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HA… CHE RETÃ PARAGUAY ✓

Un líder motivacional en el Jardín de la Cerveza

Una de las sorpresas que dio Horacio Cartes al asumir la presidencia en 2013 fue nombrar ministra de Cultura a la arquitecta Mabel Causarano, figura emblemática de la resistencia cultural contra la dictadura, más vinculada al progresismo intelectual de izquierda que al Partido Colorado retornando al poder.

La decisión resultó aun más polémica tras la peculiar visión de la cultura que Cartes dio en un programa radial, al admitir que ansiaba recuperar los espectáculos del restaurante el Jardín de la Cerveza, con shows turísticos de música folclórica y mujeres de typoi, danzando con botellas.

En ese contexto, recurrir a una intelectual respetada del mundo cultural se interpretó como una hábil maniobra de márketing para contrarrestar burlas y críticas. Cartes intentaba dar la idea de un gabinete “selección nacional”.

El nombramiento de Mabel causó reacciones dispares en la comunidad cultural, generalmente crítica a todo gobierno colorado. Muchos cuestionaron qué hacía allí la Causarano, blanqueando con su prestigio a un gobierno de derecha. Otros decían preferir que esté ella en el cargo, antes que un seccionalero.

En tres años y poco más de gestión, Causarano resistió fuertes embates no solo de políticos colorados que le reprochaban “cerrar puertas a los correligionarios”, sino de sus propios aliados del ámbito cultural, que le recriminaban por no ser más revolucionaria en su gestión, olvidando quizás a qué gobierno respondía.

Esta semana, sorpresivamente, Cartes decidió echarla del cargo, sin explicar razones ni agradecer su trabajo. Hay varias versiones sobre la destitución, desde haber dado apoyo institucional a una película sobre narcotráfico, autorizar el uso de una dependencia pública para un acto político de la disidencia colorada, como su escasa colaboración a las celebraciones del sesquicentenario de la Guerra de la Triple Alianza, sin olvidar acusaciones sobre gastos excesivos para una gestión que exhibe pobres resultados para el márketing.

Más allá de las verdaderas razones, la destitución de Causarano borra gran parte de la amplitud que Cartes quería mostrar. Además, se da en un momento en que desde Mburuvicha Róga y la ANR se ha declarado una especie de “guerra sucia” contra los sectores críticos, incluyendo acusaciones sin pruebas, espionaje a periodistas, persecución y despidos por pensar distinto.

La designación de Fernando Griffith, fundador del proyecto Paraguay Poderoso, como el nuevo ministro de Cultura, refleja el perfil que Cartes le quiere dar a lo que resta de su gobierno. Contratar al asesor de la Fundación John Maxwell en Paraguay sería una acertada decisión para una tarea de reactivación empresarial, pero en el plano político profundiza la brecha entre el Gobierno y los hacedores de cultura. Aunque probablemente esa era la idea inicial que tuvo que esperar tres años: poner a un líder motivacional en el Jardín de la Cerveza.

Por Andrés Colmán Gutiérrez

http://www.ultimahora.com/un-lider-motivacional-el-jardin-la-cerveza-n1022900.html

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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5 comentarios en “Un líder motivacional en el Jardín de la Cerveza

  1. El cartismo cultural

    Por José Duarte Penayo y Juan Dodyk

    Sobre el imaginario del culto al mérito, el uso ideológico de las neurociencias como mecanismo de legitimación política y las «moléculas del éxito»

    No importa la variedad de los actores, los conflictos y las disputas históricas ligados a un territorio mientras en la indistinción homogénea de una comunidad supuesta como lingüística, cultural y geográficamente uniforme se disuelva todo lo diferente. / ABC ColorAMPLIAR «En el mundo las cosas son como son y todo sucede como sucede: no hay en él ningún valor…» Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico- Philosophicus (1921), prop. 6.41. /

    CARTISMO CULTURAL
    Presentado oficialmente como «prestigioso conferencista e historiador», el bioquímico Fernando Griffith fue designado el pasado viernes 9 de septiembre como nuevo secretario de Cultura. Dueño de la fundación Paraguay Poderoso y asesor local en liderazgo de la fundación de Jonh Maxwell (gurú estrella del gobierno en la «capacitación» de la burocracia estatal a partir de una mezcla de autoayuda y espiritualidad pseudoevangélica), el nuevo funcionario asume sus funciones con un claro propósito: «recuperar la identidad de nación grande y próspera que tenía en el siglo XIX y volver a ser ejemplo para todo el mundo» (http://www.ip.gov.py/ip/?p=117102).

    Sin pretender aventurar el futuro de su gestión como funcionario de Estado, en lo que sigue proponemos un análisis de algunos elementos de su particular visión del mundo, signada por un abanico de ideas que van desde el uso ideológico de las neurociencias, pasando por una interpretación de la supuesta supremacía cultural guaraní, hasta una lectura política no menos clara de la realidad social paraguaya.

    REDUCCIONISMO BIOLOGICISTA Y CONFLICTO SOCIAL COMO ENFERMEDAD: GRIFFITH Y EL NEUROCARTISMO MOTIVACIONAL

    Griffith vende, a través de su fundación y en los contratos que arranca al Estado, la idea de que es posible «reconstruir» el Paraguay cambiando las actitudes individuales de sus ciudadanos, dejando aflorar la «cultura guaraní» latente pero reprimida por el «fracaso». Hay tres elementos en la estructura argumental de su discurso que merecen ser destacados: la apelación ubicua a pseudosaberes disfrazados de ciencia como justificación última de sus juicios éticos y políticos; la idea de que fenómenos sociales complejos como la pobreza y la corrupción son síntomas de una enfermedad de la que los individuos deben curarse; y un optimismo ingenuo o perverso, según el cual los resultados positivos del modelo agroexportador redundan, aunque sea simbólicamente, en beneficios para todos.

    En sus vídeos, el ministro de Cultura usa la biología y la neurociencia para avanzar su posición ideológica, como si la sola mención de dichas ciencias fuera legitimación suficiente. Así, habla de las «raíces biológicas» de los paraguayos, de las «tres moléculas del éxito» y de la necesidad de la expresión artística en el ser humano como «parte de su biología». Estas glosas, a pesar de carecer de sustancia y de un mínimo rigor científico, no cumplen un rol meramente decorativo; no son solo un recurso argumentativo burdo. Griffith cree y sostiene una versión rústica pero extrema del reduccionismo biológico: dice en uno de sus vídeos que «todo lo social: la historia, la sociología, la psicología, todo eso, son simplemente actos biológicos, son manifestaciones biológicas del ser humano».

    Más allá de las críticas que merece ese pensamiento, y del peligro autoritario que encierra en tanto negación de la disputa política democrática, el reduccionismo tiene un corolario que es pertinente destacar. Griffith, al sostener que lo social es un fenómeno biológico, es decir, que responde a «leyes naturales» (se sustenta en mecanismos pre-políticos o pre-estatales de autorregulación), no hace otra cosa que reproducir una forma de naturalismo social. Ese sistema de pensamiento, cuyo origen data del siglo XIX pero perdura en la teoría económica del siglo XX, es, según Karl Polanyi, el sustrato ideológico del fundamentalismo de mercado, propugnado por las derechas latinoamericanas. Hay entonces ahí un punto de sintonía entre el liberalismo económico privatizador de Cartes y lo que a primera vista no parece más que un exceso de atribuciones del bioquímico devenido historiador Griffith: la invocación espuria de la ciencia usada una vez más como mecanismo de legitimación de la derecha.

    Ese exceso se pone de manifiesto también cuando expone, en uno de sus vídeos, las características de las personas que fracasan y lo hace, según dice, «usando las neurociencias como base». Explica que la pobreza y la quiebra de una empresa son fracasos, y que estos ocurren si las personas no reconocen sus errores y sus responsabilidades, si se quejan y si se victimizan. Lo que podría ser consecuencia de políticas económicas contractivas o regresivas es reducido a un problema de quien sale perdiendo, único responsable; la protesta, se afirma, solo profundizaría su fracaso. En otro lado, Griffith afirma que el mal que aqueja a los paraguayos es una enfermedad –el desorden– cuyo agente causal es un desbalance entre hormonas (cortisol y oxitocina). Entre sus consecuencias señala la corrupción y la pobreza; por el contrario, un rasgo que destaca en los paraguayos del siglo XIX –previos a la enfermedad– es la obediencia. El desorden y, antes, el conflicto, son tratados como enfermedad; ser obedientes y aceptar lo que nos toca es salud.

    La sola mención de la neurociencia (porque no se hace referencia a ningún estudio concreto que respalde las afirmaciones) pretende servir, con esto, de clausura a un debate que atañe al rol del individuo en la sociedad y lo que se debe tomar como justo por sus miembros. Este desatino excede a Griffith: circulan discursos moralizantes de neurocientíficos y sus divulgadores (algunos, incluso, con credenciales académicas legítimas) que intervienen en discusiones sobre lo colectivo desde una perspectiva que se pretende iluminada. Tampoco termina en Griffith la vinculación entre neurociencia y gobiernos de (centro-)derecha: hace poco, el neurólogo Facundo Manes fue incorporado al gobierno del Pro argentino.

    Otro elemento del pensamiento de Griffith es su optimismo nacionalista. El Paraguay, según dice, es un país «en reconstrucción»: promoviendo la cultura guaraní y curando la «enfermedad» del desorden, el Paraguay volvería a ser el país con un alto nivel de desarrollo (para los estándares de la época) que fue en el siglo XIX, antes de la Guerra Grande. No hacen falta políticas de desarrollo, no hace falta reestructurar la matriz productiva, y el cambio abismal en los factores externos (las cadenas globales de valor, el movimiento libre de capitales) no juega ningún papel en la narrativa motivacional del nuevo ministro. Este optimismo ingenuo y alegre tiene sin embargo un costado perverso. Griffith llama a reconocer el progreso nacional, ese proceso de reconstrucción que milita, en indicadores como la cantidad de toneladas de soja o de carne exportadas. Cuestionar la renta extraordinaria que extrae el capital de esos negocios sería, según esta lógica, ir en contra del éxito de la nación.

    LA SUPREMACÍA DE LA CULTURA GUARANÍ

    En otro de sus vídeos (Paraguayos), Griffith sostiene la tesis de que el pueblo paraguayo es multirracial pero unicultural. Refuerza su idea afirmando que «no hay rastros de otras culturas en la identidad guaraní», pero sí rasgos «genéticos» de varias «razas» (sic). De este modo, la precariedad intelectual del ministro de Cultura se hace patente cuando confunde, de manera tragicómica, estereotipos culturales con supuestas características naturales de otros pueblos (los paraguayos tenemos «la determinación y el carácter de los vascos», «la capacidad de trabajar de los catalanes», «el orden y el ingenio alemán», «el amor por el arte, el estilo y el diseño de los italianos», «la capacidad de comerciar de los libaneses», etcétera).

    Lo que en principio se negaba, es decir, la presencia de otras culturas en el «ser nacional», reaparece como cualidades tomadas en préstamo por medio de algún misterioso mecanismo no explicitado. Sin embargo, una correcta atención al «pensamiento» de Griffith esclarece la aparente incoherencia de su discurso: las cualidades incorporadas de otros pueblos no son en realidad cualidades culturales, sino sustratos genéticos. No se subsumen, «hegelianamente», determinaciones del espíritu, sino bancos genéticos provistos de «potencialidades actitudinales». Así, para el encargado de las políticas culturales del Paraguay, la cultura no existe como tal: es un epifenómeno de determinaciones biológicas. No hace mención a una historia, ni mucho menos da cuenta de procesos de construcción colectiva. Lejos de responder a una dinámica de apropiaciones y reapropiaciones que involucre la memoria, el conflicto y la participación de las instituciones, para Griffith la cultura es algo que está ahí desde siempre, un hecho natural al que hay que dejar fluir. Como al libre mercado, no deben ponerse trabas a la grandeza de nuestro acervo cultural; a lo sumo, presentarlo, tal cual es, en los prestigiosos ciclos de conferencias y demás aquelarres que suelen reunir a nuestra impresentable intelligentsia local.

    Esta apelación biologicista a lo «natural», a «lo genético» y a la «raza humana» –categoría en desuso por lo menos desde mediados del siglo XX– como sustrato de la identidad, puede sugerir alguna adhesión al discurso nazi. Sin embargo, creemos que el núcleo de su discurso es otro: un supremacismo guaraní de connotaciones mágicas, por momentos delirante, por momentos enigmático (nunca se ha traducido en un éxito expansionista), pero que en todo caso se conjuga perfectamente con el imaginario liberal del individualismo y el culto al mérito.

    Es en este sentido que debe entenderse la tesis implícita del secretario de Cultura de que la «cultura guaraní» puede ser considerada como superior a la «raza aria» puesto que la primera no necesita holocaustos para aplastar y disolver al resto. Es tan superior que no le hace asco a la «mezcla». En los términos de Roberto Esposito, ni siquiera necesita de «dispositivos inmunitarios» para conservar su pureza genotípica y fenotípica, y eso porque no existe en el universo «cuerpo extraño» capaz de amenazarla. Por el contrario: el ser de lo extraño se encuentra consigo mismo cuando ingresa a la unidad cultural guaraní. La «cultura guaraní» es, así, inalterable e in-degenerable. Es una fuerza vital que, apenas entra en contacto con otras «razas», las disuelve en su particularidad, alimentándose de ellas sin ningún riesgo de contaminación.

    De cualquier modo, siguiendo el hilo argumental de Griffith, podemos entender que el supremacismo guaraní constituye una suerte de «nazismo superior y renovado», sin miedo a la mezcla, sin necesidad del gueto, casi universal pero siempre bajo la lógica de la incorporación y disolución del otro, de la destrucción de su particularidad en la unidad cultural guaraní (que, recordemos, admite «razas», pero no otras culturas). Por ello, es un supremacismo más parecido al de los «American values» (libertad negativa, consumo, meritocracia) que al del racismo nazi. La superioridad se ve en que convierte al otro, lo fagocita y lo homogeneiza, no en que lo elimina. No se elimina al «cuerpo extraño»; se lo incorpora y se diluye su otredad.

    UN ORADOR MOTIVACIONAL PARA UN GOBIERNO DEPRIMIDO

    Si la Dra. Causarano fue necesaria para dar prestigio a un presidente que creía que las políticas culturales consistían en recuperar el Jardín de la Cerveza, hoy el escenario es otro (como señala Sergio Cáceres Mercado en un reciente artículo publicado en el diario Última Hora, «El gobierno de Cartes va hacia su franca decadencia en esta segunda mitad de su mandato»). En este momento de ostensible debilidad política del gobierno, marcado por la agonía del proyecto reeleccionista, la fractura del partido oficialista, los ocho militares asesinados por la narcoguerrilla y un nivel de desaprobación ciudadana de más del 80%, más que prestigio lo que se necesita es una inyección ilimitada de motivación. Ya no reconocimiento, crédito y reputación, sino estímulo, impulso y entusiasmo. Griffith es aquel que viene para dar un abrazo y decir que todo va estar bien, con la voz afectada de la falsificación histórica, el delirio biologicista y la venta de humo profesionalizada, revestidos todos con los honores del rango ministerial.

    Sin embargo, Griffith no es solo el líder motivacional que necesita el gobierno en este momento de debilidad. Sus teorías –un cóctel de confusión, extravagancia y desvarío– podrían además proveer al gobierno de un relato, de una narrativa que le permita delinear una identidad ideológica más clara. En ese sentido, no se debe perder de vista la sintonía del discurso de autoayuda con todo orden neoliberal, así como las condiciones óptimas que este último proporciona a su difusión (por ejemplo, en la justificación positiva de la pérdida de derechos laborales y la supuesta conquista de una mayor libertad y autonomía individual). Si algo no debe ser subestimado es la audacia de la demencia, puesto que en determinados momentos puede expresar una verdad histórica, en este caso la de la derecha paraguaya y sus tópicos favoritos: el llamado a un optimismo nacionalista que no admite cuestionamientos al poder, la visión de la desobediencia como enfermedad, la queja y la victimización como supuestas causas del fracaso personal. El poder no siempre es el lugar del ocultamiento y la mentira, sino, de manera mucho más fundamental, el de la enunciación de sus propias verdades y aspiraciones.

    http://www.abc.com.py/edicion-impresa/suplementos/cultural/el-cartismo-cultural-1519619.html

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    Publicado por Anónimo | 25 septiembre, 2016, 6:04 pm
  2. KO (knock-out) para la cultura

    Por Jesús Ruiz Nestosa

    “Lo de la puntualidad es nada más un ejemplo de cultura, los valores. La función nuestra será proyectar los bienes culturales, que se valoricen en Paraguay y en el exterior”. Con esta frase magistral (del latín “magistralis”, relativo al ejercicio del magisterio), el nuevo ministro de Cultura hizo su entrada en el gabinete de Horacio Cartes. Era como lanzar una frase contundente, que causara, más que impresión, una suerte de sobrecogimiento histórico, comparable a la frase “Alea jacta est” (la suerte está echada) pronunciada por Julio César al cruzar el río Rubicón.

    Después de una sorpresiva destitución de Mabel Causarano, vino la segunda sorpresa: sería sustituida por el bioquímico, docente y disertante motivacional Fernando Griffith, un nombre absolutamente nuevo dentro del campo. Pero tiene razón, la puntualidad es parte de la cultura, como también lo es la cocina, el baile, las ceremonias fúnebres, los ritos matrimoniales, incluso el escupir en el suelo o orinar en la calle. Todo es cultura. Me recuerda esto una película con Marlon Brando que, si la memoria no me falla, se llamaba “La casa de té de la Luna de Agosto” en la que un japonés mendicante (Brando) le explica a un norteamericano el concepto de pornografía: “Pornografía, le dice, es geografía. En Estados Unidos colgar cuadro de mujer desnuda es bueno; en Japón es malo. En Japón bañarse toda la familia junta es bueno; en Estados Unidos es malo…” Y así una serie de diferencias. Le podríamos agregar también que “cultura es geografía”: entre los jíbaros está bien visto (y es obligatorio) comerse al enemigo en un festín al que se invita a toda la toldería. Entre nosotros creo que no estaría muy bien visto que nos comiéramos al enemigo aunque algunas veces tengamos ganas de hacerlo.

    Creo que este no es precisamente el objetivo que se tuvo, tiempo atrás, cuando se decidió crear una secretaría de cultura, con rango de ministerio. El objetivo no es la cultura en sentido antropológico, sino esa otra, de sentido mucho más reducido y que tiene que ver con la actividad creativa de los ciudadanos; más concretamente, con la labor de sus artistas y sus intelectuales. Esta idea de despiste salta a la vista cuando los periodistas le preguntaron sobre su trayectoria para ejercer el cargo y respondió que forma parte del proyecto “Paraguay Poderoso” financiado por el Banco Interamericano de Desarrollo, que busca cambiar la visión de los ciudadanos paraguayos sobre el país y sobre sí mismos. Lejos estamos, entonces, de ese ministro ideal que muchos esperamos.

    No cuestiono que sea bioquímico de profesión (Musil era ingeniero, Baroja, médico; Levi, químico; Kafka, abogado; Delibes; licenciado en comercio), pero sí es cuestionable que se haya puesto en este cargo a un neófito en el campo cultural. El presidente Horacio Cartes debería haber buscado un buen gestor cultural que tenemos varios, con mucha experiencia y mucho conocimiento del ambiente. Para mayor inri, se ha sacado del ministerio a una persona con trayectoria y conocimiento, para sustituirla por un novato.

    Este nombramiento pone en evidencia por quincuagésima vez el desinterés absoluto de la clase política de nuestro país hacia la cultura y sus trabajadores. ¿Qué se quiere cambiar “la visión de los ciudadanos paraguayos sobre el país y sobre sí mismos”? Pues se ha perdido una excelente oportunidad porque son sus artistas y sus intelectuales, quienes han contribuido en mayor medida a ofrecer una imagen positiva del país que ha sido sumergida en el fango por una clase política ineficiente y corrupta.

    En uno de sus números, el grupo Les Luthiers recrea un boletín informativo en el que se da a conocer el gabinete del general que acaba de asumir el poder tras un golpe de Estado: “Ministro de Exteriores: general fulano de tal. Ministro del Interior: general de división mengano de tal. Ministro de Economía: contralmirante zutano de tal. Ministro de Obras Públicas: coronel tal por cual. Ministro de Agricultura: general de brigada fulano de tal”, así hasta mencionar al último: “Ministro de Cultura: sargento primero Eudoxio Cañete”. Con lo que se demuestra la nula creatividad de Les Luthiers, ya que no hacen otra cosa que contarnos la realidad del mundo que nos circunda.

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    Publicado por Anónimo | 16 septiembre, 2016, 8:18 am
  3. TERGIVERSADORES DE NUESTRA HISTORIA.

    Sergio Cáceres Mercado.

    El filósofo Manuel Cruz nos recuerda que la historia siempre fue instrumentalizada. Los historiadores eran contratados por los poderosos para construir relatos ajustados a sus conveniencias. Aunque la historia pasó a convertirse en ciencia, no por eso ha dejado de ser víctima de inescrupulosos. El caso paraguayo es un buen ejemplo. Hasta hoy la explicación de nuestro pasado es aderezada por la peor ideología, el nacionalismo.

    Ciertamente la historiografía del Paraguay fue forjada por intelectuales de principio del siglo XX que recargaron muchas de sus investigaciones con un nacionalismo que rayaba una gran exageración, pero que era entendible por el contexto donde se desarrollaron. Hoy en día, sin embargo, contamos con más científicos de la historia capaces de juicios más imparciales, que nos cuentan cómo era el Paraguay de antaño nos guste o no, pues esa es la función de toda ciencia.

    Pero no creamos que la ciencia de la historia en Paraguay tiene la voz cantante. En todas partes pululan aquellos que se aprovechan de las versiones más populistas para llevar agua a su molino. En las redes sociales, por ejemplo, circulan videos donde personajes de dudosa formación muestran un pasado maravilloso, un Paraguay parecido a la Atlántida, que luego por el infortunio tuvo que naufragar. Uno se pregunta de dónde sacan estos personajes sus datos y relatos para pintar semejante pasado luminoso.

    Es tan fácil darse cuenta que estamos frente a tergiversadores de nuestra historia. Sus poses son más bien políticas antes que académicas, pero, lo más importante, no encuentran una sola mácula en el viejo Paraguay de los Francia y los López. Todo, absolutamente todo, era único y el mundo nos envidiaba. Esto convierte en altamente sospechosos a tales divulgadores de la historia.

    El error de muchos es creer que contando una bonita historia de nuestro pasado, vamos a ser mejores paraguayos. Esto ya se ha intentado, pues fue el proyecto de muchos de los gobiernos autoritarios que nos subyugaron. Lo que hay que contar es lo que la historia encontró hasta hoy, con luces y sombras, y especialmente las limitaciones mismas de toda reconstrucción histórica. Eso es hacer patria, y no la andanada de mentiras que sirven de propaganda para quien sabe qué intereses.

    Un Paraguay poderoso no se construye con historias de hadas. Si la idea es motivar a los paraguayos haciéndoles creer que fuimos obra de gobernantes incorruptibles, honestos y valientes, pues estamos haciendo mal la tarea. Es mejor saber la verdad, justamente para seguir haciendo bien lo que se hizo bien, y no repetir lo que se hizo mal que, por cierto, fue mucho y nos ha ubicado en una posición no muy halagüeña en el ránking de las naciones del mundo.

    No somos únicos ni maravillosos, ni tampoco la peor escoria del planeta. Tenemos que aceptar lo que somos, incluyendo nuestra procedencia. Si nos siguen mintiendo tarde o temprano despertaremos de nuestro sueño dogmático y tal maduración será dolorosa. La verdad nos hará libres, no la propaganda nacionalista.

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    Publicado por Anónimo | 12 septiembre, 2016, 5:41 am
  4. La historia jamás contada
    Por Sergio Cáceres

    El gobierno de Cartes va hacia su franca decadencia en esta segunda mitad de su mandato. Como presumíamos, no ha cumplido casi nada de sus promesas y a estas alturas ya sabemos que lo que le resta de tiempo no le alcanzará para hacerlo, y dudamos seriamente que quiera hacerlo. Entonces la siguiente estrategia del Nuevo Rumbo es recurrir al ilusionismo para mantener calmada a la gente. Como el estómago vacío urge, hay que desviar la atención hacia la magia o historias fantásticas. De este modo empiezan a tener fuerza los vendedores de humo llamados líderes motivacionales.

    Primero aparece el semipastor evangélico John Maxwell para decirnos que todos tenemos una gran historia que contar y para eso nos “regala” su libro y una agenda en blanco donde escribiremos esa maravillosa historia jamás contada en qué consistirá nuestra futura vida. Que lindo, ¿no?

    Maxwell volverá en breve para ver si los cientos de alumnos arreados a su charla motivacional –que no entendieron casi nada por el calor y la traducción– hicieron la tarea. Por supuesto, él ya sabe que la gran mayoría no lo hará, o lo hará a medias. Para su regreso seguro ya tiene preparado el discurso que justifique semejante fracaso y mentira contada a los estudiantes.

    Siguiendo con la misma política, la arquitecta y urbanista Mabel Causarano es sacada como ministra de Cultura y en su lugar lo ubican al bioquímico Fernando Griffith. Por supuesto, este último no es puesto ahí por su sapiencia en el campo de la química, sino porque juega muy bien el mismo juego de Maxwell: motivar. Solo que lo que él hace es vender un humo cuyo olor sí lo conocemos muy bien: la utilización de la historia romántica paraguaya para hacernos creer que somos una raza cósmica, en cuyo ADN está implantado el éxito seguro.

    En los lastimosos videos que cuelga en Youtube, las ideas sobre nuestra historia, el concepto de cultura y biología que utiliza lo acercan peligrosamente al fascismo y al darwinismo social, como me lo han indicado historiadores, filósofos y antropólogos. El concepto de cultura –que subyace en la Ley de Cultura que a su vez es la base de las acciones y proyectos del Ministerio de Cultura– es totalmente contrario a sus creencias. ¿Qué política cultural implantará Griffith? Da miedo el solo pensarlo.

    Lo triste de todo es que con esta cortina de humo que desesperadamente empieza a lanzarse desde el Palacio de López, cuando nos demos cuenta estaremos endeudados hasta el cogote, con la pobreza igual o peor que antes. Al menos sabremos que somos una raza espectacular, que solo a base de mandioca y cocido pudo contra tres países. Cuentos para seguir dormidos. ¿Alguna vez despertaremos?

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    Publicado por Anónimo | 12 septiembre, 2016, 5:40 am
  5. El Paraguay poderoso y la nebulosa fascista
    Por Blas Brítez

    La práctica de la analogía entre el “funcionamiento” de un país y el de un automóvil suele causar un placer místico en ciertas personas. A menudo es un ejercicio metafórico fácil del “fascismo eterno”. Umberto Eco atribuía a este la capacidad de mimetizarse en cualquier contexto, pues basta con que una de sus características “esté presente para hacer coagular una nebulosa fascista”. Para Adolf Hitler, el automóvil popular que su régimen produjo debía llevar el nombre de Kdf-Wagen: las iniciales de Kraft Durch Freude (Fuerza a través de la alegría), la enardecida denominación de la organización política que se encargó de diseñar programas de cultura y ocio que mantuvieron convenientemente adormilados a una buena parte de los trabajadores alemanes durante el Tercer Reich.

    Para el nuevo ministro de la Secretaría Nacional de Cultura, el bioquímico Fernando Griffith, el Paraguay de Horacio Cartes “es como un Bugatti Veyron: cuanto más acelera, más estable es”. Aquel dirige una fundación que se llama, con autoestima propia de la deriva totalitaria, “Paraguay poderoso”. Deambula predicando “a través de la alegría” lo que considera una visión “positiva” del país, o sea, cómo lo ve el patrón. Antes de ser parte del Ejecutivo, Grifitth ya había infestado con su evangelio motivacional las cabezas de centenares de paraguayos, con el apoyo de instituciones públicas como la Senatur, el Ministerio de Justicia y la Vicepresidencia de la República. Ha firmado convenios con el Estado.

    El Paraguay que ve empuja la “reactivación empresarial” del centro de Asunción mediante la privatización de espacios públicos; se ufana de producir “alimentos” como la soja y la carne (“no verduras ni frutas”, que desprecia); especula con la privatización de la ANDE porque hay energía renovable “12 veces más de la que necesitamos”; considera como un aporte al paisaje la construcción de edificios en zonas residenciales para la especulación inmobiliaria; admira nuestra biodiversidad pero no se entera del desastre ecológico provocado por la agroindustria: el “Paraguay poderoso” para los poderosos.

    Su concepción de la cultura es atrabiliaria: supremacista, pero también romántica y étnica en la veta de Natalicio González: “Somos una nación multirracial pero unicultural”, dice. También: “La cultura guaraní, la cultura paraguaya es mucho más fuerte y disuelve a todas las demás, por eso no encontramos rastros de otras culturas en nuestro país: por la cultura guaraní”.

    Tiene una particular debilidad mengeliana por “la composición genética de la nacionalidad”, y un patológico deleite por el recitado de apellidos de origen europeo.

    Ignoro si se pasea orgulloso por Asunción en un Bugatti Veynor.

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    Publicado por Anónimo | 12 septiembre, 2016, 5:36 am

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Gracias jakarupa rireguánte.8/12/16

Dejó sin pierna a motociclista y ahora suspenden el proceso

En este país, la Justicia solo trabaja medio día y a veces, ni trabaja.
Moraleja: Si tenés guita no hay problema chera'a. Kore qué injusto!
Justicia paraguaya... Paga 6 millones como "pena" por dejar sin piernas a una persona y casi dejarlo sin vida. Por algo somos la tercer peor justicia del mundo.
Un borracho platudo choca con su autazo a un humilde trabajador, a quien se le amputa su pierna y solo tiene que pagarle 6.000.000 de guaraníes, en cuotitas. Manejas alcoholizado y... Conductor pagará G. 500.000 mensuales tras choque que dejó sin pierna a guardia. Independientemente que haya habido ya un acuerdo con la víctima, qué suaves (¿?) son los castigos para conductores alcoholizados. Después dicen que el dinero no trae la felicidad.

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Banquina llena de botellas plásticas y otros desperdicios arrojados por peregrinantes. Triste realidad! La fe mueve montañas, los peregrinos... Basura #lamentable

La ambición por el poder da amnesia ... 10 años después este es el "nuevo rumbo" de Lugo, los tiempos cambian y los intereses también, jamas los politicos mantienen su palabra empeñada, sencillamente nadie resiste un archivo! Peligro para el país, sólito se está haciendo su tumba, vergüenza me da esta clase de políticos.

En San Lorenzo el cretinismo toma forma de micro que se adelanta en doble línea en pleno cruce... Consuelo: peores cosas hacen con sus chatarras todos los días

Es el primer día del pesebre y el camello ya está harto de todo. (?)

Se le armo el scrache social al borracho Alvarenga. Alto representante legislativo, "de pedo" no mató a nadie. Ndo jerai gueteri, hesa pili'upapeve omoco el guai... por eso que hasta el árbol vio que se le puso en el camino (?) Que imprudente el árbol, imputenlo por exposición al peligro, seguro era un árbol peregrinando! Lo que es la naturaleza, hasta un árbol salió huyendo de un posible accidente. Ha koa la ñande legislador, los primeros en respetarlas las quebrantan... lamentable. Cada idiota que tenemos en el país. Un criminal de raza y harto-peligroso el Diputadete éste, igual a todos los de su camarilla de farsantes y estafadores. Con "chapa cambiable"? En un país serio, estaría preso y sin permiso para conducir de por vida o presentando su renuncia a la Cámara Baja. Es un asesino potencial. Burro, borracho y cobarde. Hombre escombro.

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