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HA… CHE RETÃ PARAGUAY ✓

Los sindicatos y la moral pública

La derrota de la dictadura en nuestro país, hace ya un cuarto de siglo, no tuvo la virtud de influir en la recuperación ética del aparato sindical más grande en nuestro país, que es el público. Si antes la gran mayoría de las organizaciones de este tipo estaban servilmente sometidas al stronismo, dominadas por los “pyrague” y secuaces del “Primer Obrero de la República”, después del advenimiento de la democracia, en vez de liberarse también ellas, purgarse moralmente e integrarse a la sociedad libre, se convirtieron en islas reaccionarias dominadas por dirigentes autoritarios y manipuladores, que emplearon los privilegios que les concedió la legislación laboral para ganar dinero sin trabajar, eternizarse en sus cargos, confabularse con políticos y para dar golpes de negociados a su institución, intimidar a los jefes que no se someten a sus designios, y pasarse la vida pidiendo al Gobierno privilegios indebidos o interfiriendo en las decisiones políticas de este cuando entran en juego sus ventajas particulares.

La patria y los intereses superiores de la sociedad parecen ser conceptos desconocidos para estos sindicalistas. Jamás se les vio realizar algún renunciamiento especial en nombre de esos valores. La vara con la que miden su acción son sus intereses egoístas, que a menudo ni siquiera incluyen los de sus colegas sindicalizados, sino exclusivamente los de las camarillas dirigentes.

Nos estamos refiriendo a las organizaciones sindicales de instituciones públicas, de esas que se multiplican como hongos en cada entidad estatal para aprovechar mejor los privilegios legales que obtienen sus líderes de esa condición. Estas organizaciones son las que todavía no tuvieron su 3 de febrero. Lo único que aprecian de la democracia es la posibilidad que les garantiza realizar huelgas, salir en manifestación a las calles, bloquear accesos, molestar a la mayor cantidad posible de gente para llamar la atención sobre sí, sin que les caigan encima las cachiporras policiales.

Los sindicatos del sector privado, por el contrario, evolucionaron hacia formas de organización más abiertas y menos vulnerables a la corrupción, por no estar sometidos al vaivén político y a las tentaciones que supone trabajar en el sector público, donde predomina tan poderosamente el ambiente de temor e incertidumbres, de influencias políticas malignas, de prebendas y sobornos.

Hay muchas clases de trabajadores en este país, y la fecha de su día no debería igualarlos, porque se estaría cometiendo la injusticia de mezclar a los sinvergüenzas con las personas dotadas de principios éticos, que, sindicalizadas o no, hacen de su condición de trabajadoras un modo de vida y una virtud, que mantienen clara conciencia de la realidad social y económica que el país vive y solo recurren a medidas de fuerza en reclamo de sus derechos, sin inventarlos, exagerarlos ni pretender otorgarles carácter de sacralidad suprema, vale decir, sin reclamar su prioridad absoluta sobre todos los demás derechos de la ciudadanía, como es la nota principal que caracteriza a los otros, a los que lo ético y lo patriótico les resbalan.

Muchos sindicalizados del ámbito del funcionariado estatal hacen poco mérito para recibir el honor y la distinción de ser considerados miembros de la clase social mencionada. Al pretender medrar a costa de los recursos públicos, influir con politiquería, favorecer el prebendarismo, enriquecerse fraudulentamente aprovechando sus posiciones, e interferir en toda iniciativa que no convenga a sus negocios particulares, se apartan de la categoría de “servidores públicos”, como gustan denominarse, para convertirse en parásitos públicos y, en ocasiones, hasta en enemigos públicos.

Nuestra clase obrera, nuestros trabajadores en general –ya sin hacer distinciones– tienen ante sí la alta tarea de purificar sus organizaciones sindicales, expurgando a los logreros, oportunistas y aprovechados, especialmente si estos se hicieron con la dirigencia con malas artes, traficando influencias o maniobrando para seducir electoralmente, manipulando voluntades y utilizando a sus organizaciones y a sus compañeros para provecho propio.

Todo nuestro país necesita de redención ética, es cierto, pero los trabajadores, en toda la extensión del término, constituyen la parte más numerosa de la población y, por tanto, la que tiene más posibilidades de influir para mejorar la sociedad. Lamentablemente, hasta ahora no han demostrado tener la voluntad de ejercer con honradez y eficacia ese poder, porque la contribución de sus organizaciones a la transformación moral, la que apunta al progreso y a la construcción de una sociedad más equitativa y decente, no está visible en ninguna acción concreta.

En ese sentido, los trabajadores organizados deberían salir a manifestarse en las calles, no solamente para reclamar beneficios y privilegios, como es su derecho, sino también para contribuir a las finalidades sociales citadas. Sería altamente reconfortante verlos marchar contra la inmoralidad en la gestión pública, el enriquecimiento fraudulento de políticos inescrupulosos, el latrocinio, la impunidad, el tráfico de influencias y las prerrogativas injustas. Hay muchos males contra los cuales podrían protestar y muchos bienes colectivos que reclamar.

En este 1º de mayo, al mismo tiempo de rendirles un homenaje de admiración y respeto a todos los trabajadores del país, exhortamos al sindicalismo y a los sindicalistas a sumarse con entusiasmo a la tarea nacional de barrer de nuestra patria la espantosa corrupción que la está manteniendo en la pobreza y el atraso.

http://www.abc.com.py/edicion-impresa/editorial/los-sindicatos-y-la-moral-publica-1475865.html

 

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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4 comentarios en “Los sindicatos y la moral pública

  1. La importancia del empleo digno y una política laboral adecuada

    Ayer se celebraba el Día del Trabajador en todo el mundo, por lo que sin lugar a dudas es oportuno reflexionar sobre el valor del trabajo en la vida de las personas. Para gran parte de la población paraguaya el trabajo es el único medio para conseguir una vida digna. Sin embargo, los datos oficiales muestran la gran cantidad de trabajadores que ganan menos del sueldo mínimo, trabajan de manera precaria, no cuentan con seguridad social ni ningún otro tipo de protección.
    Sabido es que el trabajo es la fuente de ingresos más importante para las personas. Es además el principal camino para acceder a la seguridad social y con ello tener servicios de salud y una jubilación en la vejez. El trabajo también permite vincularse a sindicatos, organizaciones sociales, asociaciones y gremios laborales, por lo tanto es un mecanismo de inclusión y cohesión social. Por eso, el Gobierno no puede conformarse con la creación de nuevas fuentes de empleo, sino también empeñarse en mejorar la calidad de las existentes.
    La información proveniente de las encuestas de hogares da cuenta de la mala calidad del empleo en el país. El desempleo y subempleo afectan a un tercio de la población económicamente activa. La mitad de los trabajadores asalariados están fuera de la seguridad social, cifra confirmada por la principal institución en el ámbito, el Instituto de Previsión Social.
    Todos estos problemas se acentúan en los jóvenes y las mujeres. Ni hablar en el sector rural, donde la mayoría de los campesinos trabajan por cuenta propia, ocupación totalmente desprovista de protección. No cuentan con derecho a seguridad social y sus ingresos son inestables y altamente vulnerables a los factores climáticos.
    Malos empleos para los adultos causan, además, trabajo infantil y adolescente. Las cifras oficiales indican que alrededor de 400.000 niños y adolescentes trabajan en Paraguay, situación que violenta sus derechos impidiendo su desarrollo personal y el futuro de la Nación.
    El Ministerio de Industria y Comercio y el de Hacienda sistemáticamente anuncian medidas para formalizar las empresas; sin embargo, si esto no va acompañado de políticas laborales activas y una eficiente fiscalización laboral, la calidad del empleo no mejorará.
    Frente a estos problemas, el Ministerio del Trabajo debe asumir mayor compromiso en el rol para el que fue creado. El país no cuenta con una política laboral, por lo tanto las instituciones públicas con competencias en el tema no tienen objetivos claros para orientarse. No obstante, la normativa laboral y los compromisos internacionales asumidos son el piso sobre el cual el Ministerio debe trabajar y paralelamente presentar a la ciudadanía una propuesta de política con plazos e indicadores bien definidos.
    Dicho ministerio debe ampliar la cobertura de las fiscalizaciones garantizando que el trabajo de sus funcionarios se realice con apego a la ley, es decir, eliminando cualquier posibilidad de conductas corruptas. Este objetivo requiere el trabajo coordinado con otras instituciones públicas encargadas de la formalización económica como el Ministerio de Hacienda, el Instituto de Previsión Social y el Ministerio de Industria y Comercio.
    Los resultados de la gestión del nuevo Ministerio del Trabajo deben ser evaluados a través de la calidad del trabajo. La persistencia de la precariedad laboral significa el fracaso de esta institución.

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    Publicado por jotaefeb | 2 mayo, 2016, 2:40 pm
  2. El sentido de la lucha obrera

    Por Sergio Cáceres

    Cada Día del Trabajador las demandas por los derechos laborales se hace oír a lo largo de nuestra geografía. Ayer domingo, el silencio del feriado fue roto por las marchas de las centrales obreras cuyos sempiternos reclamos tronaban un año más. El día anterior los maestros hacían lo propio.

    El próximo año se oirán de vuelta, pues este Gobierno se ha mostrado aún más insensible hacia la clase trabajadora que sus antecesores. La lucha obrera, por tal motivo, tiene todavía mucho por recorrer en este, de por sí, ya largo viacrucis reivindicativo. Como en todas partes, el obrerismo está signado por una histórica lucha. En Paraguay también, pero con la diferencia de que los logros han sido menos que los fracasos.

    Desde el humillante maltrato a los mensúes de principios del siglo XX, nos hemos encontrado con un patronazgo que muy poco ha cedido a los derechos de sus empleados. Esta terquedad en reconocer las leyes no ha cesado hasta hoy, lo que convierte a la lucha de los trabajadores en algo muy necesario y actual.

    Sin embargo, entre los innumerables tropiezos se encuentra la triste fisura creada por algunos líderes sindicales cuya corrupción no solo ha significado un retroceso en el proyecto por lograr mejores condiciones de vida a sus compañeros, sino una traición dolorosa a todos los que confiaron en ellos. Aunque fue un duro golpe, eso no ha significado el fin de las organizaciones sindicales sino su reagrupamiento y consecución de sus muy necesarios fines.

    Un colega nos recordaba ayer esta imperecedera idea de Karl Marx: “El trabajador será revolucionario o no será nada. En la lucha no tiene nada que perder más que sus cadenas”. Aunque ya el materialismo histórico esté perimido como metafísica finalista; aunque la revolución ya no signifique lo mismo que en el siglo XIX, las cadenas siguen firmes y la lucha contra ellas también. La dialéctica de lucha de clases quizá deba ser reformulada, pero de que hay opresores que con mil artilugios subyugan a otros es una verdad que ni el peor ciego puede negarla.

    Una cosa debe quedar siempre clara: la pelea de los trabajadores es en buena parte un litigio en el campo legal, es decir, por el cumplimiento de leyes ya establecidas y reconocidas como justas. Los pedidos no son caprichos sino que refieren a una cuestión de legalidad. Esto es lo más lamentable, pues prueba que el Gobierno está confabulado con factores de poder ligados a los patrones. Nada nuevo bajo el sol.

    Los problemas son históricos y la lucha también. Aunque la dialéctica ya no convenza a muchos, la cosa sigue marchando más real que nunca e interpela a aquellos que trabajan día a día en condiciones insatisfactorias. Si la realidad ya no es movida por un materialismo histórica, poco importa; el sentido de injusticia social se sigue percibiendo y será el motor para que las reivindicaciones continúen.

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    Publicado por jotaefeb | 2 mayo, 2016, 5:33 am
  3. El trabajo decente sigue siendo un desafío en el Paraguay

    El Día del Trabajador debe poner en el debate uno de los grandes desafíos que enfrenta nuestro país: la calidad del trabajo. El trabajo es la fuente de ingresos más importante para las personas. Es, además, el principal camino para acceder a la seguridad social y con ello tener servicios de salud y una jubilación en la vejez. El trabajo también permite vincularse a sindicatos, organizaciones sociales, asociaciones y gremios laborales, por lo tanto es un mecanismo de inclusión y cohesión social. El Estado debe contar con una política clara que garantice no solo la creación de nuevas fuentes de empleo, sino fundamentalmente mejorar la calidad de los existentes.
    La baja calidad del trabajo es uno de los principales problemas que enfrentan las familias paraguayas. Datos oficiales señalan que alrededor del 20% de la población ocupada está subempleada, es decir, trabaja menos horas de las que quisiera o trabajando las horas legalmente establecidas gana menos que el salario mínimo.

    Si al subempleo le agregamos el desempleo que afecta al 6% de la población económicamente activa, tenemos que más de un cuarto de la población no trabaja el tiempo establecido, ni gana lo que debiera ganar.

    Pero no son los únicos problemas laborales. La seguridad social no cubre ni al 30% de la población, y si es pobre o vive en el sector rural, el porcentaje baja todavía más. Más del 40% de la población trabaja por cuenta propia y no cuenta con mecanismos de protección social que le permitan tener una vida digna en la vejez.

    De la población que trabaja en relación de dependencia, que debiera contar con la cobertura del IPS y de algunos de los diferentes regímenes jubilatorios del sector público, solo el 43% aporta a algún sistema de jubilación.

    Si analizamos las condiciones laborales del trabajo rural, de la juventud y de las mujeres, prácticamente todos los indicadores empeoran. Con esta situación laboral, resulta que la mayor parte de trabajadores y trabajadoras se encuentran con altos niveles de vulnerabilidad. La lucha contra la pobreza y la desigualdad se convierte en una ilusión, teniendo en cuenta que la mayoría de las familias tienen como principal fuente de ingresos el trabajo.

    Como parte de los festejos del primero de mayo, las empresas debieran comprometerse a cumplir las leyes laborales y el Gobierno a implementar políticas claras que garanticen la generación de empleos decentes y el cumplimiento de las normas vigentes. El Instituto de Previsión Social debe reducir drásticamente los altos niveles de evasión.

    No hay posibilidad de mejorar la calidad de vida y reducir la pobreza en Paraguay si las instituciones del Estado no son capaces de garantizar el apego a la ley de las empresas y proponer mejoras en el marco jurídico e institucional para que quienes todavía estén fuera de la seguridad social se integren. Justamente son las ocupaciones con menor protección social las que tienen más pobres, como el trabajo agropecuario, el trabajo doméstico y por cuenta propia.

    El Ministerio del Trabajo debe asumir su rol con responsabilidad. Su trabajo será juzgado a partir de los indicadores de calidad del empleo. El país no puede seguir creciendo sin mejorar sustancialmente las condiciones laborales de los paraguayos.

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    Publicado por jotaefeb | 1 mayo, 2016, 4:46 pm
  4. Recordando a Ña Fide

    Por Guillermo Domaniczky

    Un sentimiento de tristeza me embargó cuando me enteré hace unos días de su fallecimiento.

    Seguramente una gran mayoría no la conoció, pero quienes alguna vez paramos a hacer el tereré en su puesto de la calle Chile no vamos a olvidar fácilmente su sonrisa, curtida por una vida entera bajo el sol.

    Se llamaba Fide Penayo, pero para sus clientes siempre fue Doña Fide. Tenía 66 años, y se la llevó una enfermedad con la que convivía desde hace un tiempo.

    Equipada con su mortero, era la encargada de proveer desde remedios refrescantes hasta el carrulim de cada 1 de agosto a quien se detuviese en su puesto en el centro de Asunción.

    “Che sy” la llamaban algunos clientes, a los que ella siempre trataba con cariño.

    Doña Fide era mamá guasu de espíritu y testimonio, tuvo 5 hijos, y a todos los hizo estudiar, “para que sean alguien en la vida y no terminen acá conmigo”, me había dicho en alguna de esas mañanas en las que el burrito y el cedrón se mezclaban molidos por la fuerza de sus brazos, mientras una tortilla con mandioca servía de colchón para el tereré.

    Ña Fide había llegado a Asunción con su familia, desde la lejana Puerto Guaraní, en el Alto Paraguay. Y solo había podido hacer hasta el segundo grado en la escuela, como se lo comentó luego en una entrevista al colega Pedro Gómez Silgueira, a quien también le contó que llevaba casi 45 años vendiendo plantas medicinales para poder sacar adelante a su familia.

    Kuña guapa, sacrificada, y con esa mezcla nuestra de resignación y optimismo, no se quejaba de su suerte. E incluso demostrando que quienes menos tienen son los que más dan, llegó a adoptar a un bebé que se transformó en otro de sus hijos.

    La historia de Doña Fide fue definitivamente una de las tantas, de luchadoras anónimas de esta sociedad, esencialmente matriarcal, que pese a la falta de oportunidades no se dejaron vencer por la vida y sacaron adelante a sus familias como pudieron.

    Volví a acordarme de Ña Fide nuevamente el viernes, cuando en una entrevista anticipada al Día del Trabajador, el ministro Guillermo Sosa recordaba que hay casi 700.000 personas que sobreviven con changas, por no haber tenido una oportunidad para estudiar y capacitarse en la vida.

    “Nuestra economía es una economía altamente informal”, agregaba el ministro, no solo refiriéndose a la cantidad de gente que vive de lo que puede obtener en el día a día, sino a la que incluso está empleada de manera estable pero no tiene un seguro social.

    “Muchas empresas informales no se registran, trabajan en negro”, ensayaba como explicación adicional.

    En total son más de dos millones de personas en la absoluta informalidad, sin una protección básica y obligatoria, establecida por el Código Laboral.

    Es la realidad del país, con otra práctica extendida y cada vez más frecuente para eludir a la seguridad social, la de los contratos profesionales, los de factura con IVA, que encubren relaciones laborales estables y de dependencia laboral durante años.

    Los empleadores pagan por las facturas como un servicio profesional, para no cotizar en la seguridad social, ni pagar aguinaldo, ni otorgar vacaciones ni reconocer la antigüedad laboral del trabajador.

    Fue precisa y paradójicamente esta semana que se recordó la Semana de la Seguridad Social, para generar conciencia sobre el derecho que tienen todos los trabajadores de contar con un seguro de salud y alcanzar una jubilación para una vejez digna.

    Un derecho que le hubiese venido muy bien a gente como Doña Fide, cuya historia fue abnegada y admirable es cierto, pero no es menos cierto que si el Estado funcionara permitiéndoles a sus ciudadanos una oportunidad de estudio y trabajo formal, ella no hubiese estado peleando la vida en la calle a sus 66 años, afrontando sin muchas posibilidades la enfermedad que terminó llevándosela.

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    Publicado por jotaefeb | 1 mayo, 2016, 4:39 pm

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