico, al que se recuerde en ocasiones para llenar de encomio su memoria. Pablo Medina no jugó a ser héroe sino a ser útil a la sociedad. Es preciso honrar su muerte continuando la lucha contra los narcos, sin darles cuartel. Pero en la vanguardia de estos combates no deberían estar personas que solamente están armadas con sus grabadoras y sus cámaras; allí deben estar las autoridades superiores de la Nación, los representantes del pueblo, los que juraron proteger los intereses superiores del país. Es decir, justamente aquellos a los que no se ve todavía en el frente de batalla sino en la confortable retaguardia… cuando no entre los enemigos.

http://www.abc.com.py/edicion-impresa/editorial/entre-los-enemigos-1528503.html

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

4 comentarios en “… entre los enemigos

  1. Dominados por el temor
    17 octubre, 2016

    Durante el acto de recordación de un aniversario más del asesinato del periodista Pablo Medina en la ciudad de Curuguaty, uno de los hermanos del comunicador lamentó la impunidad que rodea el crimen.
    El periodista, quien se desempeñaba como corresponsal del diario ABC Color fue asesinado por sicarios al servicio del narcotráfico.
    “Estamos tristes porque hasta hoy día el autor intelectual no está sentenciado, tampoco los autores materiales”, comenzó diciendo Medina. Uno de los autores materiales, Flavio Acosta, se encuentra preso en Brasil y a la espera de un proceso de extradición; mientras que el otro autor material, Wilson Acosta Marques, sigue prófugo a más de dos años del hecho.
    En el acto de recordación, el hermano de Medina reveló cómo la mafia del narcotráfico sigue dominando poblaciones enteras mediante el terror. “El temor se palpa acá”, dijo. Es una terrible realidad de las regiones fronterizas, donde las instituciones que deben combatir el tráfico de drogas se ponen al servicio de la mafia.
    En nuestra región, los crímenes cometidos por el narcotráfico quedaron impunes. Las autoridades saben quiénes son los que operan al margen de la ley, pero aprovechan para sacarles dinero. De esta manera el narcotráfico se ha apoderado de las instituciones dejando en la más absoluta indefensión a la ciudadanía.
    El Estado Paraguayo necesita iniciar un combate decidido contra las mafias que se adueñan de nuestras fronteras. Es probable que aún estemos a tiempo de rectificar rumbos.

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    Publicado por Anónimo | 17 octubre, 2016, 5:56 pm
  2. Pablo Medina
    15 octubre, 2016

    Mañana se recuerda un aniversario más de la muerte del periodista Pablo Medina. Hasta ahora no fueron detenidos los autores materiales del crimen, aunque el supuesto autor intelectual, Vilmar “Neneco” Acosta ya se encuentra recluido en la cárcel de Tacumbu. El crimen continua impune a pesar de las promesas de las autoridades de esclarecer el asesinato.
    Pablo Medina fue silenciado por la mafia de narcotraficantes que dominan toda la región fronteriza y que impone su ley ante la absoluta ausencia del Estado. Desde sus inicios como corresponsal del diario ABC Color Pablo fue denunciando, poniendo en evidencia los tentáculos de la narcopolítica, los crímenes, las ejecuciones y las rutas del narcotráfico.
    Como siempre nuestra sociedad indolente y corrupta ignoró las denuncias. Conocidas autoridades que actualmente siguen formando parte del espectro político y del entorno cercano del presidente Horacio Cartes y del líder regional Javier Zacarías Irún, fueron los que respaldaron a “Neneco” Acosta como intendente, a pesar de las graves denuncias y atropello que su familia venía cometiendo en la zona.
    La muerte de Pablo Medina puso en evidencia hasta qué extremo el narcotráfico y su dinero sucio está pudriendo a la Sociedad Paraguaya. Desafortunadamente nada cambió desde el sacrificio de Pablo. Sus verdugos siguen manejando los hilos del poder, burlándose de toda la sociedad.
    Los países que permitieron que sus instituciones se corrompan con el dinero ensangrentado del narcotráfico todavía hoy siguen luchando para recomponerse. Las experiencias lamentables de México y Colombia deben servirnos de ejemplo para no repetir los mismos horrores.
    La sociedad no debe permitir que la muerte de Pablo Medina quede impune porque ello significaría el triunfo de la narcopolítica y de ser así nuestra sociedad camina hacia su autodestrucción.

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    Publicado por Anónimo | 16 octubre, 2016, 8:02 am
  3. El contrapoder molesta a los corruptos y mafiosos

    Por Rafael Montiel

    El rol de la prensa es el contrapoder. Significa mantener una posición crítica al poder político, al Gobierno de turno que detenta el poder que tiene la enorme responsabilidad de procurar y promocionar el desarrollo de un país.

    En cualquier parte del mundo, la prensa es uno de los pilares de la democracia, de modo que quienes azuzan y buscan manejar, incluso acallar a los periodistas, es una mala señal para las libertades públicas y para la ciudadanía en general.

    Nuestro compañero asesinado hace dos años, Pablo Medina, desde su trabajo ejerció con altura su rol de contrapoder y no solo contra los que estaban en la cumbre de la política, sino de la narcopolítica, los pillos y contrabandistas y los líderes de toda clase de negocios al margen de la ley.

    Desde el inicio de su labor periodística como corresponsal del diario ABC Color en Curuguaty, Pablo Medina supo interpretar qué papel debía desempeñar como comunicador social, pese al peligro.

    Sicarios, soplones, capangas y politiqueros inescrupulosos controlaban sus pasos, según él mismo comentaba. No era fácil la tarea en un ambiente de inseguridad, sin garantía y más aún cuando el poder político actúa como el hampa en la clandestinidad y en la oscuridad.

    Cuando se ventilan las irregularidades, acciones que les comprometen a las autoridades ante la opinión pública, empiezan los hostigamientos y las amenazas. Significa que no tienen la más mínima idea de la libertad de prensa y de expresión o simplemente tienen formación autoritaria y no aceptan las críticas y menos aún las denuncias.

    Tras dos años del asesinato del colega Pablo Medina, al reasumir el compromiso de comunicador, lamentamos la endeble transición hacia la democracia.

    Al respecto, la declaración de Chapultepec, México, en relación con la libertad de prensa señala: “El asesinato, el terrorismo, el secuestro, las presiones, la intimidación, presión injusta de periodistas, la violencia y la impunidad de los agresores coartan severamente la libertad de expresión y de prensa. Estos deben ser investigados con prontitud y sancionados con severidad”.

    Ahora nos preguntamos: ¿existe prontitud? ¿Hubo castigos a los autores morales y materiales? Hasta el presente se cierne un manto de impunidad sobre el caso de Pablo Medina.

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    Publicado por Anónimo | 16 octubre, 2016, 7:24 am
  4. Anécdotas con el compañero Pablo Medina

    Por Aldo Lezcano

    Al cumplirse dos años del cobarde asesinato de nuestro compañero Pablo Medina me vienen a la mente anécdotas y travesuras con él. Me tocó compartir con el querido “Pabloqui” varios momentos; con él ni el cansancio se sentía, pues se caracterizaba por la jocosidad.

    Cuando nos preparábamos para viajar a un “Seminario de periodismo de alto riesgo” en Campo de Mayo, nos fuimos a comprar zapatones caños largos sobre la calle general Aquino. Nos dijo: “ñanderovatavy. Ñandeko ndajarekói peligro mbóigui, sino umi manguruyukuéragui (Qué tontos somos. A nosotros no nos apeligran las serpientes, sino los corruptos). Ya en Caecopaz (Centro Argentino de Entrenamiento Conjunto para Operaciones de Paz), cuando evaluábamos las tareas realizadas, manifestó que era tan importante saber aplicar lo asimilado y enseñar a cuidarnos, pero que había una maldita realidad, y es que poco o nada podemos hacer para cuidarnos de la mafia despiadada.

    Pablo sabía de aquello, pues dos de sus hermanos también habían sido asesinados por mafiosos. Estaba consciente de que en algún momento podría ser su turno.

    Decía que su vida dependía de la decisión de la mafia, integrada por los actores de la politiquería. Decía que si no nos asociamos a ellos, somos piedras en sus zapatos. Ni bajo la tierra estamos a salvo de ellos cuando te sentenciaron a muerte, decía.

    Cuando le preguntamos si no quería dejar el periodismo, en un par de oportunidades respondió: “ñandeko –como ocurre con los de la mafia– después de entrar en el periodismo ya no podemos salir”.

    En un par de oportunidades, cuando ya no había condición por las exageradas amenazas que recibía, fue aislado de la zona más peligrosa. Sin embargo, no tardó en regresar a esa tierra que adoptó como su segunda “patria chica”, Curuguaty.

    Aquella fatídica siesta del 16 de octubre de 2014 se despidió tranquilo de la familia y anunció a los compañeros en el grupo de trabajo creado en el WhatsApp que viajaba hacia Ypejhú y que Dios mediante regresaría a su base a la tardecita. Eso ya no ocurrió y tal como había anunciado muchas veces: le llegó el momento, sentenciaron su ejecución, manos negras y asesinas cumplieron la orden y segaron tan joven vida y la de su acompañante, Antonia Almada.

    Pablo era la voz de los sinvoces y dio su vida por la verdad. Se cumplió en él aquella frase filosófica de Ortega y Gasset que sostiene con marcado fundamento: “tan pronto como el hombre nace, es tan viejo como para morir”. Pablo hizo bastante, pero teniendo mucho aún por delante la mafia obligó a que dejara una carrera inconclusa, pues su pluma y estilo periodístico molestaban. Su tarea no estaba direccionada para beneficiar a los capos.

    Es evidente que jamás interesó a quienes manejan el hampa y la politiquería que detrás de Pablo, en esa humilde vivienda con paredes de madera en Curuguaty, estaban una esposa y sus hijos adolescentes, y que en otro rancho se encontraban sus padres ancianos, que soñaban ser enterrados por los “retoños” que sobraban y que no serían ellos quienes tendrían que despedir a un tercer hijo asesinado.

    Los del hampa se equivocaron. Ahora algunos de ellos están aniquilados y odiados por sus compinches del rubro de la hierba maldita porque de alguna forma les “arruinó” el negocio. Como dijera L. Petit: “nadie cae del poder por sentirse débil, sino por sentirse muy fuerte”.

    El final de nuestro andar es irreversible; todo aquello que comienza debe tener un final, pero en el caso de Pablo no podemos hablar de olvido, pues eso no llegará fácilmente. Con su muerte se encendió una antorcha que expande su luz y despierta a la sociedad que anhela la patria soñada.

    Tenemos la responsabilidad de tomar con seriedad la luz de esa antorcha. No podemos permanecer estáticos a la espera de milagros, es muy necesario ampliar la fuerza de nuestro pequeño ejército de luchadores sanos y hacer que triunfe la verdad sobre la mafia y la corrupción.

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    Publicado por Anónimo | 16 octubre, 2016, 7:23 am

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