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HA… CHE RETÃ PARAGUAY ✓

Ruptura

Cuando Nicanor renunció como embajador en Buenos Aires, se podía suponer aún que era un retiro programado para que se pusiera a trabajar con HC en el tema de la reelección, dado que ambos están interesados en lo mismo, al igual que Lugo.

Pero luego de verlo y escucharlo hablar a Nicanor en Unicanal, con fuertes declaraciones en contra de la gestión de Cartes, ya se puede descartar el retiro consentido para ubicar su renuncia en el terreno inconfundible de la ruptura.

Nicanor dice que HC está trabajando para conseguir el “clamor popular” y que él solo se postularía para senador, aunque no niega su interés en una eventual reelección si se diera el caso. Sin embargo, su migración del campo diplomático al estrictamente político tiene ahora todos los condimentos para pensar que sale a escupir directamente en el plato de Cartes con el fin de quitar de la mente de la dirigencia de su partido –que ya comienza a formar cola detrás del próximo– la idea de que HC es la única opción colorada.

El hecho de que Nicanor no se haya referido en absoluto a Marito como precandidato ya declarado es porque este no tiene por qué entrar en un debate sobre la reelección, situación que no lo inhibe en su propósito.

Tal como habló en la tele, Duarte Frutos trata de sacar a HC los últimos lustres de su gestión como gobernante, comparando con su pasada gestión algunas de las dificultades presentes, pero al mismo tiempo busca posicionarse fuera del Partido Colorado para disputar a Lugo su eventual electorado “progresista”.

En conclusión, de lo que podemos extraer de su primera entrevista después de una larga ausencia en los medios es que por lo visto Nicanor tiene la certeza de que habrá reelección a como dé lugar. Esta es una de esas cosas que los animales políticos saben más por instinto que por certeza científica.

Por Edwin Brítez

http://www.abc.com.py/edicion-impresa/opinion/ruptura-1461049.html

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

5 comentarios en “Ruptura

  1. Certeza constitucional y reelección presidencial

    Por Jorge Silvero Salgueiro

    La acción de declaración de certeza constitucional es una acción judicial no prevista en el Derecho procesal paraguayo, pero es parte de nuestra actual jurisprudencia constitucional. He ahí un problema, para algunos. Se puede criticar que esta creación de la Corte Suprema de Justicia es el resultado de un activismo judicial negativo, que carece de fundamentos, pero lo que no se puede hacer es desconocer que es un tipo de demanda que está siendo utilizada en la práctica forense. Así, el pasado 24 de febrero la Sala Constitucional de la Corte Suprema de Justicia denegó un pedido para tratar la reelección presidencial, en mi opinión, acertadamente.

    Pero aquí se suscitan dos cuestiones:

    1. ¿No era mejor que por razones de economía procesal, en vez de que el caso vaya y venga, ya de una vez se resolviera? No, de ninguna manera, porque la ansiedad política no motiva, jurídicamente, la competencia de la Corte. Tomar decisiones asumiendo competencias indebidas solo deslegitima la decisión en cuestión y corroe la institución.

    2. ¿Con dicha denegación, la Corte puso punto final al tema en cuestión? Tampoco, el rechazo fue porque se presentó una petición “sin promover acción o excepción procesal de ninguna naturaleza”. Y la Corte subrayó “que no es un órgano de consultas abstractas o especulativas” (AI 240). Cabría esperar entonces que otro escrito con los requerimientos adecuados, como ser “legitimación activa del accionante en función de algún interés, daño o agravio demostrado” sea tratado por la Corte.

    Sin embargo, ¿por qué esperar todo de la Corte? El tema es altamente político. Los partidos políticos tienen la obligación de pronunciarse en forma oficial y documentada hon-

    rando así el compromiso constitucional asumido en 1992 de prohibir la reelección presidencial en cualquier caso. El Poder Legislativo tiene la facultad de dictar una ley reglamentaria donde se especifique que los expresidentes no pueden presentar su candidatura a una elección presidencial. No actuar en este tema desde los ámbitos políticos solo levanta especulaciones, las cuales son nefastas para la credibilidad del proceso político, aparte de caer en un impasse.

    Los actores políticos deben y pueden desglosar entre su compromiso y respeto a las reglas actuales y la probable intención de querer cambiar la regla, a futuro. Una ley en el sentido propuesto pondría las cosas en su lugar, pues quien tiene que demandar es la persona interesada en presentarse de nuevo a una elección y no que cualquier otro ciudadano esté haciendo la tarea para dicha persona. Además, se facilitaría el trabajo de la Corte Suprema que usualmente razona interpretando si la norma inferior se ajusta a la norma superior. Ser diligente en este caso no es difícil; no serlo es seguir perdiendo el tiempo en atender el interés de una persona en vez de que el proceso democrático esté dedicado a atender el interés general de la Nación.

    * Investigador jurídico independiente

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    Publicado por Anónimo | 15 marzo, 2016, 4:38 am
  2. “La tentación de sí mismos”

    Desgraciadamente, en América Latina, la idea de perpetuarse en el poder constituye una ensoñación que tienta a sus gobernantes de manera demasiado frecuente. Ya sea a la derecha o a la izquierda, muchos presidentes han sucumbido a la fácil seducción de creerse indispensables, echando en olvido aquello que en su momento proclamó “el presidente más pobre del mundo”, José Pepe Mujica, cuando dijo que “no hay hombres imprescindibles, sino causas imprescindibles”. Entonces, en vez de abocarse a la necesaria tarea de promover nuevos liderazgos y gobernar como corresponde, privilegian la proyección de su propio narcisismo, se rinden encantadoramente a lo que alguien llamó “la tentación de sí mismos”.
    Este proceso de apego a los métodos personalistas ha sido recientemente descrito de manera magistral por el escritor y periodista argentino Martín Caparrós, en un artículo de opinión publicado por el diario español El País, precisamente bajo el título La tentación de sí mismo. Hacía el narrador alusión a la derrota de los planes de reelección indefinida del presidente boliviano Evo Morales, en el referéndum realizado el pasado mes de febrero.

    “Los pierde eso que alguien llamó, tiempo atrás, la tentación de sí mismos: Ese momento en que miran alrededor, miles de cabecitas allá abajo, y piensan: ‘pobres, qué sería de todos ellos si no estuviera yo’. O incluso: ‘qué habría sido de todos ellos si yo no hubiese estado’. O, si acaso: ‘qué será de todos ellos cuando yo ya no esté’. O quizá piensen: ‘¡ay, qué duro ser el único que…! O tal vez, quién sabe: ‘¿por qué será que solo yo lo puedo’? Lo cierto es que, piensen lo que piensen, creen que el estado –de las cosas, de los cambios de su ¿revolución?– son ellos y que sin ellos nada. Entonces, se contradicen en lo más hondo y ceden –gozosamente ceden– a la tentación de sí mismos”.

    Nunca podría describirse mejor ese proceso que está desarrollándose actualmente también en el Paraguay; país en el que, pese a sus angustiantes índices de pobreza y pobreza extrema, algunos adulones del poder buscan a toda costa manosear la Ley Fundamental de la República para lograr que el presidente –quien, al menos de boca para afuera, ha jurado, por Dios, no promover su permanencia en el cargo más allá de 2018– continúe en el sillón de los López por un periodo más porque, afirman ellos, “se lo merece”.

    En el Paraguay, la modificación de la Constitución para introducir en ella la figura de la reelección solamente les puede interesar a tres personas: Horacio Cartes, Fernando Lugo y Nicanor Duarte Frutos. Perdón… a ellos y al séquito de arrimados que viven y gozan de innumerables beneficios gracias al mucho o poco poder que sus jefes han logrado acumular. El resto de los paraguayos es ajeno a este debate estéril y extemporáneo.

    La abrumadora mayoría de los siete millones de compatriotas solo espera que los presidentes se aboquen en serio, durante todo su periodo presidencial –desde el primer día hasta el último– a dar cumplimiento a las promesas que tan abundantemente –¿alegremente?– formularon durante sus respectivas campañas electorales. Pero no, casi de manera sistemática en los últimos tres mandatos, los presidentes se han ocupado desde la mitad del quinquenio a promover personalmente o avivar a través de terceros el tan interesado como improductivo debate de la reelección.

    Les siguen el juego a los personalismos de siempre, a los de ayer y de hoy: a los Stroessner y Pinochet; Menem y Fujimori, pero también a los Chávez, y Morales, Kirchner y Correa. No pueden evitarlo, la sirena del poder los atrae con sus cantos cada vez más cautivantes. Aún continúan sucumbiendo a la tentación de sí mismos.

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    Publicado por Anónimo | 14 marzo, 2016, 8:30 am
  3. Prohibición constitucional absoluta de reelección presidencial

    Por Jorge Silvero Salgueiro

    La Constitución de 1992 establece que el presidente de la República no podrá ser reelecto en ningún caso (art. 229). Esta disposición consagra una prohibición de reelección (no podrá ser reelecto), de tipo absoluto (en ningún caso). Nada más claro y contundente: en el Paraguay no está permitida la reelección presidencial, sin excepciones. Aun así, se ha sostenido sorprendentemente en el debate político que solo el presidente en ejercicio no puede ser reelegido (el presidente no podrá). Que otros expresidentes sí pueden reelegirse, pues no son más “presidentes” al no estar en ejercicio del cargo. La prohibición, supuestamente, no se refiere a los expresidentes.

    Sin embargo, eso no es verdad. Es una manipulación política y como tal no merece ningún respeto. Pero la ciudadanía sí se merece una explicación respetuosa.

    Este caso no se trata solamente de una mera interpretación disímil del texto constitucional, sino de que se está negando desvergonzadamente el contexto histórico-político en el cual se redactó la Constitución, se está tirando por la borda los logros de quienes lucharon por la democracia tras siete periodos presidenciales ininterrumpidos del mismo dictador, y se está pisoteando la cláusula que oxigenó el sistema político paraguayo permitiendo el recambio en el poder como nunca antes en nuestra historia. Por supuesto, siempre se puede debatir si la democracia paraguaya alcanzó un desarrollo tal que haría pensar en otras posibilidades, otras soluciones. Pero, lo que no se puede hacer es pretender alterar con maña y deshonestidad los efectos conocidos y vigentes de una norma constitucional.

    Entonces, es correcto que la Constitución haya establecido que el presidente no pueda ser reelecto, dado que esa fue y es su intención, no volver a tener nunca más un presidente que ya fue presidente. A partir de que una persona llega a la presidencia, por elección o sucesión, es que empieza a regirle personalmente la prohibición. No antes. Y la misma se extiende en el tiempo a todos los casos posibles de reelección presidencial. Básicamente, son dos: la reelección inmediata, para el periodo presidencial que inmediatamente continúa, y la no inmediata o alterna, donde se deja uno o más periodos de descanso y luego nuevamente se autoriza la reelección. Expertos internacionales como Dieter Nohlen y Daniel Zovatto (Tratado de Derecho Electoral Comparado de América Latina) coinciden con la unánime doctrina nacional que el Paraguay cuenta con una prohibición absoluta de reelección, la cual incluye la prohibición de reelección alterna. Sus obras están a un click de distancia en internet.

    Por el contrario, la insólita y aislada posición manipuladora intenta sostener su falso argumento solamente en el hecho de que la Constitución no dice expresamente “los expresidentes no podrán”, sin tener en cuenta que un expresidente, cuando es electo nuevamente, se convierte necesariamente en un presidente reelecto, lo cual está expresamente prohibido por la Constitución (el presidente no podrá ser reelecto!). Entonces, también en este caso se llega a un resultado prohibido constitucionalmente. Reelegir significa simplemente: volver a elegir, así a secas está definido en el Diccionario de la Lengua Española.

    Además, intentar reducir la prohibición absoluta de reelección a una prohibición relativa solo aplicable a presidentes en ejercicio y no a “expresidentes” no tiene sentido lógico. Pues, bastaría que el presidente renuncie unos meses antes, su vicepresidente asuma el cargo, y ya el presidente se libraría, supuestamente, de la prohibición de reelección al pasar a ser un expresidente. Pero el derecho no opera de ese modo, por oscuros atajos, la política manipulativa sí.

    Cabe insistir también que la prohibición es continua en el tiempo y perenne, no se interrumpe en ningún caso. En ese sentido, tampoco importa si el presidente terminó con buenas calificaciones sus funciones o si fue destituido por mal desempeño antes de terminar su mandato. Eso es irrelevante en materia de reelección, pues la pretensión de la prohibición es que esa persona, independientemente de haber sido un buen o mal presidente, ya no vuelva a ejercer ese cargo. Para casos de mal desempeño está el juicio político.

    No todo requiere estar escrito en la Constitución. La palabra “prohibición” no está, solo dice “no podrán”. Y el principio de alternancia personal en el gobierno de la República está implícito en la prohibición de reelección presidencial. Son las dos caras de la misma moneda. Entonces, una prohibición absoluta “en ningún caso” impide que una persona que fue presidente vuelva a ser presidente en cualquier caso. Dicha prohibición constitucional pavimentó el acceso al poder de la izquierda, así como el retorno del Partido Colorado. Trata a todos por igual y no impide que los partidos políticos se mantengan en el poder por más de un periodo presidencial, aunque les exige contar con alternativas de renovación. Eso sí, la Constitución deja una lección política que a algunos parece les cuesta aprender: los liderazgos presidenciales son temporales, agruparse alrededor de principios y programas políticos es a largo plazo.

    Próxima entrega: Certeza constitucional y reelección presidencial

    * Investigador jurídico independiente

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    Publicado por Anónimo | 14 marzo, 2016, 8:20 am
  4. Acertemos en la próxima

    Por Edwin Brítez

    Todos los días hablamos del clima y de él lo que más nos gusta es siempre el pronóstico, terreno en el cual se dieron importantes avances. El tema no deja de ser relevante por el hecho de formar parte de lo cotidiano en las relaciones sociales, sobre todo si tenemos en cuenta que la sequía o las inundaciones causan enormes perjuicios y peor aún otros desastres naturales que felizmente no se dan en este país.

    Sería ideal que todos habláramos de lo que nos atañe, como el tema del clima, pero mucho mejor sería que hablemos de todos los temas enfocados en las cuestiones que afectan y sobre todo que afectarán nuestras vidas, como por ejemplo los asuntos fiscales, políticos, educativos y de salud que se vienen agitando en estos días.

    De todos ellos me gustaría detenerme en el futuro político del país, sobre el cual solamente se encara la probable reelección del presidente y de los expresidentes, sin que nos animemos a abordar el modelo político deseado o conveniente para la población y menos aún los riesgos posibles de un retroceso al autoritarismo.

    Nuestro país se inserta en un espacio regional donde el populismo está en retirada, en algunos países con una clara derrota de quienes representan ese modelo y en otros que se debaten aún entre permanecer a flote o hundirse, en medio de tensiones sociales que dejan como herencia corrupción, inflación, escasez de alimentos, deuda prácticamente impagable y la subsistencia de un aparato productivo desinflado.

    Pero estar en retirada no significa que vaya a desaparecer totalmente.

    Refiriéndose a la Argentina, el último país que salió del modelo que señalamos, el Premio Nobel Mario Vargas Llosa dijo que era un país de primer mundo a comienzos del siglo XX “y fíjese en lo que se convirtió ahora. El país fue empobrecido aunque no hubo ni catástrofe natural ni guerra, y eso tiene un solo nombre: peronismo”.

    Es un buen método de análisis ciudadano observar lo que pasa en los alrededores para ver cómo funcionan y qué resultados arrojan las recetas populistas, nacionalistas y demagógicas para luego sacar conclusiones sobre cómo podrían operar esas mismas recetas en otros países.

    Al igual que en la Argentina, aquí no tuvimos desastres naturales que no sean los cíclicos ya conocidos, como las copiosas lluvias que afectan a familias de las riberas y las sequías que arruinan los cultivos campesinos. Tampoco tuvimos guerras ni revoluciones armadas en los últimos setenta años, pero no logramos salir de los “ismos”.

    Sin entrar a enumerar todas las ventajas que posee el Paraguay para desarrollarse, salir del fondo y crecer en paz, es necesario darnos cuenta anticipadamente del modelo político y económico que más conviene a nuestro país y por ende tratar de acertar sobre los próximos pasos que iremos a dar con respecto a las personas que decidirán por nosotros.

    Sería una lástima que Paraguay marchara a contramano de las tendencias que se están dando en la región, inclusive en todo el continente, es decir que opte en sus próximas elecciones generales por un gobierno populista de carácter demagógico y autoritario.

    El eje de nuestro debate, por ende, podría ser la forma de mejorar nuestro sistema de representación, de gestión y de control, además de buscar la forma de que funcione de una buena vez la justicia ordinaria y que sea ella a quien le corresponda la tarea de poner un epitafio en la tumba de la corrupción.

    Si no convertimos estas cuestiones en nuestra preocupación cotidiana, como el asunto del clima, no nos quejemos después que pasen 10 o 15 años para desprendernos de los “ismos” que llevan al país a la cuneta con nosotros adentro. Debatir es una forma de participar en la construcción de nuestro futuro y tal vez sea el camino para que acertemos la próxima vez.

    ebritez@abc.com.py

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    Publicado por Anónimo | 13 marzo, 2016, 7:11 am
  5. Una sola certeza

    Por Alcibiades González Delvalle

    Cuesta entender la insistencia para violar la Constitución Nacional en el tema de la reelección presidencial. Ya hemos escuchado a quienes debatieron, redactaron, sancionaron la Carta Magna en 1992. Nadie mejor que ellos para opinar con entera propiedad sobre este asunto. ¿Y qué dicen?: La reelección no es posible en ningún caso a través de la enmienda.

    Cuando este mismo hecho se dio en el 2006, la mayoría de los “ciudadanos convencionales” y “miembros de la comisión redactora” publicaron en ABC Color, el 8 de octubre de 2006, una “Declaración” según la cual “La Constitución Nacional, en el título IV, estableció clara y expresamente el modo, la manera, el procedimiento o forma de modificar la Constitución, en los artículos 289 DE LA REFORMA y 290 DE LA ENMIENDA.”

    En otro párrafo: “Por la Reforma se entiende la modificación total de la Constitución, en tanto que la Enmienda se refiere a la reforma parcial…”.

    Está claramente establecido en el Art. 290 DE LA ENMIENDA que “no se utilizará el procedimiento indicado de la enmienda sino el de la reforma, para aquellas disposiciones que afecten el modo de la elección, la composición, la duración de mandatos o las atribuciones de cualquiera de los poderes del Estado o las disposiciones de los Capítulos…”.

    En otro párrafo de la Declaración leemos: “Cuando el texto y espíritu de la norma constitucional son claros no caben interpretaciones dudosas ni dictámenes erróneos (…) la decisión mayoritaria de la Plenaria DETERMINÓ que cualquier modificación sobre el tema de la elección, por la gravedad de su naturaleza, sea tratada única y exclusivamente por el procedimiento de la REFORMA Y NO POR LA ENMIENDA”.

    A mayor abundamiento, el Art. 122 de la Constitución Nacional establece que: “No podrán ser objeto de referéndum”, entre otros, el inciso 6) las elecciones nacionales, las departamentales y las municipales”.

    “En consecuencia, la disposición que plantee la reelección igualmente no sería posible por vía de la Enmienda”.

    El Dr. Óscar Facundo Insfrán, presidente de la Convención, expresó: “Puede afirmarse, sin lugar a equívocos, que la opinión de terceros –por más encumbrados y académicos que fuesen– no puede debilitar o cambiar lo que establecen la letra y el espíritu de la Constitución, elaborada por los ciudadanos convencionales, según las fuentes y antecedentes obrantes en los diarios de sesiones de la comisión redactora y aprobados en las sesiones plenarias”.

    Las disposiciones claras, transparentes, entendibles, de los mencionados artículos 289, 290 y 122, en apariencia son insuficientes para evitar la distorsión de los mismos. Pero solo en apariencia. Detrás se esconde la perversa intención de violar la Constitución, como sea, incluyendo en esta maniobra a la Corte Suprema de Justicia. Una de sus ministras, la doctora Peña, acaba de recordarnos la existencia de una de las manchas de nuestra justicia: la certeza constitucional, gracias a la cual tuvimos un presidente de la República al que cabía estar solamente por dos meses, hasta el llamado de nuevas elecciones.

    ¿Qué es la “certeza constitucional”? Nos respondió una persona que sabe, el Dr. Jorge Seall, constitucionalista. “No existe la llamada certeza constitucional como tal. Ni como acción ni como recurso. No está prevista en la ley (Código Proc. Civil que regula la inconstitucionalidad) y menos en la Constitución. Es verdaderamente un invento de la Corte, de 1999, cuando resolvieron declarar con certeza constitucional que González Macchi debía terminar el periodo de Cubas y llamarse solo a elecciones del vicepresidente. Lo más curioso del fallo fue que se dictó sentencia sin existir un contencioso, o sea un caso litigioso, con una parte que accionan por un derecho y la otra que se la opone. No había partes propiamente. No se planteó una acción sino una consulta, tampoco prevista como vía procesal en nuestra legislación ni de ningún tribunal, salvo excepcionales tribunales extranjeros. No se puede plantear un pedido de “declaración de certeza constitucional” que sería como decirle a la Corte: por favor, me interpreta esto, sin existir un litigio. A la Corte no le corresponde evacuar consultas”. Hasta aquí las autorizadas opiniones del Dr. Seall.

    Ahora la ministra Peña nos recuerda –seguramente para la reincidencia– que en 1999 a la Corte se le preguntó la hora y respondió que era viernes.

    En este asunto hay una sola certeza: la intención de violar la Constitución.

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    Publicado por Anónimo | 13 marzo, 2016, 7:08 am

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