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HA… CHE RETÃ PARAGUAY ✓

Erradicar la violencia homicida del fútbol

La violencia que en bandas juveniles genera el fútbol profesional en Asunción no es cosa nueva. Es un mal que viene agudizándose desde hace algunos años, habiendo causado ya numerosas víctimas fatales, la mayoría de ellas en plena juventud.

Nuevamente, el domingo pasado se produjeron actos de violencia en distintos lugares de la vía pública, entre grupos de hinchas de Cerro Porteño y Olimpia que se cruzaron camino al estadio y luego del partido. A consecuencia de los enfrentamientos, en los que hubo agresiones con armas de distinto tipo, resultó muerto un joven de apenas 18 años, quedando otros varios heridos, uno de gravedad, y unos setenta detenidos a raíz de los incidentes.

Además de la tragedia que significa para familiares, allegados y amigos la inútil pérdida de estas jóvenes vidas, estos hechos expanden su efecto maligno constituyéndose, asimismo, en un drama social, agudizando la sensación de inseguridad que ya prevalece en nuestro medio.

Las precauciones que desde hace algunos años la Policía viene tomando en los estadios solucionaron, al parecer, las grescas dentro de los mismos; pero el problema ahora se trasladó a la calle. Al principio las peleas y los actos destructivos contra vehículos y locales se perpetraban en los alrededores inmediatos. Ahora pueden suceder en cualquier punto de la ciudad, basta que dos grupos de distinta casaca se tropiecen en su marcha hacia o desde el lugar de la competencia.

Mientras los expertos en disciplinas humanas averiguan cuál o cuáles son los factores anímicos que están enfermando la mente de estos jóvenes hinchas de fútbol y sugieran remedios apropiados, es impostergable tomar medidas prácticas inmediatas, porque la gravedad del peligro que actualmente se corre no va a aguardar por medidas correctivas de largo plazo.

El Ministerio del Interior debería conformar un equipo de expertos que sugiera todas las medidas indispensables para impedir este tipo de enfrentamientos, capaces de causar tanto daño. No debe temblarles el pulso para imponer restricciones, duelan a quienes duelan y aun a riesgo de perjudicar económicamente a alguien. En la Argentina probaron la receta de que ciertos partidos se jueguen a puertas cerradas, sin público, o con la sola presencia de los hinchas locales, junto a otras precauciones. Es de desear que en el Paraguay no ocurra lo mismo, en una actividad que en nuestro país era –y lo sigue siendo– la principal atracción deportiva.

Las instituciones estatales que tienen a su cargo la seguridad pública ya deben haber pensado en varias medidas correctivas, considerando que no son hechos novedosos. Es importante entender que, mientras se las piensa, hay gente que se muere. Por de pronto, existen leyes punitorias de la violencia en el deporte que, aunque no sean lo suficientemente enérgicas, no se las aplica como debiera por la inutilidad de fiscales y jueces.

Entonces, es de esperar de las autoridades una reacción firme, inmediata, sin concesiones a nada o nadie, para frenar esta loca insensatez homicida que en competencias deportivas se apodera de nuestras calles y enluta a tantos.

http://www.abc.com.py/edicion-impresa/editorial/erradicar-la-violencia-homicida-del-futbol-1455685.html

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

12 comentarios en “Erradicar la violencia homicida del fútbol

  1. Hinchas de qué, hinchas de nada
    26 octubre, 2016
    Por Hugo Barrios

    Al terminar el partido en el que Olimpia derrotó por 5-3 a River Plate, el domingo, 131 hinchas del Franjeado terminaron en la Comisaría 9 Metropolitana, luego de un enfrentamiento con simpatizantes de su mismo club, ya en las afueras del estadio Manuel Ferreira.

    Pasaron la noche en la dependencia policial en calidad de detenidos, en lugar de hacerlo en sus casas con el sabor de la victoria de su equipo. Entre ellos había 28 menores y 13 mujeres. A la mañana siguiente, una señora fue al lugar y suplicó con lágrimas que la Policía suelte a su hijo. Alegó que el chico era inocente y que no tenía nada que ver en el conflicto. Madre hay una sola…

    La versión oficial de la gresca habla de que un grupo de jóvenes emboscó a miembros de “La Barra del Olimpia” como represalia, por haber sido expulsados de la agrupación. Sea cual fuere el motivo del ataque, nada justifica la violencia, y una vez más los barras dan muestra de que constituyen un verdadero peligro no solo en los estadios, sino también en las calles.

    Un domingo antes, después de mucho fui a ver jugar al Franjeado (sí, porque soy hincha del Decano). Había dejado de hacerlo, harto de que inadaptados te “pecheen” en el trayecto, en las esquinas, en las adyascencias de la cancha o en el colectivo.

    Esta vez no fue la excepción y volvieron a decirme el clásico “Capé, puede ser pio un 2 mil para hacer el aguante. Sin corte, lecaya”. Si no accedés, corrés el riesgo de que te revienten, porque en grupo son muy gallitos y porque el sistema de seguridad que se despliega nunca es suficiente.

    Detrás de cada barrabrava se esconde una vida llena de conflictos y penurias. Muchos no tienen trabajo, son adictos y el desarraigo familiar en sus hogares es moneda corriente. Todo eso y mucho más, sin embargo, no les da derecho a escudarse en los encuentros de fútbol para patotear o sembrar terror.

    Me pregunto si es requisito ineludible ser un patotero para ingresar a sus filas. En ese caso, ¿hinchas de qué lo que son? Hinchas de nada. Ya tú sabes.

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    Publicado por Anónimo | 27 octubre, 2016, 9:28 am
  2. “La pelota no se mancha”

    “La pelota no se mancha”, fueron las últimas palabras del mejor jugador de todos los tiempos, Diego Maradona, cuando dejó el fútbol en cancha de su querido Boca Juniors, reconociendo tácitamente que su problema con las drogas no ennegreció la hermosura del fútbol.

    Pero esta frase va mucho más allá del problema personal del Pelusa. Esta expresión bien puede ser apuntada a quienes destruyen este deporte no solo con las drogas, sino –y principalmente– con la violencia y la generación de pánico, premisas arraigadas a las denominadas barras bravas.

    Los sucesivos ataques entre “hinchas organizados” ocurridos en estas últimas dos semanas vuelven a clarificar que estos personajes no actúan solos y es acá donde la reflexión debe ser muy profunda. Una sociedad que pega el grito al cielo por una caricatura en la contratapa de un diario, pero se mantiene en silencio ante el crecimiento sostenido de muertes por la disputa territorial entre barras, algo está haciendo mal.

    Tampoco basta con que uno o dos líderes vayan presos, o que algunos fanáticos ya no puedan ingresar a las canchas. El virus ya se extendió y alcanzó a aquellos que deben tomar las decisiones. En ese combo infectado ya se encuentran desde hace un buen tiempo la dirigencia deportiva y la Policía Nacional.

    No importa quién estuvo al frente de los clubes o quién está actualmente, la directiva siempre termina sucumbiendo ante las barras. La repartija de entradas, viajes pagos y una que otra licencia dentro de las instalaciones deportivas, a cambio de apoyo incondicional, forman parte de la alianza dirigencia-barras bravas.

    Por su parte, la Policía, institución que es extremadamente rigurosa y copa cada esquina cuando hay una manifestación estudiantil o campesina, es excesivamente flexible y permite que estos “hinchas organizados” asalten a cualquiera que encuentren a su paso, vacíen comercios aledaños a los estadios o, en el peor de los casos, se maten entre sí.

    El fútbol es el deporte más popular del mundo. Once contra once, cinco contra cinco o siete contra siete, el número no importa, con tal de poder correr detrás de la pelota y alguna que otra vez gritar un gol abrazando a alguien que es más que un compañero, un amigo.

    No importa dónde se juegue, si hace calor, frío o si llueve, este deporte despierta pasión, lealtad, alegría, nervios y a veces hasta puede llegar a generar tristeza. Todo hincha sabe y reconoce que existe una delgada línea entre el odio y el amor, entre amanecer de buen humor después de un partido ganado o despertarse con un vacío dentro tras una derrota.

    ¿Por qué algo tan hermoso debe seguir pagando por el egoísmo y los desaciertos de unos cuantos? El fútbol es de todos. Y como dijo el mejor, “la pelota no se mancha”.

    Por Iván Lisboa

    http://www.ultimahora.com/la-pelota-no-se-mancha-n1025982.html

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    Publicado por Anónimo | 24 septiembre, 2016, 6:22 am
  3. Espíritu olímpico
    17 Ago 2016

    –Por Pablo Noé

    Estuve siguiendo los Juegos Olímpicos –los primeros en Sudamérica, por lógica simple los más cercanos geográficamente–, y lo primero que queda en evidencia es lo lejos que estamos, tanto en infraestructura como en nivel de competencia para todo tipo de deportes, y principalmente en lo que implica a esta cita, el espíritu de competencia sana, en donde el vencedor y el derrotado se definen en un campo de juego.

    Más todavía cuando el fin de semana estuve en la cancha con mi familia acompañando a mi hijo mayor que está en la escuela de fútbol. Iba a desfilar con sus compañeros mostrando al público de Para Uno los trofeos obtenidos en la primera parte del año, con la ovación lógica de la multitud que estuvo en el estadio. Los medios de prensa dieron destaque al centenar de pequeños, que alborotados aguardaban su momento de gloria.

    El momento de mayor emoción se vivió cuando por pedido de los cronistas de televisión retumbaba el canto de los chicos alentando al club de sus amores: “Franjeado me enamoré de ti, tus colores así yo los sentí, una tarde mi viejo me llevó…”. Aquel conocedor de estas costumbres sabe que estas emotivas frases iniciales terminan con un insulto hacia los tradicionales rivales. Es más, si uno repasa la letra de las canciones de cancha, la mayoría tiene esta característica.

    Allí me acordé de Melanio, nuestro jardinero allá por la década de los 80. Su aspecto particular parecía extraído de un libro de ficción, por lo que nunca pasaba desapercibido. No lo fue para la Policía cuando el atentado que le costó la vida al ex dictador Anastacio Somoza despertó una pesquisa, en la que él fue detenido por portación de rostro como un potencial sospechoso.

    Quienes lo conocíamos estábamos más que seguros que nuestro amigo era incapaz de hacerle daño a nadie. Además de su bondad, también lo caracterizaba su amor eterno e infinito por el club de sus amores. La vida, dura de por sí, le podía privar de muchas cosas, pero nunca de los recursos necesarios para ser el primero en estar cuando se abrían los portones de Gradería Norte.

    Con Melanio podíamos discutir por horas sobre las polémicas de la jornada, siempre dentro del marco del respeto. Nunca coincidimos, por obvias razones, pero había dos cosas invariables, él siempre iría a acompañar a su equipo y yo lo respetaría por tal demostración de fidelidad.

    Estas vivencias me llevaron a reflexionar sobre la manera en la que construimos imágenes y valores en la sociedad. Cuando hacemos que nuestros niños repitan un lenguaje agresivo y legitimamos el insulto como manera de vivir la pasión de un deporte, como si fuera que este comportamiento, al que llamamos folclore del fútbol, sea algo normal.

    Lo mismo cuando en la campaña de ampliación del estadio de Barrio Obrero se destaca que la obra está realizada por hinchas de verdad, es decir por integrantes de la barra brava que además de los trabajos de albañilería, cantan y llevan sus banderas como elementos indispensables de su tarea. Los hinchas de verdad se parecen más a Melanio que a los violentos que se escudan en los colores para realizar todo tipo de actos repudiables.

    Alguna vez alguien con mucho tino dijo que la calidad de la sociedad se puede medir por el nivel de las cárceles, los hospitales psiquiátricos y el comportamiento en los estadios de fútbol. En todos los aspectos estamos en falta. Principalmente desde el momento en que aceptamos que el comportamiento de las barras bravas es el paradigma del espectador deportivo.

    Entronizamos como la imagen ideal del público a los generadores de violencia, que adoptan desde el propio un discurso cargado de agresividad. Si partimos desde este punto, los acuerdos para construir políticas públicas que fomenten el deporte serán mucho más fáciles de alcanzar, teniendo como sustento el respaldo de las familias, aquellas que se alejaron de las canchas por culpa de los violentos de siempre.

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    Publicado por Anónimo | 17 agosto, 2016, 6:15 am
  4. Código de barras
    Para describir lo que me producen los barrabravas, quisiera recurrir al término del cachetón de Kiko: “No me simpatizan”. Todos, tarde o temprano, terminan encontrándose por el camino con quienes utilizan los colores de equipos de fútbol para sembrar terror en nuestras calles. Lo simpático es que la propia policía los escolta a menudo, los protege, los mima.

    Tengo varias anécdotas con estos hinchas. Una vez cometí el error de no desviar mi trayecto y pasar por la esquina del colegio Saturio Ríos de San Lorenzo, ya de noche. Allí estaban ellos, rindiéndole culto al ocio, después de un partido de su club. Crucé la vereda para evitarles cualquier molestia. Fue en vano. Uno dejó la manada para interceptarme.

    Me pidió plata “para hacer el aguante”. Me negué y la respuesta lo enfureció. Me discutió que sí tenía dinero en tono amenazante y amagando extraer algo de la cintura. Tan rápido como pude saqué mis monedas y se las tiré. Insultándome, recogió el dinero y volvió a su rebaño. Llamé al 911: no pasó nada. Me sentí humillado. Maldije a cada uno de esos tipos, pero más a las autoridades.

    Es común que en esa intersección pidan peajes. Y todo ante la complicidad de los mandamases de la Comisaría 1° Todos saben, incluidos ellos, que los barras se instalan allí a pedir dinero. No hacen nada (los policías), no se preocupan por verificar siquiera sus documentos.

    Hace días subí a la Línea 27. Cerca de Calle Última el chofer paró la marcha para hacer subir a una docena de hinchas. Tras negociar con el conductor, el líder del grupo autorizó a sus compinches abordar el micro. Algunos pasaron por debajo y otros por encima del molinete.

    A pocas cuadras, otra jauría hizo la parada. Al verlos, el “portavoz” ordenó al trabajador del volante pisar el acelerador: los que querían subir eran de su mismo club, pero de otra barra. Por poco y no se tomó a trompadas con los que intentaban viajar. Pánico. Eso fue lo que hubo en ese momento.

    En vano uno exige seguridad a quienes fungen de ser nuestros custodios. Uno ya no sabe a quién recurrir para que estos tipos que veneran la filosofía del “aguante” dejen de fastidiar con su patética violencia. Ante estos casos, conviene más hacer como la Popis: “acusarlos con su mamá”. Ya tú sabes.

    Por Hugo Barrios

    http://www.extra.com.py/columnistas/codigo-de-barras.html

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    Publicado por Anónimo | 26 marzo, 2016, 10:01 am
  5. ¿Qué culpa tiene el fútbol?

    Por Fernanda Robles

    El nivel de pasión de los hinchas del fútbol provoca problemas, y a veces los choques entre aficiones pueden resultar en violentos enfrentamientos que nos afecta al resto de los aficionados. Una serie de hechos violentos se registraron desde el inicio del torneo Apertura. El último, se cobró la vida de un joven de 19 años.

    No solo la desilusión de las derrotas es la causante del abandono de las gradas, en la mayoría de los casos los hinchas dejamos de asistir a la cancha por miedo. Estamos cansados de los que nos persiguen todo el trayecto pidiendo plata para entrar a la cancha, y al salir que nos asalten, nos claven o directamente nos maten por ser del club contrario. Optamos por no ir, y en lugar de vivir la emoción de la previa, muchas horas antes de cada encuentro deportivo nos preocupamos por llegar a casa para evitar encontrarnos con alguna barra brava.

    Que injusta decisión. Me hubiese encantado poder ir con mis sobrinos a ver el maravilloso deporte que dentro de una pasión nos lleva a tantas alegrías. Y se hace aún más injusta, cuando presencias la negligencia de las autoridades al respecto.

    Cuarenta y tres hinchas fueron detenidos y recluidos en la cárcel de Emboscada, todos tras las rejas por la misma suerte de estar junto a inadaptados, o delincuentes escondidos detrás de una camiseta. Me tocó ver de cerca a las madres de muchos de estos hinchas sufriendo por la decisión de privarlos de su libertad, pero esa fue la única solución que encontró la Justicia.

    Una reacción inmediata de las autoridades que dentro de la misma ineptitud no soluciona la problemática, es más, ocasiona más problemas dentro de la justicia, llenando las cárceles que naturalmente se encuentran sobrepasadas en su capacidad.

    Ahora, el propio presidente de la República propuso jugar los partidos a puertas cerradas. La muestra más acabada de la incapacidad de las autoridades para enfrentar el problema. Esto, no es más que proponer matar al fútbol.

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    Publicado por Anónimo | 28 febrero, 2016, 9:58 am
  6. Camionadas a Emboscada

    Por Benjamín Fernández Bogado –

    Se congregan como esas tribus primitivas en cada partido. Muestran su absoluta ausencia de afectos y de límites.

    Gritan. Insultan. Escupen. Van armados y cuando los frenos comienzan a funcionar beben alcohol y drogas para sentirse liberados.

    No les interesa el juego aunque lo usen de pretexto para sentirse identificados con algo y con algunos.

    Tienen nombres de guerra y viven en ella desde hace tiempo.

    Solos, sin amor y por sobre todo sin futuro.

    Ellos: las barras bravas son parte de una jungla social que en cada partido de Cerro, Olimpia o Luqueño solo esperan ser noticia por haber asesinado, golpeado o destruido la propiedad de alguien.

    Los dirigentes hacen bulto con ellos proveyéndoles entradas de favor.

    Sus líderes se convierten en referentes políticos al que solo desmienten cuando el funcional elemento del poder mata a su mujer y lo esconde en un autobús estacionado en el centro de entrenamientos del Olimpia.

    Qué cruel metáfora para un grupo social que no tiene identidad, valores ni mucho menos: destino.

    Solo les espera la prisión de Emboscada y eso solo porque ya no hay lugar para ellos en Tacumbú.

    Son los desheredados, los huérfanos, los marginales de una sociedad sin herencia, sin padres ni referentes.

    Ellos no van a las canchas para ver el juego.

    Ellos gritan, empujan, queman y se pelean. Se mueven como simios y actúan de una forma primitiva.

    Algunos son marginales y otros viven una realidad rutinaria que la rompen en cada convocatoria de juego deportivo.

    Se reafirman matando y no les importa morir. La vida no tiene sentido más que en la confrontación, el riesgo y la muerte.

    Constituyen una llamada de atención de un tiempo en que claramente ellos saben que no tienen lugar.

    Forman parte de este cambio de era donde ni la política y menos la educación tienen valores que los muevan hacia algo diferente y distinto.

    Ellos hacen parte de la patota de una república donde el bono demográfico produce más miedos y angustias que optimismo hacia el futuro.

    Ellos son nuestro porvenir y no nos damos cuenta.

    Ni sus progenitores, que lloran frente a comisarías atestadas en donde claman por una justicia que no existe.

    Les espera la prisión de donde saldrán peores que cuando ingresaron.

    Hacen parte del territorio de la nada donde la motivación de vivir solo se legitima en la muerte.

    Corren, saltan, sudan… en cada juego creyendo que en ese ritual chamánico espantarán a los demonios que les impiden ver la vida desde una perspectiva distinta.

    Son los hijos de una sociedad que hizo del poder una extensión del hedonismo y nunca del compromiso de ser una cosa distinta.

    No entusiasman ni sirven de referentes.

    El poder solo los carga en camionadas a Emboscada donde una parte de la sociedad solo los quiere ver picando piedras pero no entusiasmados con la vida.

    Las barras bravas reflejan la nada de muchos que sienten poco porque la vida es solo el vacío cotidiano.

    Antes de Emboscada traíamos piedras para los cimientos, ahora enviamos a jóvenes sin principios, valores ni futuro.

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    Publicado por Anónimo | 28 febrero, 2016, 9:43 am
  7. Elías no llegó a la cancha

    Por Ilde Silvero

    Elías Rojas terminó de comer con su familia y empezó a prepararse para ir a la cancha. Era domingo y ese día jugaban nada menos que Olimpia y Cerro Porteño, ¡el clásico de los clásicos! Planchó su bandera y su camiseta, que estaban un poco arrugadas. Fue a la placita del barrio para hablar con sus amigos sobre el encuentro futbolístico. Recién había cumplido 18 años y la adrenalina de la emoción del superclásico empezaba a correr por sus arterias.

    Hacía mucho calor. El tereré circulaba de mano en mano. Los muchachos coreaban algunos cánticos típicos al estilo “Opa, opa, opa, Olimpia tiene copa y…”. Bueno, ya era la hora. El grupo sube al bus. Todo es alegría y bullicio. El ómnibus va camino al estadio. De pronto, para. Muchos jóvenes con camisetas de Cerro impiden el paso, profieren insultos, lanzan piedras y algunos olimpistas responden al ataque. Allí termina el viaje de Elías. Nunca llegará a la cancha. Una bala asesina le arranca la vida. No hay cánticos, no hay goles ni gritos de entusiasmo. El agujero negro de la noche eterna se tragó a Elías.

    No es un caso aislado ni insólito. Sucede con frecuencia en la “guerra de los barrabravas”. Los muertos y heridos se atribuyen a hinchas fanáticos de los grandes clubes. Son daños colaterales, se resignan algunos. Es cuestión de la policía, porque no sucede en las canchas, argumentan los dirigentes deportivos. Es culpa de los directivos que les regalan las entradas, sostienen las fuerzas de seguridad. Es la catarsis de una juventud sin rumbos en la vida, explican los psicólogos. Se perdieron los valores, rezongan los curas.

    Se ha debatido mucho sobre el tema y se han propuesto varias soluciones, pero el problema sigue y cada fin de semana se renuevan las peleas callejeras con su saldo de contusos, heridos y algún muerto.

    A grandes males corresponden grandes soluciones. Si el problema es tan grave que ocasiona periódicamente lesiones graves y la muerte de personas, el remedio debe ser proporcional al daño causado, no importa cuán doloroso sea.

    La vida es el valor supremo del ser humano. Si un sistema determinado conduce a la muerte, la sociedad está obligada a defenderse y acabar con la plaga. Si las barras bravas son sinónimo de violencia y muerte, hay que terminar con esas pandillas de delincuentes. Otros países ya han adoptado las medidas correctivas y nosotros estamos en deuda.

    Hay varias opciones que gradualmente se pueden tomar: identificación individual de los líderes de los grupos delictivos y prohibición de por vida para el acceso a las canchas; que se permita la asistencia únicamente de la hinchada del equipo local y no a los seguidores del visitante; prohibición absoluta de regalo de entradas a grupos masivos; suspensión por una temporada de los clubes que alientan a las barras agresivas; clausura de los estadios de las hinchadas delictivas; suspensión por un año de los torneos de Apertura y Clausura como señal inequívoca de que no se tolerarán más actos vandálicos en nombre de un supuesto y mal entendido fanatismo deportivo.

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    Publicado por Anónimo | 28 febrero, 2016, 6:44 am
  8. En la tragedia, un grito humano

    Por Carolina Cuenca –

    Un joven de 18 años muere en una mortal emboscada de vándalos tan o más jóvenes que él. ¿De dónde salen estos jóvenes protagonistas de una tragedia? ¿Del furor del estadio, de la pasión por el fútbol, de la equivocación de la policía que no previó el enfrentamiento de dos barras rivales, de oenegés, de la Fiscalía?… No. Tanto la tragedia como la redención salen de la sociedad civil (civilizadora por excelencia) más vulnerable de nuestro tiempo: la familia.

    Es cierto, estamos en tiempos duros para la familia. Valores diluidos, la realidad económica dura, los quiebres matrimoniales, las presiones por demostrar su valía por vías que tergiversan su esencia. Hoy muchos creen que la familia vale si está cómoda, si progresa, si solo da buen ejemplo. Tanto los que la exaltan fuera del mundo, en el altar de los ángeles y no de hombres normales, como los que la dan por perdida como institución obsoleta y violenta y desean cambios sustanciales en su conformación, yerran en el mismo punto, ¡su irrealismo!

    Siguiendo con la historia reciente del joven Elías, emboscado y asesinado “porque sí, porque estaba allí y le tocó”, uno se pregunta, ¿qué sentido tiene? Pero en la historia surgen detalles que mejor observados podrían darnos pistas de lo que está en juego aquí.

    Bajando de las nubes moralistas que la muestran rodeada de jardines de virtudes impolutas con las que nadie se siente identificado ya, pero subiendo también del pozo negro en el que quieren hundirla los inventores de sociedades tan nuevas y utópicas que no necesiten de la familia natural, la historia de Elías y de su familia concreta nos devuelve a la realidad con un balde de agua fría: “Su hermano, su padre y yo, con el corazón en la mano, perdonamos a la persona que le quitó la vida a Elías Gabriel. Ya no más violencia para nuestros jóvenes”, expresó entre lágrimas la madre en el templo donde se hacía el velatorio. “Quería ser marino y era un chico con vocación de servicio”, dijo su padre. Pero también agregó: “Lo único que le quiero decir al chico que segó la vida de mi hijo es que le perdono de todo corazón”.

    ¿Quién puede implantar ideología mentirosa o reducir a telenovela esta respuesta tan humana e impactante de dos padres apesadumbrados por la reciente muerte violenta de su hijo? Hay una luz bella de profundidad inconmensurable que nace de esta tragedia. El perdón presente en y desde una familia humana es la fuerza más poderosa del universo. Desde ella, aún en los momentos trágicos de nuestra historia, ¡todos podemos volver a comenzar para bien! Ese es el valor irrenunciable de una familia. Por eso vale la pena promoverla y dejarla ser.

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    Publicado por Anónimo | 26 febrero, 2016, 5:39 am
  9. CRIMINALES

    Andrés Granje

    Es inútil acercar más argumentos con relación al vandalismo criminal de los hinchas que se agrupan en las barras bravas, convertidas en una fuerza maligna que perjudica ostensiblemente al deporte rey en nuestro país al punto de tornar totalmente inseguro y no recomendable a la familia el acudir a los espectáculos deportivos. Pensar que cuando surgía las primeras barras organizadas que rompían con las monotonía que tanto extrañamos ahora de un público tal vez frio en sus alientos a los equipos de futbol incluido a la selección nacional, apenas el silbido característico y la palabra Paraguay, que se repetía entre los silbidos, que no alcanzaba ni se asemejaba a los cantos y apoyo constante de los hinchas argentinos y brasileños a sus escuadras nacionales.

    Entonces surgieron las barras de los clubes que en un primer momento caía simpática por sus instrumentos sonoros y rítmicos de las batucadas desconocidas entonces como elemento para alentar a los equipos de futbol, pero después fue degenerando hacia la prepotencia, convirtiéndose en refugio de inadaptados, mozalbetes violentos que comenzaron sus primeros actos de pillajes y confrontaciones con las barras rivales, ante la absoluta pasividad de las autoridades deportivas y nacionales, es mas en los primeros tiempos hubo hasta complicidad de los dirigentes apoyando a las barras con aportes económicos para la compra de elementos para alentar como los instrumentos y las banderas .

    Solamente que luego se salió de madre, convirtiéndose en refugios de viciosos y violentos , subiendo los niveles de criminalidad, asaltando a vecinos de los estadios deportivos, exigiendo los peajes para la barra que no es otra cosa que un vil apriete a pacíficos peatones o pasajeros de los vehículos que tuvieron la desgracia de cruzarse en el camino de las patotas de desubicados, es decir fue degenerando hacia el robo artero amparado por las turbas de criminales que nada tiene que ver con el deporte, después las peleas con las bandas rivales de los otros clubes y hasta con los del mismo club en ocasiones en la lucha por ganar los espacios de poder, que da ser jefes de estos grupos que se convirtieron en mafias organizadas que es el flagelo de los espectáculos deportivos locales.

    Como toda organización mafiosa la lucha por el poder tanto en lo interno en sus respectivos clubes, como con los otros clubes está a la orden del día, Así se tiene jefes de las barras que tienen tanto poder como los dirigentes de los clubes, que no dudan en el apriete a la gente que acuden a los estadios para hacerse de fondos o a los mismos jugadores y dirigentes a cambio de paz y tranquilidad, es decir ahora el mundo del futbol son rehenes de las patotas organizadas. Si no queremos matar el futbol como espectáculo este es el momento después de este último luctuoso suceso, la muerte de un joven de 18 años por una bala asesina de las barras de tomar las medidas conducentes a terminar con esta anomalía , dirigentes de futbol, ciudadanía, jueces y policías.

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    Publicado por Anónimo | 25 febrero, 2016, 4:49 am
  10. Es hora de atacar las causas que generan la violencia en el fútbol

    La violencia en torno al espectáculo del fútbol continúa, porque no hay voluntades que sumen y coordinen sus esfuerzos para que ese deporte vuelva a ser lo que era: un espacio para disfrutar con tranquilidad de una diversión sana que no pone en riesgo la vida de nadie dentro y fuera de los estadios. El reciente asesinato de un hincha antes del clásico es un nuevo episodio de sangre que interpela en particular a todos los que están vinculados al balompié y, por extensión, a toda la sociedad. Para superar el problema no bastan las sanciones, también hay que poner en marcha medidas que desmantelen de raíz las causas por las que alguien sale armado de su casa con el tácito propósito de matar.
    Para la salud social, no hay nada tan alarmantemente peligroso como que lo anormal se vuelva normal, porque se repite a menudo. La indiferencia con respecto a conductas que ponen en riesgo la seguridad y la vida de las personas es un implícito aliento para los que han hecho de la violencia un modo cada vez más frecuente de agredir los cánones pacíficos de la convivencia.

    La violencia relacionada con el fútbol no solo continúa, sino que sus episodios de máxima gravedad siguen cobrando víctimas fatales. Lo último es la muerte de Elías Rojas, un joven que el año pasado se había recibido de bachiller, acababa de cumplir sus 18 años y tenía la vida por delante para cumplir sus sueños. El domingo pasado salió de su casa para ver jugar, en el estadio de Puerto Sajonia, al club de sus amores. En el trayecto, una bala borró para siempre sus ilusiones.

    El asesinato de ese muchacho no debería ser una gota más en el proceso de acostumbramiento de la sociedad a las agresiones hacia las personas que en realidad constituyen ataques a la vida en comunidad, sino un punto de partida para que todos los sectores involucrados, directa o indirectamente, con la seguridad en torno a los espectáculos deportivos pongan en marcha mecanismos eficaces que remedien la situación y corten de raíz el mal.

    Es inútil responsabilizar total y únicamente a la Policía y a la Fiscalía –órganos del Estado cuya función es garantizar la seguridad ciudadana en todos los ámbitos– de las peleas callejeras entre barrabravas, los disparos de armas de fuego y las pérdidas de vidas humanas. Tienen su cuota de responsabilidad, pero está visto que el curso de situaciones concretas sobrepasa su capacidad humana de prevención.

    Los dirigentes de clubes, por acción u omisión, tienen también una elevada dosis de responsabilidad en los desbordes de quienes muchas veces actúan al influjo de drogas lícitas o ilícitas. Es obvio que los líderes de los grupos de hinchas organizados están conectados con los que lideran las instituciones. Y que los recursos de los que disponen para su ingreso a las canchas provienen de ese vínculo.

    Es inadmisible que aquellos que facilitan la presencia de los organizados en barrabravas no tengan la suficiente capacidad para detectar los problemas y darse cuenta del monstruo al que están alimentando. Por eso no es creíble el doble discurso de quienes dicen estar de labios para afuera contra la violencia, pero en la práctica proporcionan medios, toleran o hacen la vista gorda en relación a los que hace tiempo borraron de su comportamiento las normas de convivencia pacífica.

    La sociedad civil no está exenta de responsabilidades. Por eso su obligación es no permanecer indiferente a la violencia y presionar a las autoridades de la Asociación Paraguaya de Fútbol (APF), los clubes, la Policía y la Fiscalía para que tomen medidas que combatan las causas y no solo las consecuencias de una conducta que enluta familias y convierte al fútbol un deporte de alto riesgo.

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    Publicado por Anónimo | 25 febrero, 2016, 4:43 am
  11. Violencia asociada al fútbol

    Una vez más, la principal fiesta deportiva de nuestro país, el clásico entre los clubes de fútbol Olimpia y Cerro Porteño, se vio manchada por la violencia de las llamadas “barras bravas”. Un muerto, varios heridos y más de 60 detenidos fue el saldo de los enfrentamientos entre grupos de hinchas de ambas casacas y de éstos con la Policía, que actuó para mantener el orden en la vía pública.

    En los procedimientos policiales fueron incautadas –de manos de los detenidos o en los buses en que viajaban– armas blancas y armas de fuego, así como drogas y bebidas alcohólicas. Las peleas entre estos inadaptados –que no tienen absolutamente nada que ver con el deporte y con sus principios y fundamentos– se producen en las calles y avenidas, resultando con frecuencia perjudicados los ciudadanos que viven en la zona o aquellos que tuvieron la mala suerte de hallarse en el sitio en mal momento.

    Se trata de una historia repetida incontables veces y que ya costó la vida de un número considerable de personas. Sin embargo, pese a todos los antecedentes, no se han logrado avances significativos para desbaratar estas organizaciones que ya solo pueden calificarse de criminales. Un grupo de individuos embotados por el alcohol y los estupefacientes, que extorsiona en plena calle a las personas que pasan para sacarles dinero o que “secuestra” una unidad del transporte público y que se desborda en actos de vandalismo y violencia está muy lejos de cualquier genuina pasión deportiva.

    La bandera, los colores de tal o cual club, el “amor” que dicen profesar por este o aquel equipo no son sino excusas de enajenados sociales para desatar sus impulsos más bajos y agresivos y sus tendencias más destructivas. El deporte es un ámbito en el cual un atleta o un equipo buscan vencer de forma honorable al adversario circunstancial.

    Por la propia naturaleza del deporte, los que hoy celebran una victoria en cualquier disciplina lamentarán mañana una derrota y viceversa. La autosuperación es la dinámica del deporte y allí reside su valor y su belleza. Quien se siente con derecho a agredir o a matar a una persona por el solo hecho de preferir otros colores, de respaldar a otro club, no tiene nada que ver con el deporte y sí con las conductas antisociales y el crimen.

    Convenido esto, es preciso entonces darle el tratamiento de delincuentes y no de hinchas deportivos a todas las personas que participan de las llamadas “barras bravas”. Estas son organizaciones que promueven la violencia y el vandalismo y deben ser disueltas. Le cabe en este sentido un papel fundamental al Ministerio Público, que debe abrir una investigación a profundidad para determinar también los vínculos de estos grupos con el tráfico de drogas y las relaciones que tienen con los dirigentes deportivos.

    Un fiscal declaró que para evitar nuevos hechos como el que motiva la presenta reflexión es necesario afectar al espectáculo deportivo, restringiendo la asistencia de espectadores o medidas semejantes. Tal acción será además de perjudicial para el fútbol –que despierta auténtica y sana pasión en la mayoría de los paraguayos– extremadamente injusta. Lo que corresponde es que la Fiscalía lleve la investigación hasta las últimas consecuencias y consiga dilucidar los crímenes asociados a las barras bravas y castigar a los responsables.

    Por último, las autoridades harían bien en aprender de la experiencia de otros países en la erradicación de la violencia de los estadios. Un caso paradigmático en este sentido es Inglaterra, que logró desterrar la violencia aplicando severas sanciones a clubes e individuos.

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    Publicado por Anónimo | 23 febrero, 2016, 10:36 am
  12. Pandillas en gestación

    Por Lourdes Peralta

    La problemática social que involucra a jóvenes desocupados crece a un ritmo vertiginoso. La falta de políticas y personas especializadas en el tema hace que también aumente la confusión. Poco y nada nos preguntamos en soledad, en reflexión, cuánto y de qué manera entendemos los sufrimientos que nos aquejan como grupo, sociedad. Menos leemos informes para saber de alguna manera las causas reales de la violencia juvenil.

    Lamentablemente, la mayoría se remite a repetir la violencia en hechos o palabras y la considera una solución a corto plazo. El ser humano no funciona así, porque no es un objeto molesto que se quita o se pone. Los jóvenes marginales son quienes reciben todos los golpes y condenas: ellos son los delincuentes, los promiscuos, los ladrones, los escorias y demás insultos. Y aunque se califique de similar manera a los políticos corruptos, no he leído pedir “bala en la cabeza” para ellos de manera tan vehemente y masiva.

    Pero ocupándonos de los jóvenes, en nuestro país ya se está planteando la formación de “maras” o pandillas delictivas. Las maras, término utilizado en Centroamérica, son grupos de jóvenes que comenten delitos y crímenes relacionados principalmente con el robo y el narcotráfico. No son grupos menores, están organizados con jerarquías y pruebas de lealtad. Surgen de los barrios más pobres, la mayoría son varones, y se considera que uno de los patrones de rebeldía obedece a cuestiones migratorias. Traduciéndolo dentro del propio país, significa que son grupos que se sienten fuera de su/la cultura social urbana, fuera de atención, provienen de familias conflictivas/destrozadas y viven en la calle; por eso adoptan al grupo como padre, hogar, religión y patria. Van creciendo en fuerza y poder, y como bien lo explica la ciencia física, cuánto más despreciados son, más se fortalecen; porque paralelamente a la “mano dura” que aplican ciertos gobiernos para combatir a las maras, la medida hace que se multipliquen y extiendan sus fronteras. Se dice que en algunos países ya están superando a la cantidad de militares.

    En Paraguay todavía un grueso de la población sostiene como política correctiva el servicio militar, “el garrote”, “el trabajo forzado”. Sin embargo, estas propuestas no pasan de un desahogo, porque en la época que nos toca –de avances en las ciencias humanas– no funcionarán; el mundo y la sociedad han cambiado. Y no pasa por que nos guste o no, sino por reconocer qué herramientas grupales tenemos hoy para revertir la delincuencia juvenil.

    La lógica nos dice que la manera más eficiente de encauzar a los jóvenes tiene requisitos imprescindibles: hogar, educación y trabajo. Cuando hay rechazo tras rechazo, fracaso tras fracaso, es ingenuo aplicar el “si uno quiere, sale adelante”. El pozo, para millones, es tan profundo que necesitan ayuda.

    “Hay que dejar de creer que llenando cárceles, disminuye la criminalidad en las calles”, me decía una de las pocas doctoras en Derecho en Paraguay, sentando clara postura hacia la reinserción social.

    Si nos queda espíritu de pueblo honesto y solidario, revisemos el inicio de la cadena de este mal y ensayemos argumentos más racionales que emocionales.

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    Publicado por Anónimo | 23 febrero, 2016, 10:21 am

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