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HA… CHE RETÃ PARAGUAY ✓

Institucionalidad

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Más o menos así…

Institucionalidad, esa es la palabra clave en este asunto. No existe otro camino que comenzar a transformar las instituciones dimensionando el resultado de su tarea y que los éxitos o fracasos de las mismas dejen de estar vinculados a esfuerzos particulares que no superan el rango de hecho anecdótico.

Pasa en la mayoría de las instituciones de nuestro país, a las que dejamos de tenerle la consideración por la gestión que realizan, porque en general (aunque esto de generalizar es un craso error) las mismas no están acordes a los intereses de la ciudadanía. Tanto es el desgaste de la imagen, que desvirtuó la credibilidad de las instituciones, que incluso cuando aciertan en su encargo siempre se teje un manto de duda sobre la veracidad de los hechos.

Este desafío trasciende los nombres coyunturales de quienes administran los recursos del Estado. Forma parte de una cultura de revalorización de la función de estas organizaciones, en beneficio de los intereses de la ciudadanía, por encima de apetencias particulares. El estigma es tan grande que en ocasiones es más fácil acomodarse a la manera de operación, aunque esté torcida, que comenzar a escribir una historia diferente, en donde la dignidad sea el ingrediente principal.

Este escenario es tan común que puede aplicarse la fórmula, de manera casi directa, a la mayoría de las instituciones del país, y el resultado final es muy parecido. El mejor ejemplo es la Policía Nacional, que desde la caída del régimen de Alfredo Stroessner ha sufrido una transformación muy interesante, pero que sigue sin superar los viejos vicios de aquella sangrienta dictadura.

Aquel refrán que dice “Dadle poder y lo conoceréis” es la clave para desnudar el comportamiento de muchos efectivos que al saberse portadores del monopolio del uso de la fuerza, la utilizan en su beneficio. Comentaba hace unas semanas en este mismo espacio que sufrí las peripecias de ser demorado por una barrera policial sin motivo alguno. Decía que intenté defender mis derechos constitucionales y que de nada sirvieron mis argumentos para debatir con los agentes. También aseguré aquella ocasión que decidí acceder al pedido de los oficiales recordando casos de gatillo fácil y para no exponer innecesariamente mi vida.

Luego de aquella columna, casualmente las barreras en ese mismo lugar tuvieron una pausa, hasta que nuevamente, por designio del azar, fui demorado. Esta vez mi intervención fue mucho más contundente: les reclamé que me volvían a atajar innecesariamente.

El oficial me consultó si ya me habían demorado, como asentí me dijo: “pasá nomás”. Este incidente tragicómico nos demuestra la manera en la que se preparan los efectivos policiales para hacer una tarea que, además de estar al margen de la ley, no es efectiva. Esto daña profundamente la imagen policial porque exhiben tanta negligencia que su credibilidad cae al piso.

Mis experiencias en nada pueden compararse con el momento de zozobra que vivió la diseñadora Tanya Villalba que denunció abuso policial, en un procedimiento irregular en donde le habrían plantado drogas. La misma señaló que los oficiales la interceptaron, le hicieron bajar de su vehículo, le sacaron la plata que tenía y le implantaron cocaína. La denunciante se sometió a pruebas en donde demostró no haber consumido sustancias ilegales, además de aportar videos del procedimiento.

Amén de la investigación interna que deben realizar desde el Ministerio del Interior y la propia Policía Nacional, cuando se realizan este tipo de denuncias contra las fuerzas del orden, la primera sensación que queda es que el abuso se cometió. Poco se duda sobre la negligencia policial, lo que demuestra que la credibilidad en el accionar de los agentes para la población es casi nula.

Mientras no exista una depuración profunda de policías violentos y corruptos y un castigo ejemplar a quienes violan los derechos de la gente, la institución seguirá ocupando un rol marginal en la sociedad. De nada valdrán las transformaciones que se pretendan instalar en el seno de la Policía si los propios integrantes de esta organización no dimensionan lo fundamental que es para mejorar su imagen, que todos y cada uno de los miembros sean conscientes de la responsabilidad social que les corresponde. La gente está harta y el primer paso para la dignificación de su institución está en manos de la propia Policía Nacional.

Por Pablo Noé

Institucionalidad

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

24 comentarios en “Institucionalidad

  1. La violencia nos devora

    Por Mabel Rehnfeldt

    “Lo que hace el partido colorado solamente lo puede hacer nuestro partido colorado”.

    Así “piropeaba” Horacio Cartes a su audiencia en Caazapá el jueves último, de siesta, olvidando por completo que estaba en horario laboral donde se debe a todo el Paraguay. Pero no era lo único que olvidaba Cartes en su azucarado discurso lisonjero: No hizo ni una mención a la violencia que estamos padeciendo.

    La violencia ha existido desde siempre. La mayoría de las capitales del mundo la tienen… pero la mayoría de ellas también despliega estrategias para enfrentarla.

    Han logrado someternos a formas tan extremas de humillación que cualquier motociclista que se nos acerca ya nos ponemos en guardia. Nos tienen tan arrodillados que tenemos miedo de pedir auxilio a la policía que nos “planta cocaína”, que dispara y deja parapléjico a un joven. O a la SENAD que mata una niñita en un dudoso allanamiento.

    Un joven quedó paralítico, a otro le amputaron la pierna, a otro le balearon en el hígado cuando estaba a punto de ser papá. El mismo día que Cartes discurseaba en Caazapá, un guardia de seguridad de una estación de servicio de Ciudad del Este fue cocido a balazos por dos motoasesinos. El jueves se debatía entre la vida y la muerte.

    En el amanecer de ese mismo día una señora que iba caminando a trabajar con un vecino del barrio fueron asaltados y agredidos físicamente. Igual ocurrió en la semana con una escolar de 17 años que fue asaltada por uno de 15 años en pleno centro.

    Ya no hay zonas rojas; todo está teñido de sangre.

    La peor parte de esta ola de violencia que Cartes no puede controlar porque está muy ocupado con sus ambiciones políticas es que estamos cambiando. El discurrir del típico paraguayo, pacífico y bonachón, solidario y confiado, ha cambiado. Todos desconfiamos de todos y estamos decididos a empezar a matarnos para defender nuestras familias.

    En este concierto variopinto de instrumentos varios, Cartes, el ministro del Interior De Vargas, el Comandante de la Policía Sotelo y la justicia juegan el papel de la total desafinación. Violencia hubo siempre, pero nunca hasta ahora nos habíamos sentado a contemplarla sin enfrentarla con alguna estrategia.

    Nada de nada. Nadie salió a ordenar planes, allanamientos, buscar por lo menos donde se venden celulares robados y de dónde se están comprando las armas. Nadie ha salido a decirnos qué hacer, cómo defendernos; nadie ha propuesto un plan de emergencia, alguno de urgencia, medidas que nos permitan ilusionarnos con que algo se está haciendo: Aunque sea que nos mientan para hacernos felices. Formar una base de datos con los criminales y sus antecedentes de robos y hurtos agravados, ver cuantos están sueltos, si tienen trabajos fijos, armar mapas ciudadanos para saber dónde están.

    Parece que nadie tiene ni la más pálida idea de lo que se tiene que hacer. Estamos en un barco a la deriva, y el único puerto del que ellos hablan es la REELECCIÓN.

    A este paso, no quedará ciudadano vivo para votarles o botarlos. Están esmerándose por acabar con todos.

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    Publicado por Anónimo | 23 octubre, 2016, 7:15 am
  2. Sherwood 2016, la vereda maldita
    22 Oct 2016

    Por Alex Noguera

    Cuando abrió la puerta de la choza y entró esa noche, sus pequeños hijos corrieron a su encuentro. Saltaron sobre él y le abrazaron de las piernas. Él miró a su mujer, quien con un beso de bienvenida le preguntó cómo le había ido. El rostro sonriente fue piedra, el dique que sostenía esa sonrisa no cedió ante la presión del agua del infortunio y se mantuvo firme. La mentira fue respuesta y de sus labios escaparon dos palabras: “Sin problemas”.

    Tras la cena salió para atender a los animales. Quería darles una merecida ración extra a sus cansados bueyes. La jornada había sido larga. Se acercó al establo y cargó alimento en las bateas. Giró para verter agua del cubo y vio su carreta. Con la yema de los dedos, con cariño, recorrió esa vieja piel de madera como agradeciéndole y se fijó en las arrugas que el tiempo le habían regalado. También acarició la nueva e innoble cicatriz que ese día había recibido en la vereda maldita.

    Esto no era Sherwood ni Barnsdale, donde se esconden los forajidos de Robin Hood, pensó. Tampoco era la cuidad de Nottingham, cargada de sus injusticias. Y sin embargo, los tiempos habían cambiado. Los ladrones, los salteadores de caminos habían migrado hacia su comarca a tal punto que la vía principal ahora era conocida como la vereda maldita.

    Con un hondo suspiro recordó cómo esa misma mañana se había levantado muy temprano, antes de salir el sol, había uncido los bueyes y partido rumbo al gran mercado para llevar a la venta sus productos.

    Había oído algo sobre los nuevos peligros y consideró exageradas las advertencias de sus vecinos, así que se santiguó y emprendió la marcha.

    Cuando alcanzó la vereda maldita, se disponía a disfrutar de esa apacible mañana. No había canto de aves. Demasiado apacible, reflexionó, y tarde comprendió la razón. En el cruce de caminos, dos hombres se le acercaron. Una voz gruesa, mezcla de carcajada y burla, le saludó. Eran mendigos o algo peor. El hombre mostraba sus dientes cariados al hablar y sin ningún arrepentimiento también exhalaba un tufo de vino agrio. De su boca salían zalamerías. Le hacía ver la suerte que tenía por ser dueño de tan hermosa carreta y de lo afortunado que era por la carga –tapada con carpa– que llevaba, que seguro era valiosa. Él le ofrecía leerle la fortuna a cambio de unas moneditas para que nada malo le sucediera.

    Tuvo miedo. Intentó que sus bueyes avanzaran, pero eran lentos. El machete golpeó la carne del vehículo y quedó preso. El mendigo hizo un esfuerzo y lo arrancó, mostrando el brillo del filo. Más que una advertencia, era una amenaza. O aceptaba “sus servicios”… o quién sabe qué.

    Con la yema de los dedos, con cariño, recorrió esa vieja piel de madera. También acarició la nueva e innoble cicatriz que ese día había recibido en la vereda maldita.

    De su bolsillo sacó unas monedas de cobre y las entregó. Recordó que no hacía mucho uno de sus vecinos había bajado del carro para reclamar un abuso semejante y recibió una bofetada y una patada en el trasero. Tuvo que huir. Y aunque denunció a los serviciales correcaminos, a las pocas horas salían libres de nuevo, pero con un mensaje de venganza. Las autoridades eran cómplices, pensó. No había guardias que vigilaran, el alcalde solo pensaba en recaudar, pues ni los caminos eran reparados en forma.

    Azuzó a los animales y dejó atrás el peligro. Eso pensó, equivocadamente. Un trecho más adelante, en el siguiente cruce de caminos una réplica de los anteriores mendigos lo esperaban, también para ofrecerle buena fortuna a cambio de unas monedas.

    No tuvo que pensar mucho. Nuevamente metió la mano en la bolsa y “donó” el cobre por el intangible servicio recibido. Con los dedos esa noche pudo contar las veces que tuvo que entregar su dinero y su dignidad en esa vereda maldita, que antes era conocida por el nombre de Cacique Lambaré.

    Contó: En Cacique y Guaraníes, la primera; en Cacique y Augusto Roa Bastos, la segunda; en Cacique y Pedro Juan Caballero, frente al Superseis, la tercera; en Cacique y Yacaré Valija, la cuarta, y en Cacique y Fernando de la Mora, la quinta. Cinco veces de ida al Mercado de Abasto y otras cinco de regreso.

    Diez veces al día los que transitan por la vereda maldita son extorsionados por los limpiavidrios. Por más limpio que esté el parabrisas, en el siguiente semáforo “necesitará” una nueva limpieza o los mendigos se tornarán violentos. No se puede adelantar. El semáforo está en rojo. La trampa es perfecta. En el medio de la avenida construyeron una divisoria de cemento que hace que los conductores queden presos, a merced de los forajidos.

    ¿Y las autoridades? En Nottingham recaudan.

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    Publicado por Anónimo | 22 octubre, 2016, 6:47 am
  3. Paciencia

    Lo tengo presente: Una de las frases más recordadas del primer discurso oficial del entonces recién asumido presidente de la República, Horacio Cartes, fue: “No les puedo pedir que sigan teniendo paciencia”. Como se dice vulgarmente, la frase dio en el clavo.
    Si bien el histórico estoicismo que caracteriza bien o mal al pueblo paraguayo se mantiene “vigente”, la paciencia está “contra las cuerdas”.
    No me pregunten por qué, pero se siente en el aire que, de seguir así de postergados en servicios básicos como la energía, el agua, la salud, la educación e infraestructura vial, vamos a explotar. No hay estoicismo que soporte tanto ninguneo de las instituciones a lo largo del tiempo.
    Lastimosamente, aquella bonita frase de Horacio Cartes quedó en puro márketing. Y no querido lector, vos y yo sabemos demasiado bien que a pesar de que el presidente tenga un holding de medios que te (nos) pintan un país de maravillas las cosas no están bien.
    La paciencia tiene un límite –incluida la de una sociedad– y no es conveniente jugar con un fuego tan peligroso.
    Si no me creen, solo basta mirar el caso de Payo Cubas, cuyos cintarazos a jueces y deposiciones de materia fecal reciben el apoyo de una ciudadanía harta hasta el karaku de un putrefacto sistema judicial.
    Las reacciones desmedidas de este abogado son el espejo de cómo está la gente hoy en día: Cansada, hastiada, al borde de la locura.
    La celebración de los cintareos de Paraguayo Cubas son un síntoma que analistas y estudiosos no deberían pasar por alto jamás.
    Mientras tanto sigamos con los cortes de energía ante la primera ola de calor seria del año, viendo a los pacientes terminales muriendo en los pasillos del IPS. Sigamos aguantando la “sensación” de inseguridad, sigamos con los cuatro secuestrados en la zona Norte…
    Eso sin tener en cuenta que ya estamos a puertas de un año electoral en que los dimes y diretes de la clase política volverán a ocupar primeras planas.
    Esperamos que el presidente de la República, en un acto de iluminación, revea esa partecita de su primer discurso y lo tome en cuenta. De más está decir que sería muy necesario, especialmente si todavía tiene en la cabeza el tema de la reelección.

    Por Elías Piris

    http://m.ultimahora.com/paciencia-n1032474.html

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    Publicado por Anónimo | 21 octubre, 2016, 4:18 pm
  4. La historia del Braian, el Kevin y la “suicial”
    21 octubre, 2016
    Por Sergio Etcheverry

    Quizás dentro de unos cuantos años, un columnista o un historiador mencione que en octubre del 2016 el pueblo todo, enfrentado a una crisis de valores sin precedentes y a una criminalidad desbordada y sin control, tomó el toro por las astas y unido y codo a codo con sus dirigentes, encaró el tema de la inseguridad en serio, combatiendo a la delincuencia con normas claras y personal idóneo, con las herramientas necesarias.

    Paralelamente, acotará el sesudo columnista, se comenzaron a tomar las medidas para atender a los Kevin y a los Braian, a encarar seriamente el tema de las adicciones y las familias desmembradas, a propiciar su educación y su inserción, valorizando el trabajo de los docentes y no haciéndolos trabajar como porteros y guardias de seguridad, fortaleciendo el trabajo de las instituciones que deben velar por los niños.

    Como otras medidas más profundas, agregará nuestro colega del futuro, los dirigentes reconocieron sus errores y su responsabilidad, poniéndose normas claras de conducta, eliminando las prebendas, las gratificaciones y los robos impunes que daban a entender que todo valía por la plata.

    En el ámbito policial, profundizará el colega, se realizó una profunda revisión, se alcanzó la esencia misma de la institución, dirigida al servicio y a lo vocacional, desterrando el sistema perverso que hizo que una novata como la suboficial que actuó en el caso Tanya Villalba, sea corrompida a menos de un año de su egreso.

    En el ámbito de las prisiones, finalizará el correcto columnista (que seguramente será mucho mejor que el que esto escribe), se sentaron las bases para que las prisiones cumplieran la función que deben cumplir y no sean depósitos de humanos averiados y universidades del delito.

    Todo eso debiera decir nuestro imaginario columnista del futuro… pero probablemente dirá que en octubre del 2016, mientras el país se hundía en la inseguridad, sus dirigentes hablaban de reelecciones y de acuerdos realizados sobre las sillas volando y después del gran abrazo republicano.

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    Publicado por Anónimo | 21 octubre, 2016, 4:17 pm
  5. El largo camino a casa

    Por Carolina Cuenca
    ¿Cuánto tarda un ciudadano en regresar a casa desde el trabajo? Y si tu casa queda fuera del área urbana –como le sucede a la gran mayoría– y además queda a unas cuadras de la ruta principal y tenés que caminar por el barrio, a veces nuevo y poco poblado, poco iluminado, y ni hablar si sos estudiante y después del trabajo vas a la facultad y terminás tarde las clases, sumale como otros riesgos ser joven y mujer… Sí, la cosa está muy peligrosa. Vivimos en estado de riesgo. Las personas que más se sacrifican son las que pasan peores circunstancias a diario. Por eso duele tanto y crea rebeldía cuando escuchamos los numerosos casos de asaltos y violencia hacia personas trabajadoras, indefensas, sufridas. ¿Por qué vivir de esta manera?

    No debe ser así el Paraguay. Nos merecemos un ambiente social y un trato de parte de nuestras autoridades más acordes con nuestra dignidad y nuestro esfuerzo por mejorar. Lo segundo es responsabilidad en gran parte ajena. Pero lo primero depende mucho de nosotros. Especialmente el recuperar el sentido comunitario, el rechakuaa en donde nos toca. No es algo nuevo, sino más bien olvidado.

    Conozco a muchas personas que madrugan para salir de casa todos los días, van parados en colectivo en viajes de una o dos horas, en los que ni pueden leer una revista o mirar el paisaje, aplastados entre otros trabajadores y estudiantes tempraneros como ellos. Están en el trabajo ocho horas y más, y regresan a casa en un peregrinaje casi sin colores. Llegan por la noche y siguen trabajando duro en casa, preparando cena, revisando tareas de los chicos, acondicionando todo para el día siguiente, alguna noticia y a dormir. Y de esa forma continúan su lucha.

    Las más honradas aprovechan los fines de semana para dormir una o dos horas más, arreglan cosas, hacen servicios en su iglesia, celebran la vida de los suyos, contribuyen en causas solidarias, apoyan a sus hijos en sus actividades. Otras personas escogen el camino de la alienación, desde el viernes hay como una ansiedad por evadir el trajín de la semana y el peso de las obligaciones como sea. También hay gente muy sola. Los excesos están a la mano, pero no así su reencauzamiento. Si querés, por ejemplo, practicar en serio un deporte, hacer arte, emprender un negocio o rehabilitarte de un vicio, cuesta horrores, pero si querés farra sin compromiso o despilfarro, la cosa es fácil.

    El sistema no está preparado para acoger nuestro deseo humano de felicidad, en su ancho y profundidad, con el respeto debido. En el fondo es una cuestión de autoengaño, de educación para el autoengaño. No porque así esté escrito en nuestro ADN o en nuestras raíces culturales. Al contrario. Es una traición a nuestra identidad más profunda de karai y kuñakarai, es un proceso de desintegración personal y colectiva. Un yo fragmentado, dividido interiormente, débil, es más fácil de manipular. Por eso el poder fragmenta y divide para manejarnos.

    Volver a casa es regresar a nuestro sitio en este mundo, donde vivir según nuestros valores. Hace falta. Los adultos primero y detrás de nosotros vendrán nuestros niños también.

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    Publicado por Anónimo | 21 octubre, 2016, 4:14 pm
  6. Desarme, ¡ya!

    Generalmente, los homicidios en la vía pública ocurren con armas blancas o de fuego. No se escuchan de muertes por envenenamiento, ahogamiento o golpes de puño. Entonces, no hace falta ser un Sherlock Holmes para deducir que, retiradas las armas de la calle, los asesinatos para robar disminuirán notablemente, con tendencia a desaparecer.

    Y, ¿qué se requiere para proceder a esa limpieza? Nada imposible: la promulgación urgente de una ley, meticulosamente redactada, que tipifique como delito la simple portación de armas y castigue a los infractores con severas penas pecuniarias. Los militares y policías, fuera de servicio y sin uniforme, también deberán ser incluidos en la prohibición.

    Y, ¿qué necesitaríamos para poner en práctica esa ley? Que la Policía efectúe sistemáticos cateos callejeros con detectores manuales, que costarán mucho menos que mantener instituciones inútiles como la Opaci y el Parlasur.

    Y, ¿qué más? Que la prensa, en todas sus modalidades, colabore profusamente en la difusión de la novedad penal, hasta que la máxima “portar armas es delito” sea conocida por todos los habitantes, inclusive de la escuela primaria.

    Y, ¿cómo vamos a cobrar multas a mozalbetes que salen a robar precisamente porque no tienen dinero? Pues que las paguen sus tíos, primos, abuelos y demás deudos, si quieren verlos en libertad. Estos, cuando sientan el rigor de la pena en sus bolsillos, serán los primeros en corregir a la bestia que tienen como pariente. O que trabajen para empresas del Estado, fabricando ladrillos o construyendo caminos, hasta que terminen de pagar su deuda.

    Y, ¿no sería esa una ley retrógrada atentatoria contra los derechos humanos? No, porque los derechos humanos no son aplicables a los humanoides.

    Y, mal que le pese a algunos, el primer derecho del hombre es defender su vida, y la primera obligación de la sociedad es defender la vida de sus miembros. Ella no puede andarse con remilgos y tratar con guantes de seda a sus enemigos.

    Jajopyvéke la mondahakuérandive.

    Víctor Manuel Ruiz Díaz

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    Publicado por Anónimo | 20 octubre, 2016, 5:12 am
  7. Inseguridad como política de Estado

    Por Marcos Cáceres Amarilla

    La seguidilla de robos violentos y sangrientos en áreas urbanas del país, las cuatro personas que permanecen secuestradas en manos, presuntamente, del grupo armado EPP, la actuación delictiva de agentes policiales, las denuncias contra integrantes de la Fuerza de Tarea Conjunta por atropellos y vejaciones en la zona norte del país, conforman una realidad que lleva a pensar que esta inseguridad que vivimos tal vez no sea coyuntural o casual.

    El hecho de que los organismos de seguridad no reaccionen consecuentemente puede significar que la situación es parte de una “política de Estado” con algún fin estratégico concreto o que las instituciones de la democracia están definitivamente inficionadas del virus mafioso, como algunos presagiaban, y que debemos resignarnos a convivir con él de forma permanente.

    Resulta llamativo que, con este panorama, el Poder Ejecutivo no haya salido, aunque más no sea por una cuestión efectista, a dar una respuesta contundente, con algún anuncio tranquilizador. Su ausencia no hace otra cosa que alimentar la impresión de que al equipo presidencial ahora solamente le preocupa la posibilidad de reelección que en menos de 10 días debe estudiar la Convención partidaria.

    Cuando Horacio Cartes, a poco de iniciar su carrera política, puso rumbo a la candidatura presidencial, allá por el 2010, muchos no lo tomaron muy en serio.

    Inclusive cuando se fue tornando más real, durante el 2012, dirigentes del PLRA y de partidos de izquierda consideraban que sería un rival fácil de vencer electoralmente porque sus oscuros antecedentes y sus vínculos con hechos delictivos eran garantía de que no resistiría ataques.

    Haber sido condenado y apresado por un caso de estafa, ser investigado por la DEA norteamericana por lavado de dinero del tráfico de drogas, estar vinculado por diversas investigaciones en Brasil, Colombia y México al contrabando de cigarrillos, entre otras cuestiones, no parecían los mejores antecedentes para un candidato presidencial.

    Sin embargo, nada de eso pesó finalmente. Abundaron las denuncias, sobre todo en la interna partidaria, de parte de dirigentes como Javier Zacarías Irún y Lilian Samaniego (que paradójicamente se muestran ahora como sus más leales), pero no aparecieron las pruebas contundentes esperadas.

    A eso se sumó un sugestivo silencio de los gobiernos de Brasil y de los Estados Unidos que, según todos los indicios, tenían en ese entonces la llave para cortar o dejar seguir su carrera política al “exitoso” empresario.

    Si uno juzgara por los discursos y denuncias de la campaña proselitista, a nadie puede extrañar demasiado que durante este gobierno se haya desatado una guerra abierta entre mafias en la zona fronteriza y una cacería con ejecuciones de capos del narcotráfico, parlamentarios y periodistas, además de ciudadanos que estaban “en el lugar equivocado”.

    Políticos de la oposición y el oficialismo, incluyendo a algunos que lo ayudaron a llegar al poder, ahora hablan de “parar” como sea la posibilidad de reelección, para evitar que el cartismo consolide lo instalado en estos casi cuatro años. No lo hicieron cuando podían y cuando, en contrapartida, poderes fácticos decidieron alentar esa candidatura. No parece que ahora tengan condiciones como las tuvieron entonces.

    La decisión, definitivamente, quedará en manos de la ciudadanía, un factor que muchas veces los políticos, en particular los de corte autoritario, suelen subestimar y considerar un detalle secundario.

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    Publicado por Anónimo | 20 octubre, 2016, 5:11 am
  8. Delincuentes y “polibandis” atemorizan a la población

    “Nadie está seguro en el país”, dijo no hace mucho el presidente del Congreso, Roberto Acevedo, luego de que una radioemisora suya fuera atacada en Pedro Juan Caballero, ciudad en la que cada mes se cometen, por término medio, siete homicidios. Si allí las bandas de narcotraficantes dirimen sus conflictos a balazos, ante la inoperancia policial inducida por el dinero sucio, los pobladores del área de operaciones de la banda criminal EPP saben que están expuestos a ser secuestrados o a que sus bienes sean destruidos sin que la Fuerza de Tarea Conjunta (FTC) les sirva de suficiente protección.

    La zozobra en el noreste de la Región Oriental deriva de la actuación de organizaciones delictivas bien pertrechadas, como los jefes y soldados del llamado Primer Comando Capital, del Brasil, que ya han sentado allí sus reales, en tanto que la reinante en la Gran Asunción y en Ciudad del Este es provocada, sobre todo, por bandas de jóvenes motorizados, conocidos como “motochorros”, que asaltan incluso en pleno día y en cualquier lugar. Hoy nadie se siente seguro, y cualquiera sufre una aprehensión cuando ve avanzar en su dirección una motocicleta ocupada por dos personas.

    Mientras que en la capital del Amambay hay una fuerte “sensación de inseguridad” desde hace ya largos años, el área metropolitana de Asunción y la capital de Alto Paraná han experimentado en 2016 un notable aumento de los hechos punibles, con el agregado de que los delincuentes parecen cada vez más proclives al uso de la violencia, acaso debido al consumo de drogas ilícitas. Más allá de lo que digan las estadísticas del Ministerio del Interior, que no registran todos los delitos cometidos –porque muchos de ellos son silenciados por temor a represalias o por desconfianza en la actuación policial–, lo cierto es que los pobladores de las principales zonas urbanas del país se sienten cada vez más indefensos. Muchos vecinos se agrupan para vigilar sus calles, y hasta se forman “comisiones garrote” con el propósito de hacerse “justicia por mano propia”, algo que es inadmisible en un Estado de derecho, pero que constituye el último recurso que encuentran ciertos pobladores para defenderse. El primo de un joven baleado en la puerta de su casa, en el centro de Asunción, por dos “motochorros” que le sustrajeron un teléfono móvil, habló de esa extrema posibilidad “porque la Policía y el Estado nada hacen”.

    Ocurre que la Policía Nacional, además de estar inficionada por la corrupción, está desbordada porque, entre otras cosas, solo 8.202 de sus 21.186 efectivos se ocupan de la seguridad de la ciudadanía, o sea, uno por cada 791 habitantes, siendo que la Organización de las Naciones Unidas aconseja que la relación sea de uno por cada 333. La mayoría de los funcionarios policiales –el 62%– están asignados a reparticiones tales como la Dirección Administrativa, el Hospital y la Escuela de Policía, el Departamento de Identificaciones y el de Bosques y Asuntos Ambientales, o bien integran grupos especiales para reprimir ciertos delitos, como el abigeato y la trata de personas. Además, muchos de los que están afectados a las comisarías son destinados para atender la seguridad de privilegiados funcionarios de los tres Poderes del Estado y sus familiares. Sin olvidar que numerosos efectivos fungen de guardaespaldas privados a cambio de una coima para el comisario. Resulta así que la cantidad de policías dedicados efectivamente a brindar seguridad a las personas es muy inferior a la ya de por sí insuficiente cantidad total antes referida.

    Como casos emblemáticos de la corrupción policial que afecta a dicha fuerza y que mina la moral de sus tropas para el cumplimiento de sus funciones se puede recordar el del comisario general Francisco Alvarenga, nada menos que excomandante de la institución, destituido y procesado por el delito de lesión de confianza que habría cometido en el manejo de combustibles. También está el caso del narcotraficante argentino Ibar Pérez Corradi, quien reveló haber comprado su impunidad a varios oficiales de policía, sin que la grave denuncia haya desencadenado medida moralizadora alguna en la institución. Ahora mismo otro estruendoso escándalo sacude a la Policía Nacional con el descubrimiento de que tres efectivos de la comisaría 11ª intentaron plantar droga en el automóvil de una joven empresaria. Para peor, aparentemente fue por instrucciones de un narcotraficante que buscaba vengarse de la víctima del frustrado operativo.

    Si a esos hechos tan elocuentes se suman las reiteradas denuncias sobre la cobertura que agentes policiales suelen dar a asaltantes, se desprende que la podredumbre institucional pone directamente en peligro la vida y los bienes de quienes les pagan sus sueldos. A estas alturas el “polibandi” –delincuente uniformado– ya no es ninguna figura exótica, sino una realidad bien conocida.

    Se podrá alegar que los jueces son demasiado indulgentes con los malhechores, al abusar de la concesión de medidas alternativas a la prisión, jamás controladas, y que la reinserción social de los condenados se torna muy difícil considerando el calamitoso estado del sistema penitenciario. Sin embargo, no cabe la menor duda de que la irracional distribución de los efectivos policiales y la corrupción que infecta sus filas contribuyen en muy considerable medida a la inseguridad que siente la población.

    La Policía Nacional acaba de crear un Departamento de Transparencia y Anticorrupción, que recibirá denuncias de la ciudadanía con respecto a las actuaciones de los uniformados. Es de esperar que esta nueva dependencia no sea una de las tantas oficinas inútiles, recargadas de funcionarios, que pululan en la administración pública, y que sirva efectivamente para que los policías deshonestos, de cualquier jerarquía, sean apartados y den con sus huesos en la cárcel.

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    Publicado por Anónimo | 20 octubre, 2016, 5:09 am
  9. El profundo deterioro de la Policía Nacional

    Por Susana Oviedo

    Enferma de corrupción, sin liderazgo positivo y con la credibilidad por el suelo, así está la Policía Nacional y –salvo contadas excepciones– hay que agregar la falta de profesionalismo que evidencian los miembros de esta institución.

    En estos últimos días con un solo incidente quedó patente la conducta delincuencial que se volvió normal en la Policía.

    En cualquier reunión salta ahora alguna anécdota con la Policía o conoce a alguien que se vio obligado a zanjar un apriete policial, previo pago en la mismísima comisaría.

    La incursión de las patrullas sin luces que actúan a la caza de personas saliendo de algún evento social o a la pesca de algún joven o una mujer a altas horas de la noche, es ya una práctica cotidiana. Entretanto, los motoasaltantes activan a sus anchas.

    Por eso es difícil creer que los jefes policiales no estén al tanto de los operativos o que no estén alentando ellos mismos una actuación como la que quedó registrada la semana pasada en una intervención de personal de la Comisaría 11, fuera de su jurisdicción, y que afectó a la joven empresaria Tanya Villalba. Salir a recaudar a como dé lugar no puede pasar inadvertido a los comisarios y a la propia Comandancia. Más aún, cuando generalmente las extorsiones terminan materializándose en las propias comisarías.

    En fin, llueven las historias de aprietes. Pero pocos tuvieron el coraje y la inteligencia de filmar a los policías y de afrontarlos con el coraje de esta chica. Por lo general, la gente opta por pagar y quedar bien con los policías, por aquello de “más vale tenerlos de tu lado, que en contra”.

    Si son capaces de actuar como lo han venido haciendo, es normal pensar que pueden ir mucho más lejos y hacerles la vida imposible a quienes no colaboren con ellos. Lo saben los comerciantes de las principales avenidas. La cuota para el señor comisario está en el presupuesto de cualquier comercio que quiera funcionar sin sobresaltos.

    La vocera de la Policía Nacional, comisario Elisa Ledesma, explicó la situación en una entrevista, diciendo que “si hay oferta es porque hay demanda”. Es decir, además de reconocer la existencia del hecho, justifica la falta de ética de sus compañeros policías con el endeble argumento de que estos son tentados por terceros a ser corruptos. Qué fácil. Tanya Villalba o el joven Richard Pereira, también víctima de malos policías, demuestran que no es así.

    ¿Cuánto más debe deteriorarse la Policía Nacional para que se lleve adelante un proceso sostenido y serio de depuración? Para que la podredumbre no contamine además tan fácilmente a los jóvenes que abrazan esta profesión, como ocurrió con la suboficial Petrona Ovelar, que al comienzo de su carrera ya está procesada.

    Si no se pone corte a esta descomposición de la Policía, pronto sobrarán excusas para justificar la creación de grupos parapoliciales o que la gente haga justicia por mano propia. Entonces, perderemos todos.

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    Publicado por Anónimo | 19 octubre, 2016, 5:27 am
  10. Primero deshonesto, corrupto después

    Por Lourdes Peralta

    El caso de la chica a quien se le plantó droga deja al descubierto, y no es novedad, que en la Policía Nacional los contados policías por vocación y servicio están indefectiblemente mezclados con los muchos que caen en la tentadora coima, empezando con “para la cervecita” y acabando con amenazas de fundir la vida a cualquier ciudadano. Avidez, maltrato y abuso de poder.

    Si nos ponemos a recaudar anécdotas sobre malas experiencias con la policía o qué pensamos de ella como institución, podríamos escribir varios tomos sobre el cáncer policial. Pero cuando juzgamos los casos, aunque tengamos razón, también tenemos que ver un espejo, es decir, vernos a nosotros mismos en nuestra forma de ser respecto a los demás, y me refiero al trabajo que desarrollemos.

    La honestidad es una decisión personal, muchas veces una herencia familiar que conlleva, en nuestro sistema socioeconómico, un camino nada fácil, pero tampoco imposible.

    Un mínimo acto de “picardía”, sea de quien sea (empleado o jefe, albañil o doctor), es deshonestidad y posible descomposición de la persona. Recordemos que corrupción significa podrido, y así como una manzana pudre todo un cajón, un corrupto también –y velozmente– pudre a otros.

    Vale el ejemplo de estos policías coimeros para repensar nuestra personalidad social y colectiva, el nivel de nuestra honestidad.

    La joven mujer policía lloró porque quedó comprometida en este caso vergonzoso; pero si la mentira hubiera funcionado, o sea, si la víctima se hubiera sometido, ¿qué posición hubiera tomado? Su abogado la justificó diciendo que era recién egresada y por eso la utilizaron. Aparentemente, ella no sabía del plan de sus compañeros, pero debió ser más suspicaz durante el procedimiento; se supone que eligió ser policía y que tenía una preparación sobre qué es lo correcto, por lo menos en teoría. El mero llanto cuando todo se destapó no habla bien de nadie. Es probable que ella, tras el hecho consumado y no descubierto, aunque no fuera cómplice, se hubiera callado por temor. Continuando con los supuestos, si hubiera tomado coraje para denunciar a sus compañeros o la irregularidad ante un superior, ¿qué destino habrían tenido los policías? En el gran porcentaje de los casos, queda en el oparei; por eso nos cuesta creer en esta institución y en la justicia.

    Aparte, y además del caso de los policías, nada vamos a superar mientras muchos honestos callen. Y a eso se refiere Martin Luther King cuando habla del preocupante “silencio de los buenos”.

    Decencia, exactitud, corrección, honestidad, honradez, ética; todos antónimos de corrupción, virtudes para vivirlas.

    Ninguna deshonestidad es menor, porque en algún momento empieza a nacer el ser corrupto que arruinará el bien de todos. Cierro este comentario con romanticismo, aludiendo a un pueblo que era de los más honestos, de madres que hacían devolver a sus hijos hasta un pequeño lápiz traído por equivocación de la escuela, de padres que trabajaban en la función pública porque llenaban el requisito de honradez administrativa. Así dicen que fue este país, pero la sociedad evoluciona y las leyendas quedan atrás.

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    Publicado por Anónimo | 19 octubre, 2016, 5:24 am
  11. ¿HASTA CUANDO?
    Andrés Granje
    El país atraviesa una de las horas más dramática de su historia en materia de seguridad, se puede decir que el sistema colapso y que en la eterna batalla entre el mal y el bien en la sociedad paraguaya, el mal lleva amplias ventajas, a tal punto que la inseguridad es la moneda común de nuestros días, los hechos delictivos se suceden sin que nada indique que algo pueda cambiar en corto tiempo. Se puede decir que si algo es enteramente horizontal y democrático en el país, es la inseguridad, ya que se siente en todos los niveles y clases, tanto en la clase alta como en las bajas, la sensación de peligro es igual en todos lados y en todos los sectores es cuestión de suerte nada más caer en la grosa lista de los afectados por robos domiciliarios o asaltos
    Los muertos y lesionados que quedan con secuelas, personas sin brazos, sin piernas que tardan meses, años a veces para volver a una actividad normal, en número cada vez mayor como consecuencia de los hechos de violencia generados y los peor, como dijimos, es que la policía se muestra totalmente rebasada para cambiar esta realidad o bien hacen una huelga de brazos caídos, para no castigar a los delincuentes. Esto cuando los propios policías no integran o colaboran con las bandas mafiosas. El Comandante Sotelo habla de mejorar la imagen de la policía, pero si no obtiene resultados en un corto tiempo dudamos que puedan restablecer el buen nombre de esta fuerza, que posiblemente transite en la época de menor crédito en la larga historia de su creación, lo que debe preocupar a las autoridades nacionales ya que de la confianza que le tenga la gente depende y mucho su futuro.
    Los últimos casos casi comprobados a estar por secuencia de videos, la maniobra de efectivos policiales plantando evidencias, un paquete de cocaína en el vehiculó de una joven mujer, acatando órdenes de un narcotraficante es indignante y movió a la repulsa ciudadana. Si fuera solamente su inutilidad o la falta de idoneidad para ejercer su oficio de acuerdo a las exigencias modernas del delito, pero tener que soportar también el alto grado de corrupción y de cinismo de una fuerza totalmente permeabilizada por la irregularidad, sin tomar ninguna medida al respecto es preocupante. Desde la alta esfera del poder se aplican tímidas e insuficientes disposiciones y no van al corazón del mal con lo que nunca se podrá erradicar la corrupción.
    En efecto, es la misma clase política que tiene que pedir o exigir vía juicio político remedio a esta situación de indefensión en que se encuentra la ciudadanía, el ministro del Interior el liberal Francisco De Vargas debe como mínimo presentar su renuncia ya que en tres años de gestión en nada colaboró para terminar o morigerar este clima de inseguridad permanente en que vivimos, ni siquiera en el proyecto de combate al EPP, tuvo éxito, debiendo sumar a esto, el crecimiento desmedido del crimen organizado tanto en la capital como en el interior del país. A todo esto hay que sumar la corrupción en la misma fuerza policial lo que completa un combo inaceptable e intolerable para la población paraguaya.

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    Publicado por Anónimo | 18 octubre, 2016, 2:00 pm
  12. O sea que “si hay ofertas…..”
    18 Oct 2016

    Por Antonio López

    El comisario Sergio Paredes, los suboficiales Gustavo Narváez y Arnaldo Lezcano, y la agente Petrona Ovelar, protagonizaron la semana pasada un nuevo capítulo en la ya oscura historia de la Policía Nacional. Las evidencias del irregular actuar de los mencionados uniformados ya son parte de una imagen que, en los últimos tiempos, se vienen repitiendo y no dejan de ser preocupante, puesto que pone en el tapete a una institución que debería ser una de las más transparentes y pilares del sistema democrático.

    A eso se debe sumar la desafortunada declaración de la vocera de la Policía Nacional, comisario Elisa Ledesma, quien prácticamente justificó la actuación de sus compañeros señalando que “hoy nos acusan de que somos coimeros, de que somos transadores pero, si hay oferta, es porque hay demanda.

    Si hay una coima o una transa, tiene que ser de a dos”. Es decir, si se le ofrece coima a los agentes, estos no se deben sentir culpables si lo reciben. Así entiendo esta declaración.

    Pero lamentablemente el accionar de muchos, no todos, efectivos policiales rozan con la ilegalidad y es más, ponen en peligro a una ciudadanía que ya se encuentra en peligro por el accionar de delincuentes, y que “busca” en la Policía Nacional, algo de seguridad.

    Lo ocurrido la semana pasada no es el primer caso, y hasta estoy seguro que no será el último, pero debe ser el determinante para que de una vez por todas se haga una profunda limpieza dentro de la institución.

    Estoy seguro además que “el plantar drogas” en vehículo de un ciudadano cualquiera es algo que ya ocurrió (y ocurre) anteriormente, pero “lamentablemente” para los autores de este condenable hecho, la persona que resultó víctima era una mujer conocida y con cierto peso que se animó a filmarlos y denunciarlos en forma pública. Así las cosas, la “jugada” les salió mal, no como en otros casos anteriores que les pudo “haber salido bien”.

    Hoy los uniformados están guardando reclusión, y está bien, pero el hecho no debe quedar en eso, se debe investigar profundamente, puesto que está involucrado nada menos que jefe de comisaría (el comisario Paredes), uniformado este que por su investidura debería ser quien ponga orden entre sus subalternos.

    Otro caso de “implantación de pruebas” que se dio en los últimos tiempos fue el del joven Richard Ramón Pereira, un joven que hoy se encuentra parapléjico, luego de accionar poco claro de efectivos policiales, en este caso de la comisaría Cuarta Metropolitana.

    En este hecho, los presuntos responsables fueron el comisario Jorge Ignacio Zárate Barreto y el suboficial primero Jhonie Orihuela. Estos, según la denuncia, tras una persecución vehicular intentaron poner un arma en la mano de Richard, y al negarse este, recibió un balazo en la nuca.

    Dos casos que marcan que la cosa no está bien, nada bien y que las autoridades nacionales deben poner fijamente la mira a la Policía Nacional. Dos hechos que muestran que la limpieza debe ser en forma profunda ya que de lo contrario puede agravarse y la ciudadanía definitivamente tendrá “mas miedo” de la Policía que de los malvivientes

    Hoy la Policía Nacional está desprestigiada al máximo, y hechos como lo ocurrido la semana pasada no hace más que profundizar ese desprestigio, por lo que la única salida que queda es pensar seriamente en meter mano para realizar una histórica limpieza en la institución.

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    Publicado por Anónimo | 18 octubre, 2016, 5:22 am
  13. 0
    Es imperativo poner fin a la gran corrupción en la Policía
    El escándalo provocado por el caso de la empresaria y diseñadora Tanya Villalba, quien denunció haber sido víctima de un intento de extorsión por parte de efectivos policiales de la Comisaría 11ª Metropolitana, quienes supuestamente le plantaron 315 gramos de cocaína en el interior de su automóvil, ha puesto nuevamente en relieve el alto grado de corrupción que afecta a la Policía Nacional. El hecho es sumamente grave, ya que disminuye en gran medida la credibilidad y confianza que la ciudadanía debe mantener en la principal fuerza de seguridad encargada constitucionalmente de brindar seguridad y protección. Es imperativo redoblar los esfuerzos desde el Gobierno y los demás poderes del Estado por erradicar a los delincuentes con uniforme.
    A pesar de los reiterativos discursos del comandante de la Policía Nacional, Críspulo Sotelo, y del ministro del Interior, Francisco De Vargas, en el sentido de que se están adoptando medidas para limpiar y sanear al cuerpo de seguridad, se siguen conociendo numerosas denuncias sobre casos de corrupción y delitos cometidos por efectivos policiales.
    El caso más reciente, denunciado por la joven empresaria y diseñadora de calzados Tanya Villalba, ha provocado un verdadero escándalo e indignación en la ciudadanía, debido a la gran cantidad de irregularidades evidenciadas en la actuación de los uniformados, al punto en que el oficial primero Gustavo Narváez, el suboficial segundo Arnaldo Lezcano y la suboficial ayudante Petrona Ovelar, incluyendo el propio jefe de la Comisaría 11ª Metropolitana, comisario principal Sergio Paredes Vera, acabaron siendo imputados por posesión de drogas, coacción grave, privación de libertad, simulación de un hecho punible, cohecho pasivo agravado y producción.
    Aunque el hecho aún está en plena fase de investigación, lo que se pudo revelar hasta ahora sobre este resonante caso demuestra en qué medida un ciudadano o una ciudadana están expuestos a ser víctimas de un hecho ilícito cometidos por quienes justamente deberían dedicarse a prevenirlos y a combartirlos debidamente. La manera en que la joven empresaria fue seguida, detenida y llevada hasta un callejón desolado, en una zona cuya jurisdicción ya no correspondía a su comisaría, y en donde supuestamente la incriminaron dejando un paquete con drogas dentro de su auto, revelan la impunidad con que agentes de la ley violan los procedimientos que deberían defender y hacer cumplir.
    Este caso se suma al de muchos otros denunciados de abuso policial, entre ellos el procedimiento en que otros uniformados de la Comisaría 4ª Metropolitana persiguieron al joven Richard Pereira, el pasado 13 de agosto, solo porque supuestamente lo vieron “en actitud sospechosa” y, a pesar de hallarse desarmado y no haber cometido ningún delito, le dispararon cobardemente en la nuca, dejándolo parapléjico.
    Estos hechos resultan sumamente graves, ya que reducen en gran medida la credibilidad y la confianza que la ciudadanía debería mantener en la principal fuerza de seguridad encargada constitucionalmente de brindar seguridad y protección. Si los policías actúan como delincuentes, ¿a quién recurrir para pedir ayuda? La cuestión resulta aun más preocupante cuando altos jefes policiales aparecen complicados en los hechos delictivos, demostrando que la corrupción es parte de todo un sistema dentro de la institución.
    Es imperativo redoblar los esfuerzos desde el Gobierno y desde los demás poderes del Estado por erradicar a los delincuentes con uniforme. Solo así se podrá devolver la confianza de la ciudadanía en la Policía.

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    Publicado por Anónimo | 18 octubre, 2016, 5:12 am
  14. Seguridad insegura
    16 octubre, 2016
    Por Fernanda Robles

    Las violaciones a los derechos humanos por parte de funcionarios policiales son sin duda uno de los principales problemas que debe enfrentar la democracia en nuestro país.

    Detrás de muchos uniformes existe un enorme esquema corrupto y criminal que esconde una larga lista de jóvenes muertos en comisarías, personas desaparecidas en manos de agentes policiales, terceros muertos en tiroteos innecesarios, o supuestos delincuentes que caen abatidos en dudosos enfrentamientos, millonarios robos perpetrados con la “bendición policial”, y ni que hablar de las coimas y extorsiones.

    El problema de las filas policiales no es una cuestión coyuntural ni aislada; es una práctica funcional a los sistemas policiales que se explica por deficiencias estructurales en la organización política de estas instituciones, en la formación y en el control de sus agentes.

    La trama de la violencia policial está intrínsecamente vinculada con la ineficacia de las agencias del orden, con una formación y organización deficiente, y acostumbrada a actuar más allá de la ley. La policía no está preparada para proteger a la comunidad y mucho menos para asegurar los derechos humanos.

    Es inexplicable que siendo la inseguridad ciudadana la principal preocupación del país, la formación policial no fue ni siquiera parte del debate público hasta ahora. La propia institución desconoce la complejidad del problema, argumentando descaradamente que “si hay oferta es porque hay demanda”.

    El problema de la violencia policial es el resultado de un sistema de seguridad en crisis que debe ser transformado radicalmente. Empezando por el Ministro del Interior Francisco de Vargas, que no hace más que hacer política desde su silla.

    Este problema es históricamente ignorado por los diferentes gobiernos, pero este definitivamente, ya ni siquiera tiene vergüenza. Ola de asaltos, sangrientos crímenes fronterizos, narcotráfico, cuatro secuestros simultáneos, y un grupo armado, es la agenda del Gobierno de Horacio Cartes.

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    Publicado por Anónimo | 16 octubre, 2016, 8:04 am
  15. País de la “oferta” y la “demanda”
    15 octubre, 2016
    Por Jorge Paredes

    Esta situación de inseguridad que soportamos los paraguayos es terrible. Estamos en un momento en que solo nos queda gritar ¡sálvense quien pueda! Y no es para menos. Hasta los que tienen la obligación constitucional y legal de cuidar de la seguridad de los ciudadanos se pasaron a la vereda delincuencial.

    No voy a poner a todos en una misma bolsa porque hay honrosas excepciones en las filas de la fuerza pública. Pero, unos cuantos que usan el uniforme para delinquir, muchas veces opaca la imagen de los que están al lado de la ciudadanía y bajo el manto de la legalidad.

    En la calle ya nadie está seguro. Allí, los motochorros y de otros rubros de la delincuencia acechan de día y de noche. Con solo mencionar el caso del joven funcionario del MEC, asaltado y baleado en el glúteo y cuya consecuencia resultó con la amputación de una pierna, ya pinta de cuerpo entero cómo se vive en Paraguay.

    Estamos a merced de los que viven al margen de la ley y muchos de los que tienen la responsabilidad de cuidar de la seguridad pública están metidos hasta el cuello en la delincuencia.

    ¿A quién acudir ahora si uno se encuentra ante un hecho punible? ¿Cómo estar seguro si el policía a quien se recurre no es también delincuente?.

    El caso de la diseñadora, a quien le “plantaron” droga para luego extorsionarla, es de terror. Pero más aún, cuando escuchamos de la misma vocera policial decir: “Nos acusan de coimeros a los policías, pero si hay oferta es porque hay demanda”.

    Ahora resulta que nuestra seguridad se ha vuelto un gran mercado que se rige por la “ley de la oferta y la demanda”. Es decir, a menor coima mayor extorsión habrá y viceversa.

    El caso de los uniformados denunciados como “plantadores” no creo que sea el único y tampoco terminará porque cuatro agentes involucrados en el hecho fueron imputados y deberán responder por el delito que se los acusa.

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    Publicado por Anónimo | 16 octubre, 2016, 8:03 am
  16. El interminable drama de los “polibandis”

    Nuevamente, casos de “polibandi” estremecen a nuestro país. En uno de los casos más recientes, agentes policiales de la capital extorsionaron a una joven, “plantándole” drogas en su vehículo. Afortunadamente la víctima pudo filmar la acción de los delincuentes vestidos con uniforme policial, motivo por el cual los mismos fueron rápidamente imputados y, si la justicia no dice otra cosa, serán castigados ejemplarmente. No olvidemos también aquí en Alto Paraná los reiterados casos de irregularidades en el destacamento policial N°1, en donde los uniformados también ya convirtieron en una “tradición” el arte del robo, la extorsión y el chantaje.
    Y por supuesto, a no olvidar los ataques a la sede de nuestro diario, también atribuidos por agentes policiales “molestos” por ciertas publicaciones periodísticas. Estos casos vuelven a plantear el problema de la situación actual de la Policía, los mecanismos de admisión en la institución y los niveles de formación y preparación de los agentes. Estos hechos son muestra de la degradación terminal en la que ha caído esta institución crucial para el país. Son indicadores del deterioro moral en que se debate la Policía y que es preciso revertir de la forma más enérgica posible. Además de los indeseables que se integran a la fuerza pública, con el objetivo de robar con absoluta impunidad, se suman también los depravados y desquiciados de toda laya, que encuentran refugio en la Policía y cometen sus fechorías amparados en el uniforme.
    Son también una muestra de las fallas de los mecanismos de admisión de la Policía, que entrega armas y autoridad a cualquier desequilibrado que exhiba alguna recomendación de un poderoso o que resulte medianamente útil para cualquier “encargo” o “misión especial”, asignada por sus superiores.
    Dentro de la difícil pero impostergable tarea de depurar a profundidad el cuadro policial, se debe incluir la instalación de filtros y sistemas de evaluación sicológica y siquiátrica, que deben aplicarse al aspirante y también a los agentes en servicio en forma periódica.
    En ese sentido, cabe recordar que la Cámara de Senadores aprobó en noviembre del año pasado un proyecto de ley por el cual se establece la evaluación psicológica como requisito de admisión al plantel de la Policía Nacional. “El perfil psicológico de los postulantes a miembros de la Policía debe ser meticulosamente analizado por profesionales a través de una evaluación sicológica objetiva, fijada con antelación y en caso de admisión, dicha evaluación deberá ir adjuntada al legajo personal, a fin de transparentar el proceso de selección”, detalla el proyecto.
    Ya no quedan dudas de que la Policía está tocando fondo y que es preciso pensar en soluciones drásticas y de fondo al problema de la corrupción y la impunidad en una institución que está dotada de poderoso armamento para defender a la población pero que, en un porcentaje enorme, se ha vuelto contra ella.

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    Publicado por Anónimo | 16 octubre, 2016, 8:03 am
  17. Ella no miente: cocaína
    16 Oct 2016

    Por Clari Arias

    La vapuleada Policía Nacional ha sumado otra triste historia a su foja de servicio. Tres efectivos de una comisaría de Asunción han sido acusados de “plantar” 315 gramos de cocaína a una joven empresaria zapatera.

    La labor policial hubiera pasado desapercibida en un país en donde ya no es noticia la incautación de sustancias ilícitas, debido a la situación de país en tránsito hacia los grandes mercados de la Argentina y el Brasil, pero la indiciada de traficante por los policías se resistió al operativo de una manera feroz, utilizando todas las herramientas a su alcance: las leyes, la tecnología y hasta su reputación de buena ciudadana (hasta ahora).

    Colombiana, perica, snow, la blanca, el purete, merca, falopa, polvo, María, frula, moñito. Por lo largo de este recorrer sin prisa he escuchado tantos nombres para la cocaína, como adictos hay en esta tierra. También he escuchado historias que por lejos son mejores que las películas de Hollywood (industria traumada con el tema), al punto de dudar si aquel presidente golpista era o no un narco. Mas nunca vi un trabajo policial tan burdo como el acontecido el pasado martes 11, cuando Gustavo Narváez, Arnaldo Lezcano y Petrona Ovelar –agentes de la Comisaría 11ª– interceptan el vehículo de Tanya Villalba sobre la transitada avenida Mariscal López y “encuentran” el maldito paquete blanco.

    Las primeras versiones daban cuenta de que era un operativo de rutina de estos policías, al decir del comisario Sergio Paredes, quien declaró que sus subordinados pararon a Tanya porque estaba hablando por teléfono mientras conducía, y que al momento del alto ésta se puso nerviosa por demás, por lo que el instinto policial los iluminó y les hizo pensar que algo andaba mal. En ese momento dieron con la cocaína en el asiento trasero del vehículo.

    El comisario Sergio Paredes mintió todo el tiempo, porque días después –gracias a distintas cámaras de seguridad– se comprobó que la misma patrullera que detuvo a la señorita Villalba estuvo durante largos 15 minutos en la esquina de Denis Roa y Austria, lugar exacto donde la mujer tiene una tienda de zapatos caros. Para peor, también se comprobó a través de imágenes irrefutables que el oficial Gustavo Narváez la venía siguiendo en su vehículo particular, y que subió a la patrullera sobre la avenida Mariscal López para llevar adelante los hechos ya mencionados.

    La historia se vuelve más delicada según pasan los días. Ahora, algunas fuentes de la Fiscalía cultivan sospechas sobre Tanya Villalba, porque surge una versión (cuándo no, de película) de que un traficante de mayor peso la habría delatado con los policías y que éstos, en vez de dar aviso a la Fiscalía, decidieron el vituperio contra la mujer, darle el susto de su vida y sacarle una buena suma de dinero.

    Como si ya no tuviéramos todos suficiente indignación con el caso, hay una versión mucho más arriesgada y diabólica que se suma al entramado: alguien que guarda un profundo odio hacia la empresaria zapatera pudo haber pagado a los policías para llevar adelante la audaz historia de la cocaína en el auto, ya que con 315 gramos nadie se escapa de una dura condena por narcotráfico. ¿Tendría Tanya Villalba un enemigo (o enemiga) con tanto desprecio guardado para semejante acción?

    Mientras esperamos que el Ministerio Público eche luz sobre este caso, aquí hay algo innegable, la cocaína es real. No es un cargamento al estilo Pablo Escobar o Antonio Montana, y hasta puede que un buen bife de chorizo pese más que esa bolsita que parece de harina. ¿De quién es la mercancía? ¿De dónde provino? Si es de los policías, bueno, que Dios nos ampare; si es de Tanya, bueno, que Dios la ampare. Y como dice aquella canción: “No olvides esto, no puedes regresar, cocaína, ella no miente”.

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    Publicado por Anónimo | 16 octubre, 2016, 8:00 am
  18. ¡Socorro, un policía!

    Por Luis Bareiro

    La luz del semáforo da rojo y se ve obligado a frenar. Está oscuro, no se observa a nadie. Le sudan las manos; hace calor y el aire no funciona, pero no se anima a bajar los vidrios. El tiempo parece haberse congelado; los segundos se dilatan como si fueran horas. El universo se curva a su alrededor alterando las leyes de la física. El reloj de pulsera dejó de marcar su avance acompasado e inexorable; solo el flujo de sangre agolpándose en esa vena que palpita en su frente le recuerda que sigue vivo. Eso y el miedo, el miedo a punto de convertirse en pánico.

    Su visión periférica detecta una sombra que se desprende de un árbol, un viejo lapacho que se aferra obstinadamente a la tierra rompiendo vereda y asfalto.

    Dos golpes secos en el cristal estallan como bombas de estruendo. La vena palpitante es un gong impiadoso que lo aturde. Su mano confundida no reacciona a las órdenes racionales del cerebro y un dedo irresponsable presiona torpemente el botón en la puerta. El vidrio baja lo suficiente y asoma aterrador el cañón de una beretta. El hombre acerca su rostro macilento y le habla con voz fría imitando el parlamento trillado de una teleserie.

    -Esto es un asalto… dame tu celu.

    El conductor se toma un segundo para aspirar una larga bocanada de aire y lo expulsa en un prolongado suspiro en el que parece que se le escapara el alma. Se seca las manos húmedas en el pantalón, toma el teléfono móvil y se lo pasa al hombre con una enorme sonrisa.

    -Tomá, cuate. Qué susto me diste; creí que era un policía.

    Sería un buen chiste si no fuera porque encierra una altísima cuota de realidad. Si te asalta un motochorro puede que te dispare y te mate o te hiera de gravedad, o que simplemente se lleve tu billetera o tu celular; si es un policía como algunos de los que hicieron noticia en las últimas semanas, puede que te dispare y te mate o te deje parapléjico, o puede que te plante droga y te exija dinero para no detenerte, o puede que te detenga igual y la Fiscalía te procese y la Justicia arruine tu reputación y el sistema te joda la vida con varios años tras las rejas.

    Los motochorros dan miedo, pero la posibilidad de que en la policía estén operando bandas de extorsionadores es sencillamente aterradora. Porque con ellos sí no tenés cómo defenderte. Es un golpe que nunca verás venir. Es como tener al asesino en casa.

    Escuché a varios intentar justificar esta barbaridad con la cantinela de que corrupción hay en todas partes. De ninguna manera es comparable. Estos no son corruptos del montón, estos tienen las armas y el derecho constitucional de usarlas.

    Y más vale que empecemos a hacer algo al respecto, o la próxima vez que se nos acerque un uniformado saldremos aterrados a pedir ayuda al primer delincuente que se nos acerque.

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    Publicado por Anónimo | 16 octubre, 2016, 7:44 am
  19. Cérdula

    Por Arnaldo Alegre

    El respeto no se exige, se gana. Sin ecuanimidad profesional, amor a su institución y acatamiento de las leyes, los policías jamás dejarán de ser considerados como unos simples delincuentes disfrazados.
    Es la persona la que debe honrar el uniforme que lleva, y no al revés. Ningún uniformado puede salir a exigir en nombre de un supuesto orden establecido el simple sometimiento de la población. Con temor no se construye civilidad. Sí se la consigue haciendo respetar la ley con sentido común, educación, rectitud, profesionalismo, fortaleza y don de gente.
    En el orden interno es la sociedad la que delegó en esta institución armada el uso de la fuerza para garantizar su existencia. Ellos están sometidos a la sociedad, pues sin ella no existirían. Los que entienden esta premisa en sentido contrario solo lograrán la destrucción de su institución.
    Usar la ley para delinquir genera un daño irreparable a la comunidad, pues la credibilidad que toda norma necesita para su persistencia se desvanece. Entonces da lo mismo cumplir o no cumplir una disposición. Al desaparecer estos cimientos, todo lo que sobre ellos se logró erguir cae por su propio peso.
    En la semana que pasó hubo nuevos ejemplos de que la Policía Nacional está infestada de elementos indeseables. Y no fueron casos aislados.
    Se percibe desde afuera la persistencia de roscas que trabajan con el único fin de recaudar. No solamente los delincuentes –la connivencia de los violadores de la ley con los que en teoría deben combatirlos es tan vieja como la propia historia– están en la mira de esta jauría.
    Es la población común y corriente la que se ve en peligro de caer en sus garras, en su avidez angurrienta.
    Cualquier conductor se santigua calladamente cuando ve una patrullera con un andar sospechoso detrás suyo. Reza para que todo acabe en una democrática pecheada y que no pase a mayores. En tanto, los dueños de comercio saben que deben poner la “gratuita ayuda” para no tener sorpresas desagradables.
    La institución policial tiene que reformularse desde sus cimientos. Debe aislar o eliminar a los elementos nocivos (tanto administrativos como operativos); debe dejar de someterse al poder político con patético servilismo; debe armar un plan de carrera que no necesite de padrinos internos y externos; debe basar su accionar en métodos científicos, moralidad y legalidad cabal; debe amigarse con la sociedad; debe dejar de ser una cueva de brutos prepotentes.

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    Publicado por Anónimo | 16 octubre, 2016, 7:44 am
  20. El ejemplo viene de arriba

    Por Edwin Brítez

    Con este gobierno, con esta justicia, con estos partidos políticos y finalmente con estos políticos nunca habrá solución para situaciones como la surgida en Guahory, donde la corrupción lleva a la violencia; ni la que tuvo como víctima a la joven Tanya Villalba, a quien unos policías uniformados intentaron plantarle un toco de drogas para luego chantajearla, y menos aún para casos como el que afecta al joven Richard Pereira, quien quedó parapléjico por el disparo a quemarropa de un policía “gatillo fácil” y corrupto, en complicidad y presencia de un superior.

    ¿Por qué no habría de solucionarse esto con esta gente? Sencillamente porque el ejemplo viene de arriba y la repetición de conductas viciosas se ha convertido en sistema. ¿Y en qué consiste el sistema? Es un conjunto ordenado de reglas y procedimientos que regulan el funcionamiento de un grupo o colectividad, en este caso vinculados todos ellos al poder, pero en contravención a las reglas y procedimientos institucionales, republicanos y democráticos.

    En el marco de la lógica del sistema, se forman grupos de simples asaltantes callejeros con protección policial, que a su vez cuentan con protección fiscal y estos con protección política. Grupos de “apretadores” de empresarios a quienes les resulta imposible cumplir con toda la inmensa maraña legal y fiscal. Estos funcionarios venales operan con el consentimiento de sus jefes, también funcionarios superiores que en definitiva responden a los caciques políticos que apadrinaron sus nombramientos y que en conjunto recaudan para la “corona”.

    Los contrabandistas, en sus diferentes dimensiones, “contribuyen” en pequeña escala a los “vistas” de aduanas y cercos policiales, pero los de gran escala sostienen la escalera de quienes se encuentran en la cima del poder haciendo grandes aportes puntuales y más grandes aún en épocas de campañas electorales.

    Dentro de las instituciones públicas operan los “peajeros” y coimeros ocasionales, pero los que cuidan la billetera del jefe son los recaudadores oficiales. Estas son personas conocidas por los proveedores de afuera como la mano extendida del capo, que recibe un porcentaje preestablecido en el sistema. Cuando algún díscolo pide más de la cuenta, se considera como que traiciona al sistema y se lo conoce como “tanto por ciento”.

    Existen otras numerosas formas de corrupción en el sistema público, pero el que se está volviendo peligroso para la sociedad es la mezcla de corrupción y violencia, donde cumplen un rol fundamental las fuerzas públicas, personas uniformadas y armadas para proteger a las familias y sus bienes además de la institucionalidad democrática, pero que con el proceder actual hacen todo lo contrario.

    Redes de narcotraficantes que operan con protección policial y consentimiento político y judicial, zonas geográficas del país controladas por terroristas, narcos y secuestradores, a pesar de la reforzada presencia conjunta de policías y militares.

    A todo esto se suma la “genial idea” policial de plantar “pruebas” en movimiento para chantajear a las víctimas. Esta, felizmente tuvo la astucia de grabar el procedimiento, con lo cual se movió la estantería.

    De esta estantería solo caerán las mercancías de poco valor porque los verdaderos soportes del sistema, ni siquiera serán alcanzados por la investigación y menos por la sanción. Es necesario desmantelar el sistema y para eso no sirve la justicia, sirve el compromiso ciudadano de buscar un proyecto viable y votar en consecuencia por las personas y organizaciones capaces de ofrecer algo nuevo, confiable y útil para la sociedad. Con los de siempre, todo seguirá como siempre.

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    Publicado por Anónimo | 16 octubre, 2016, 7:31 am
  21. Asociación policial ilícita para delinquir
    Por Andrés Colmán Gutiérrez –

    Esta vez les salió mal. Se equivocaron de víctima. No esperaban que la mujer a la que habían elegido al azar fuese una conocida diseñadora de calzados, dispuesta a no dejarse amedrentar ni a extorsionar, enfrentando decididamente a una de las tantas bandas con uniforme y placa policial, con las únicas armas que tenía a mano: su coraje cívico y la filmadora de su teléfono celular.
    Los tres policías, dos hombres y una mujer, que probablemente nunca compran zapatos de marca ni se fijan en las columnas de sociales, no esperaban que la mujer a la que detuvieron y le plantaron 315 gramos de cocaína, obligándole a pasar toda una noche en la comisaría, hallaría tanto eco en los medios de prensa y en las redes sociales en internet, algo que casi nunca sucede cuando cometen abusos contra tanta gente humilde en cualquier comisaría del país.
    Los vecinos cuentan que el “golpe” que los efectivos policiales de la Comisaría 11ª Metropolitana intentaron aplicar contra Tanya Villalba es algo habitual: la camioneta patrullera estacionada cerca del viaducto de Mariscal López a la caza de incautos, la detención arbitraria de vehículos para un supuesto “control”, la búsqueda de “algo irregular” que les permita generar temor en el ciudadano o la ciudadana retenidos, luego conducirlos a algún desolado callejón en donde someterlos a una revisión totalmente ilegal, hasta generar una situación de chantaje en que la entrega de una suma de dinero es el único modo de ser liberados.
    Ocurre con frecuencia en gran parte del territorio nacional. Quienes ingresan a hacerse policías ya saben que percibirán un bajo salario pero tendrán la oportunidad de acceder a muchos “extras”: vender “protección”, cobrar por servicios de vigilancia privada a comercios y residencias, liberar territorios para que se cometan robos y asaltos a cambio de una parte del botín, cerrar los ojos ante operaciones de tráfico ilegal en zonas fronterizas.
    Hay quienes reclaman que los medios hagan tanto ruido con el caso de Tanya Villalba, pero no lo hacen con los muchos campesinos, trabajadores e indígenas que sufren los abusos de los policías corruptos y de gatillo fácil. Tienen toda la razón, pero no es culpa de Tanya. Ella es tan digna de solidaridad como cualquier otra víctima, y si su caso sirve para exponer y desbaratar al menos parte de esa asociación policial ilícita para delinquir, es un paso importante. Pero no vayamos a creer que esta es solo la historia de tres policías y un comisario que se desviaron de su vocación de “proteger y servir”, sino que son parte de todo un sistema que está viciado y corrompido hasta la médula.

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    Publicado por Anónimo | 15 octubre, 2016, 6:27 am
  22. “La culpa no tiene el chancho”
    Fernanda Chamorro
    Cuando viajamos en colectivo, acostumbramos a ver desfilar ante nosotros una diversa agrupación de vendedores ambulantes. Este no era el caso del bus en el que viajé en la siesta de hoy, donde el silencio y la calma reinaban.
    Me senté en el primer asiento detrás del chofer, bajo la creencia de que el fondo de todo bus convencional es sinónimo de inseguridad. Pronto me dispuse a leer un libro y me aislé aún más al poner los auriculares en mis oídos como de costumbre. Unas cuadras más adelante, un golpe seco en el piso del bus y el descenso en modo flash de un vendedor, me sacó de la total concentración en la que me sumergió el libro que tenía en mis manos.
    Una joven que vestía uniforme de algún colegio, se levantó del asiento que se encontraba dos lugares detrás de mí, con la cara pálida y en total estado de shock. El que se había prácticamente tirado del colectivo en movimiento, era un joven vendedor de rocklets, que de un manotazo había tirado al suelo el teléfono de la joven (aparato que había caído tan solo unos centímetros en frente mío).
    Los pocos pasajeros del transporte se levantaron y vieron alejarse al muchacho por el gran vidrio transparente de la parte trasera, a medida que el chofer, como haciendo más dramático todo, se alejaba lentamente… Tal como la justicia y la seguridad se aleja de las calles.
    Pero lo peor no acaba ahí, sino en el hecho de que unos minutos después al enterarse el chofer exactamente de lo ocurrido no se le ocurre mejor opinión que dar a su “público” mayoritariamente femenino. “Para eso luego sacan sus teléfonos en el colectivo. Eso es típico de las mujeres. Se suben y se ponen a jugar con eso” y como si no fuera suficiente, remataba diciendo: “Ahí está, para que aprendas y aprendan todas que cuando se suben al colectivo tienen que cuidar sus cosas”.
    Como si fuera que uno no es lo suficientemente libre como para hacer y utilizar lo que sea de su propiedad privada en la vía pública o en donde lo necesite o simple y llanamente, lo quiera usar. Como si estar seguro en los colectivos no fuera un derecho y como si la obligación del otro no es mantenerse sin cometer delitos. Y por encima de todo esto, como si fuera que sólo las mujeres sacan sus teléfonos celulares en los buses.
    El problema en ese último punto, yace en que los vendedores-asaltantes, en su gran mayoría no se atreven a robar a un hombre, como se acostumbra con una mujer, porque seguimos siendo vistas como el sexo débil, fácil de avasallar hasta en sus derechos más elementales.

    Como si la culpa no la tuviera el chancho sino el que le da de comer; aquel que le ofrece en la cara sus pertenencias, para que el chancho-asaltante se las lleve porque es su debilidad cometer delitos.

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    Publicado por Anónimo | 14 octubre, 2016, 2:12 pm
  23. Policía degradada
    14 octubre, 2016

    Cuatro policías del Departamento de Investigación de Delitos del Alto Paraná habrían participado supuestamente de una extorsión ayer en la ciudad de Encarnación. Hace unos días nada más nuestro diario publicaba la denuncia de una extorsión perpetrada en el Destacamento 1, del Km 7 Acaray donde unos jóvenes fueron extorsionados con un pedido de 10 mil dólares para ser liberados, dado que spuestamente tenían en su poder una motocicleta robada.
    Ayer nada más se daba a conocer también en la capital del país, la grave denuncia de una joven, de que supuestamente unos policías le plantaron drogas en su vehículo. Todo esto pasa cuando, apenas la sociedad terminaba de sorprenderse del caso de un joven que había sido baleado por un suboficial y a cuya consecuencia quedó parapléjico. En dicha ocasión también se plantó drogas en el vehículo del joven.
    De un tiempo a esta parte la institución policial se vio sacudida por graves denuncias de corrupción y de participación de sus efectivos en hechos delictivos. En nuestra región es una norma que los policías vienen solamente para recaudar, poniéndose al servicio de las organizaciones delictivas. Durante muchos años, los policías, con anuencia de los mismos jefes montaban guardia en los alrededores de la casa de conocidos traficantes de drogas.
    El caso del delincuente internacional Ivar Pérez Corradi fue una de las más graves acusaciones de protección policial para un buscado por la justicia. Pérez Corradi describió con lujo de detalles cómo opera el aparato extorsivo de la Policía del Alto Paraná, con participación de todos los jefes. A pesar de estas graves denuncias, la mayoría de los que estuvieron involucrados en aquel caso continúan dentro del cuadro policial.
    Gracias a la presión ciudadana, el pasado 23 de setiembre se rechazó un proyecto de Ley que pretendía dar atribuciones especiales a la policía para realizar detenciones sin orden judicial y de forma preventiva. Afortunadamente, los legisladores en este caso escucharon la inquietud generalizada de la ciudadanía y evitaron poner una poderosa arma en manos de una policía absolutamente corrupta, ineficiente y degradada. Es innegable que siempre existen los policías honestos que todavía honran el uniforme, pero los hechos demuestran que la policía nacional necesita una profunda depuración de todos sus cuadros. Lamentablemente esto no podrá darse, porque los mismos jefes están involucrados en el engranaje de la corrupción y lo que es peor y aún más grave es que desde el gobierno central no existe interés, porque en las actuales condiciones la policía es funcional a los intereses políticos. Nuestra sociedad está alimentando un monstruo, que más temprano que tarde terminará devorando a quienes tiene que cuidar y proteger.

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    Publicado por Anónimo | 14 octubre, 2016, 1:39 pm
  24. ¿Y dónde está el piloto?
    14 octubre, 2016
    Por Sergio Etcheverry

    Mis conocimientos de cine, como de casi todo, son bastante limitados y mis gustos bastante cuestionables. Me gusta la imaginación, el pensar mundos imposibles, cosas que difícilmente se den.

    Me encanta, por ejemplo, el mundo de Mad Max, cuando los “malos” se subían a un camión para intentar llegar a la cabina y apoderarse del vehículo (esta semana, en el cruce Ypané- Villeta, cinco delincuentes se subieron a la caja de un camión y el conductor aceleró para deshacerse de ellos, volcando en el intento y casi aplastando a un taxi en el que iba una familia… casualidad).

    O el personaje de Charles Bronson, el vengador anónimo que toma justicia por mano propia (bueno… quizás acá ya tengamos algo parecido). O la ultraviolenta Naranja Mecánica, donde un grupo de jóvenes se dedican a la violencia por la violencia en sí (como la tierna pandilla de chicos “bien” que se dedicaba a garrotear gente).

    O esas del oeste, donde hablan tus armas y sos vos o el otro (muy, muy parecido al caso del militar que mató a quien lo asaltó en Luque). (No se me viene a la cabeza ninguna película que relate un caso similar al del pobre chico al que le dieron un balazo y terminó con la pierna amputada… ¿habrá alguna película tan indignante y perversa?).

    Y después están las series de TV, como Escobar, donde… bueno, ya saben dónde y cómo es eso. De secuestrados y hasta de asaltantes que matan embarazadas, tenemos casos. (Nos falta un Serpico, ese policía que denunciaba a sus propios colegas corruptos, sin importar las consecuencias… probablemente le hayan dado la baja).

    ¿Saben qué? Estos de Hollywood no saben nada, acá vivimos todos los días cosas más imaginativas… leeré los diarios y tendré mejores guiones. (Y no menciono la ciencia ficción: las personas que trabajan en dos lugares al mismo tiempo o más horas de las que tiene el día).

    Y antes de terminar, me gustaría preguntarles: ¿y dónde está el piloto? (cambien “piloto” por “ministro”).

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    Publicado por Anónimo | 14 octubre, 2016, 1:38 pm

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Gracias jakarupa rireguánte.8/12/16

Dejó sin pierna a motociclista y ahora suspenden el proceso

En este país, la Justicia solo trabaja medio día y a veces, ni trabaja.
Moraleja: Si tenés guita no hay problema chera'a. Kore qué injusto!
Justicia paraguaya... Paga 6 millones como "pena" por dejar sin piernas a una persona y casi dejarlo sin vida. Por algo somos la tercer peor justicia del mundo.
Un borracho platudo choca con su autazo a un humilde trabajador, a quien se le amputa su pierna y solo tiene que pagarle 6.000.000 de guaraníes, en cuotitas. Manejas alcoholizado y... Conductor pagará G. 500.000 mensuales tras choque que dejó sin pierna a guardia. Independientemente que haya habido ya un acuerdo con la víctima, qué suaves (¿?) son los castigos para conductores alcoholizados. Después dicen que el dinero no trae la felicidad.

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Banquina llena de botellas plásticas y otros desperdicios arrojados por peregrinantes. Triste realidad! La fe mueve montañas, los peregrinos... Basura #lamentable

La ambición por el poder da amnesia ... 10 años después este es el "nuevo rumbo" de Lugo, los tiempos cambian y los intereses también, jamas los politicos mantienen su palabra empeñada, sencillamente nadie resiste un archivo! Peligro para el país, sólito se está haciendo su tumba, vergüenza me da esta clase de políticos.

En San Lorenzo el cretinismo toma forma de micro que se adelanta en doble línea en pleno cruce... Consuelo: peores cosas hacen con sus chatarras todos los días

Es el primer día del pesebre y el camello ya está harto de todo. (?)

Se le armo el scrache social al borracho Alvarenga. Alto representante legislativo, "de pedo" no mató a nadie. Ndo jerai gueteri, hesa pili'upapeve omoco el guai... por eso que hasta el árbol vio que se le puso en el camino (?) Que imprudente el árbol, imputenlo por exposición al peligro, seguro era un árbol peregrinando! Lo que es la naturaleza, hasta un árbol salió huyendo de un posible accidente. Ha koa la ñande legislador, los primeros en respetarlas las quebrantan... lamentable. Cada idiota que tenemos en el país. Un criminal de raza y harto-peligroso el Diputadete éste, igual a todos los de su camarilla de farsantes y estafadores. Con "chapa cambiable"? En un país serio, estaría preso y sin permiso para conducir de por vida o presentando su renuncia a la Cámara Baja. Es un asesino potencial. Burro, borracho y cobarde. Hombre escombro.

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