El Lector

El viernes la librería y editorial “El Lector” cumplió 45 años. La empresa es el resultado de un milagro. El milagro que se desprende de la tenacidad, la fe, el trabajo sin pausas. Es un quiosco callejero convertido en uno de los más importantes centros culturales del país. Su inspirador y sostenedor, Pablo Burián, es el ejemplo de que cuando se persigue un sueño con perseverancia es posible alcanzarlo. En esta persecución muchas veces el perseguido ha sido Burián, no por un sueño, sino por los acreedores que suelen tener la mala costumbre de no dejar soñar a nadie.
“El Lector” me ha parecido, por mucho tiempo, como una montaña rusa: de lo más alto se viene abajo. Vuelto a subir, vuelto a bajar. Y Pablo, tozudamente, reiniciando el ascenso hasta la próxima caída. No le fue fácil dejar el quiosco callejero para llegar a construir un centro cultural en un sitio que es hoy de lo más caro de la ciudad. Cuando compró el terreno era imposible pensar que alguna vez sería un lujo tenerlo.

Por las muchas tareas que había realizado antes para llevarse un bocado a la boca, llama la atención que Pablo aterrizara en el negocio de la venta de revistas. Pero más aún que se fuera hacia los libros. ¿Libros en un país donde se lee poco o nada? ¿No era como levantar una heladería para esquimales? ¿Ganar dinero con la venta de arena en el desierto? Pero sí, de la revista pasó a los libros. Y creció el negocio, tanto que creó una editorial. Y no para editar cualquier libro. Algunas de las mejores muestras de la literatura paraguaya tienen el sello de El Lector.

¿Qué hizo que el kiosquero, “en situación de calle”, se convirtiera en importante empresario, en animador de actividades culturales, en el anfitrión de celebrados escritores internacionales? Detrás de estos éxitos –desde luego sacrificados– está su remota sangre armenia.

Nos cuenta el celebrado periodista polaco Ryszard Kapuscinski en “El Imperio”, que los armenios sufrían, a partir de los primeros siglos de nuestra era, frecuentes invasiones por parte de los ejércitos persas, mongoles, árabes o turcos. La conciencia armenia –nos dice– siempre ha estado acompañada por la amenaza de la aniquilación. Y de ahí la necesidad imperiosa de sobrevivir. La necesidad de salvar el mundo propio. Como no pueden salvarlo con la espada, que al menos sobreviva en la memoria. Así nace este fenómeno único en la cultura universal que es el libro armenio.

Ya en el siglo VI tienen traducido todo Aristóteles. En el X, a la mayoría de los filósofos griegos y romanos, y cientos de títulos de la literatura antigua. Traducían todo lo que tenían al alcance de la mano. Muchas obras de la literatura antigua se han salvado para la cultura universal solo gracias a que se habían conservado en las traducciones armenias.

Para concretar esta hazaña, los armenios se encerraban en el scriptorium que puede ser una celda, una choza de barro, una cueva en la roca. En medio de tal scriptorium hay un atril, y tras él, de pie, un copista escribiendo.

El ejemplo armenio es el de todos los pueblos, de todos los tiempos, que quieren sobrevivir. Si no existiesen los libros la memoria no tendría dónde fijarse.

La anécdota armenia nos enseña, una vez más, para qué sirven los libros. No solo divulgan conocimientos, moldean la identidad de las personas y de los pueblos. Los hace inmortales.

Se entiende, entonces, que Pablo Burián, por esas cosas del llamado de la sangre, se diera íntegro a la tarea de hacer posible que los escritores paraguayos dejen su valioso legado a un país que no siempre sabe corresponderles.

Junto con El Lector otras editoriales como Servi Libro, Internacional, Arandurã, siguen en la esforzada labor de ofrecernos las muestras de nuestra mejor literatura. Sin esas y otras editoriales tal vez duerman en el olvido algunas de esas inapreciables expresiones. En este punto no es posible omitir el nombre de Juan Bautista Rivarola Matto. Al frente de NAPA sacó a la luz una rica literatura nacional que estaba enterrada injustamente.

En el haber de El Lector se cuenta una rica colección de narrativas, ensayos, poesías, historia, etc., de autores nacionales y universales de una inmensa utilidad sobre todo para los estudiantes.

Con “Paraguay Lee”, una estupenda iniciativa que no encuentra el apoyo suficiente, Pablo insiste en que tengamos un país de lectores como la mejor vía para llegar al ansiado desarrollo también económico.

Por Alcibiades González Delvalle

http://www.abc.com.py/edicion-impresa/opinion/el-lector-1517480.html

 

 

 

 

 

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Un comentario en “El Lector”

  1. Cultura oral

    Por Rafael Montiel

    En este siglo XXI nos metemos en el vértigo en el cambio al instante, en el atolladero, ruido y en la tecnología que cada vez nos aleja y nos mantiene aislado como un ser individual, en vez del ser social. El dinamismo actual, lo cotidiano que exige esfuerzo infrahumano, echa por tierra la teoría del filosofo René Descartes: “Pienso, luego existo”.

    Ya no hay tiempo para pensar y menos aún para reflexionar a fin de enmendar los errores.

    A esto se suma el auge de las radios que nunca perdieron terreno en materia de comunicación. El problema es cuando no se cumple el proceso de la comunicación; es decir, la relación que debe existir entre el emisor que utiliza el canal para enviar el mensaje en base a las normas o código de ética y el receptor que debe responder para que haya respuestas o feet back. Todo dentro de un contexto ambiental, sicológico, social y humano que condiciona la comunicación.

    Los medios desempeñan un rol importante en la sociedad, aunque la mayoría de las emisoras que están en manos de políticos partidarios utilizan las radios para la propaganda y menoscabar al ocasional adversario. Este problema se agudiza en épocas electorales por las diatribas, acusaciones y violencia verbal que más bien destruye, fanatiza y al final divide a la comunidad.

    Sin embargo, el problema más grave es la cultura oral y que ahora se promociona con énfasis. La gente cree en lo que escucha; es una idiosincrasia nuestra que impide la capacidad de criterio para emitir un juicio crítico o una opinión responsable, tan necesaria para corregir errores.

    Nuestra cultura oral es de antaño y tiene sus raíces muy profundas. Esta costumbre es utilizada por el poder político, con fines electorales y partidarios. No informa ni coadyuva con la educación.

    Pese a la cultura oral y lo vertiginoso, que no es igual a dinamismo, no debemos perder la capacidad de discernir el bien del mal, desarrollar criterios de opinión, en base a la lectura y la información.

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