¿La educación puede esperar?

El puesto 130 (de 168) en el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional no nos sorprende. Tampoco el Índice de Desarrollo Humano, que ubicó a Paraguay en el puesto 112 de 188 países. Ni mucho menos el lugar 109, de 180, en la Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa 2015 de Reporteros Sin Fronteras. Estamos en un país corrupto, con baja calidad de desarrollo y con una prensa amenazada y violentada. Sin embargo, lo que más debería preocuparnos es la sistemática y bochornosa repartija del dinero del Fonacide en las municipalidades y gobernaciones. Desde 2012 hasta 2015, Itaipú entregó 300 millones de dólares para el mejoramiento de la infraestructura de escuelas y colegios, almuerzo y merienda escolar. Sin embargo, gran parte del dinero fue a parar en obras fantasmas, construcciones inconclusas o de mala calidad y en los bolsillos de políticos regionales.

¿Por qué necesitamos educación? En un país tradicionalmente autoritario y subdesarrollado, con una clase política ignorante e inculta y con una población que todavía se resiste a aceptar la contemporaneidad, la educación es una puerta abierta al mundo libre y globalizado, a las ventajas de crear conocimiento y transformar la economía, para que los ciudadanos puedan desarrollarse plenamente. Sin educación, la formación intelectual está a la deriva y la sociedad se queda huérfana de pensamiento. Sin una formación real, científica y libre, la sociedad todavía quedará presa no solo de los gobernantes ignorantes y corruptos, sino de toda una cultura oscurantista en que el silencio, la postergación y la prepotencia tienen mucho protagonismo, en detrimento de la libertad.

Aunque la dictadura stronista haya terminado, el pensamiento y el comportamiento autoritarios siguen vigentes. Según el Estudio Internacional de Educación Cívica y Ciudadana 2009, Paraguay quedó en penúltimo lugar en educación cívica, superado solo por República Dominicana. En este trabajo, los estudiantes aseguraron que las dos instituciones más creíbles del país eran la escuela (88% de aprobación) y los medios de comunicación (74%). Mientras que las peores fueron la Policía (45%) y los partidos políticos (32%). No es de extrañar. Los partidos prometen el Edén a la juventud, pero los más nuevos son desplazados por los viejos. Lo mismo pasa con la Policía Nacional. Los efectivos policiales todavía crecen con la mentalidad de que “la calle es de la policía” y, con una lógica tercermundista pero disciplinada, los agentes detienen a adolescentes y jóvenes en las calles, no solo para exigirles documentos, sino para “olerles las manos por si hayan fumado marihuana”. La práctica tiene como fin la extorsión.

A esta sociedad todavía le cuesta debatir, aceptar las transformaciones globales y dejar de lado las ideas y políticas contraproducentes para un país democrático. Paraguay tiene una educación eternamente embargada, con pocos respiros y poca voluntad de cambiar todo el sistema. Los gobernantes, muchos de ellos toscos e improductivos, son los principales responsables de todo el engranaje ignominioso y violento que lideró y gestionó el país por varias décadas. El robo descarado del Estado, la falta de respeto a la dignidad y la atroz postergación de los derechos individuales continúan pudriendo a varias generaciones. La solución, como vimos, no vendrá de antiguos o nuevos partidos políticos, de sindicatos ni de ONG, sino una verdadera educación.

Los niños y jóvenes paraguayos están secuestrados. Secuestrados por una reforma educativa obsoleta, unos padres impacientes, unos profesores mediocres, unos policías autoritarios y coimeros y una sociedad apática. Este mes inician las clases millones de estudiantes. Muchos tendrán que conformarse con el piso como pupitre y un papel sulfito como pizarra, a muchos se les negará la merienda escolar, los útiles y quizás también el futuro, porque hay plata para la corrupción pero no para una auténtica educación.

Por Eduardo Quintana

http://www.abc.com.py/edicion-impresa/opinion/la-educacion-puede-esperar-1449390.html

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7 comentarios en “¿La educación puede esperar?”

  1. Educación de calidad y trabajo formal, pilares para reducir galopante pobreza

    Según proyecciones del Banco Mundial, el Paraguay sigue entre los países con mayor crecimiento porcentual de su economía de América Latina, con una tasa bastante por encima del promedio de la región. En términos estrictamente estadísticos, será otro año de expansión, aunque menor a lo esperado. Sin embargo, es fácil notar que el crecimiento del PIB no se refleja en una mayor calidad de vida de la mayor parte de la población, en la disminución de los índices de pobreza extrema o en la reducción del desempleo y el subempleo. El tan promocionado crecimiento no llega a todos los sectores de la sociedad ni se traduce en más trabajo, mejores servicios y en una economía más dinámica.

    Finalmente, las estadísticas de crecimiento del PIB son solo eso, números y porcentajes abstractos que no llegan ni se convierten en el aumento del poder adquisitivo de la población, en un incremento del consumo o en la generación de empleos. En el propio gobierno reconocen que el crecimiento no llega. Se ha dicho mucho que es un modelo exitoso pero va creando una brecha grande entre los que más ingresos tienen y los que menos tienen.
    En otras palabras, el actual modelo económico significa prosperidad solo para pequeños sectores económicos, pero de ninguna manera es una respuesta a la pobreza ni sirve para la generación de puestos de trabajo. Una sociedad con desigualdades tan abismales como la nuestra es una verdadera bomba de tiempo.
    A nadie, a ningún sector, ni siquiera a los que hoy conocen de una extraordinaria bonanza, le conviene que la brecha social siga ampliándose. A mediano plazo, las consecuencias de esta fragmentación son imprevisibles.
    Una enorme cantidad de familias paraguayas se debate en medio de acuciantes necesidades y carencias. Sin embargo, es evidente que la pobreza jamás podrá ser superada con más pobreza. Solo a través de la generación exponencial de riqueza se podrá eventualmente satisfacer las necesidades materiales y espirituales de toda la nación. Las autoridades deben adoptar medidas que alienten la inversión privada, estimulen la producción y favorezcan la creación de puestos de trabajo, condición crucial para la superación de la pobreza. Y, simultáneamente, realizar profundas reformas que permitan el acceso a viviendas dignas y a educación y salud públicas de calidad al conjunto de la ciudadanía.
    El único camino para elevar la calidad de vida y el bienestar de los paraguayos es aumentando sostenidamente el crecimiento económico y reduciendo significativamente los índices de desempleo y de informalidad. La distribución de kits de alimentos o la transferencia directa de dinero son medidas exclusivamente paliativas que no atacan la raíz del problema. La receta correcta se basa en dos pilares: el trabajo formalizado, que permite al individuo acceder a la seguridad social y al crédito; y la educación de calidad, condición indispensable para lograr la igualdad de oportunidades para todos los paraguayos.

    http://diariolajornada.com.py/v6/category/editorial/

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  2. La internacionalización de la educación

    Desde un trascendental trabajo del epistemólogo educativo, Jorge González González se puede poner en perspectiva que la evolución genuina del sistema educativo, del país que fuere, y en particular en el Paraguay, no ha de ser posible si no se organiza: (1) la infraestructura: tecnológica, edilicia o de servicios logísticos en general; (2) la estructura: de los recursos y talentos humanos, y los sistemas organizacionales; y estos asentados sobre y en la dirección de los lineamientos de la (3) la superestructura.

    En efecto, el mencionado ensayo analiza los conceptos de “calidad” y “acreditación” educativas con sus diferentes acepciones, y propone definiciones integrales que han sido llevadas a la práctica desde un enfoque que prioriza el “Análisis estructural integrativo de organizaciones universitarias”. En América Latina y el Caribe, y consecuentemente en Paraguay, como miembro de esta comunidad supranacional, estos problemas se ven agravados por las complejas relaciones de las universidades con el poder político, lo que ha contribuido, por una parte, a la tendencia en el modelo nacional para establecer normas en el otorgamiento de apoyo económico o en el propio proceso de acreditación, bajo ciertas reglas de evaluación de resultados y de rendición de cuentas; y por otra, no sin interpretación sectaria de lo establecido en la propia CN de Paraguay (1992), especialmente en cuanto al Art. 79: sobre la autonomía universitaria; a la necesidad de contar con parámetros de cualificación y comparación de instituciones y programas. Si el concepto parte de la institución y el sistema educativo, la calidad se entenderá como el cumplimiento de requisitos y reglamentos establecidos, por ejemplo, sea en términos de costo–beneficio, infraestructura avanzada y optimización de recursos, eficiencia terminal y calificación del personal académico.

    Si el punto de comparación es el conocimiento, la calidad tendrá que ver con la actualización de las disciplinas y la adopción de planes de estudio que se encuentren en la frontera del saber, y en aquello internacionalmente relevante. Si el interés está en el mercado de trabajo, la adquisición de competencias que respondan a los requerimientos del sector productivo será el factor característico de una institución o programa de calidad; y si partimos del ámbito social, la pertinencia se convertirá en su elemento distintivo.

    En relación con el carácter polisémico del concepto de calidad, los expertos en educación coinciden en que este es de difícil consenso y varía dependiendo de los contextos, los actores y los elementos que considera, por lo que se hace necesario buscar la vinculación entre los diversos puntos de vista y componentes que se toman de manera desagregada, para construir una perspectiva integrada de la noción de calidad. La calidad de la enseñanza superior comprende todas sus funciones y actividades: enseñanza y programas académicos, investigación, beneficios para estudiantes y egresados, personal, edificios, instalaciones, equipamiento y servicios a la comunidad y al mundo universitario.

    La calidad requiere que la educación superior esté caracterizada por su dimensión internacional: el intercambio de conocimientos, la creación de sistemas interactivos, la movilidad de profesores y estudiantes y los proyectos de investigación internacionales, sin perjuicio de los valores culturales y las situaciones nacionales.

    (Colaboración: Profesor Eugenio González Aquino)

    Emma Paoli

    http://www.lanacion.com.py/2016/02/09/la-internacionalizacion-de-la-educacion/

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  3. La necesidad de una profunda transformación en la educación

    El Ministerio de Educación se encuentra empeñado en repartir en tiempo y forma los kits escolares en todos los colegios y escuelas públicas de la República. Se trata de una ayuda escolar muy importante, sobre todo para los sectores sociales más vulnerables, y es una contribución estatal hoy considerada esencial para que los alumnos puedan acompañar con eficacia el proceso educativo.

    En años anteriores, por distintas deficiencias, la repartición se hacía a destiempo y en forma desorganizada, con el resultado de que había instituciones educativas que aún no habían recibido los kits escolares a mediados de año. Este año, las cosas parecen estar mejor coordinadas.
    El esfuerzo hecho por las autoridades y funcionarios del MEC es naturalmente muy loable. Sin embargo, a las puertas de un nuevo año lectivo, es pertinente preguntarse qué se está haciendo en otros campos tanto o más importantes que la distribución de cuadernos y útiles. En concreto, es crucial conocer los planes del MEC en materia de formación y capacitación docente. Esta es la materia fundamental a la que tiene que volcar el Ministerio buena parte de sus recursos y de su energía. Nada cambiará en la educación paraguaya si no cambia primero en los docentes. Y estos cambios ya no pueden esperar más tiempo.
    Desde todos los sectores de la sociedad se ha insistido hasta el hartazgo acerca de la necesidad de transformar la educación paraguaya. Todas estas posiciones y propuestas tienen como mínimo un factor en común: es indispensable forjar nuevas generaciones de docentes que se encuentren realmente en condiciones de transmitir conocimiento, de guiar la búsqueda e investigaciones de los estudiantes y de estimular la curiosidad intelectual de niños y jóvenes. Sin este elemento no servirán de mucho computadoras y kits escolares, ni aulas nuevas ni modernos programas curriculares. El maestro es la pieza clave de un engranaje que debe contemplar también, desde luego, todo lo anteriormente nombrado.
    Naturalmente, el MEC cuenta con una oficina responsable de la formación docente. Y es seguro que existen planes muy buenos que están en ejecución. El problema es que las acciones que se toman en este campo no tienen ni la amplitud, ni la intensidad ni la velocidad que el problema reclama. La marcha de la capacitación y la construcción de un nuevo paradigma de maestro no se condice con las necesidades imperiosas de nuestra educación. El MEC debe apretar decididamente el acelerador en este tema, fijándose objetivos no solo inmediatos, sino establecidos según una visión estratégica.
    A pocos días del inicio de las actividades en escuelas y colegios, la ciudadanía no sabe a ciencia cierta qué se hará en el 2016 para elevar sustancialmente la formación de los docentes. Es de esperar que las autoridades educativas impulsen iniciativas más enérgicas para arrancar una transformación profunda en este sentido.

    http://diariolajornada.com.py/v6/category/editorial/

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  4. Del río turbio, al agua cristalina

    Ante una pregunta obvia, seguro una respuesta igual. ¿Optarías por un agua sucia, o la misma pero de cristal? Sin dudar, la segunda respuesta será la habitual e inmediata. Preferimos nadar en un mar transparente, caribeño quizás, antes que un río negro, probablemente contaminado. Entonces el ser humano tiene una idea clara, prefiere la transparencia antes que la oscuridad. Esto mismo sucede en la sociedad, en la vida de la mayoría de los ciudadanos, amantes de la cristalinidad.

    Sin dudarlo, preferimos la transparencia. El pueblo se cansó de la oscuridad, la suciedad generada por la corrupción.

    Afortunadamente hemos avanzado algunos pasos este último tiempo, pasos importantes y demostrativos del hartazgo. La sumatoria de sociedad, organizaciones, prensa y parte del gobierno decente, ha colaborado en gran medida para desenmascarar todo tipo de tramoyas.

    La sociedad en amplísima mayoría está peleando contra el gran flagelo de la impunidad y el oscurantismo. Este esfuerzo no es en vano, y ya estamos cosechando parte de sus frutos. Políticos procesados, planilleros forzados a renunciar, destituciones, entre otros.

    También se suma una nota inédita y feliz (aunque falte mucho por remar todavía) que nos ha dado Transparencia Internacional. Hemos mejorado 20 lugares en el Ranking Global de Percepción de Corrupción. Obvio no es para conformarnos por la nota actual, que sigue siendo muy mala. Sin embargo, el avance fue meteórico.

    Pero más allá de la calificación, lo que se vive en la calle, observa en la gente, las redes sociales, es una gran voluntad de cambio. El paraguayo quiere demostrarle al mundo, a nosotros mismos, que es una persona en su gran mayoría decente, honesta y trabajadora. No obstante, por un pequeño grupo, pero que mueve grandes caudales de agua contaminada, el río sigue siendo turbio. A estos, los días los tienen contados, van cayendo despacio, uno a uno.

    La corrupción, el agua sucia, es un flagelo malvado, que beneficia a unos pocos y castiga a la gran mayoría. La lucha de parte de cada uno de nosotros debe ser en el día a día, hasta en el mínimo detalle. Desde el zorro que quiere coimearnos, los funcionarios de aduana con sus trabas para “juntar” más para los muchachos, las entidades públicas con funcionarios fantasma y cobrando el diezmo, irán cayendo sin duda.

    Porque somos muchos más quienes queremos ver un país floreciente, creíble para el inversionista, con mayor y sano crecimiento, todos unidos y enfocados en hacer lo correcto. Somos más sin duda, y ganaremos la batalla. El camino es largo, difícil, pero será asertivo.

    Los niños de hoy, jóvenes promesas de nuestra tierra, deben ver nuestro esfuerzo. La educación en valores es clave para nuestro objetivo. La ética y honestidad casi como materia debe estar incluida en toda cátedra. Enseñemos con el ejemplo, erradiquemos de raíz prácticas no éticas. Por más simples o inocentes que parezcan, las limpias conductas nos pueden mostrar el camino recto a seguir.

    Apostemos a nadar en un mar claro, o en el río con fondo de piedra o en aquella laguna de arena blanca. Contagiemos buenas prácticas, premiemos a los impolutos. Mostrémosle al mundo que un nuevo Paraguay se asoma. Colaborando entre todos, el amanecer será distinto. Hagámoslo más transparente, más claro y visible, construyamos juntos el Paraguay soñado.

    Por Matías Ordeix

    http://www.lanacion.com.py/2016/02/01/del-rio-turbio-al-agua-cristalina/

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  5. Corrupción e incompetencia

    Por Alberto Acosta Garbarino Presidente de Dende

    Quince años atrás, cuando el Paraguay llevaba dos décadas de estancamiento económico y los índices de pobreza estaban cerca del cincuenta por ciento, escribí un artículo que se titulaba como este, “Corrupción o incompetencia” donde me preguntaba, ¿cuál es nuestro mal mayor?

    En aquel momento nuestra democracia tenía un poco más de diez años, y junto al estancamiento económico vivíamos una enorme inestabilidad política, con el asesinato de un vicepresidente, la renuncia de un presidente, y varios intentos de golpe de Estado.

    En ese momento mi respuesta –en ese artículo– fue que la incompetencia era el mal mayor de nuestro país. Porque para mí era incompetencia la incapacidad de ponerse de acuerdo de nuestros políticos, era incompetencia la falta de inversión de nuestros empresarios y era incompetencia el ambiente de pesimismo creado por una prensa que lucraba con el sensacionalismo.

    Pero la incompetencia era producto de nuestra ignorancia, porque nunca antes habíamos vivido en democracia, nunca habíamos competido en un mercado global y nunca habíamos disfrutado de tanta libertad de prensa.

    Hoy, luego de una década, en la que disfrutamos del boom de los commodities, en la que conseguimos un importante crecimiento económico, en la que logramos una gran reducción de la pobreza, pero en la que vemos que la corrupción ha hecho metástasis en todo el cuerpo de nuestra sociedad, creo que el mal mayor ya no es la incompetencia, sino que esa perversa corrupción.

    En estos días la Organización no Gubernamental Transparencia Internacional ha dado a conocer su ranking 2015 de corrupción, donde si bien el Paraguay ha mejorado 20 lugares en la tabla de posiciones, aún somos uno de los países peor calificados de América Latina.

    Muchos intentan descalificar este ranking diciendo que es en gran parte producto de la “percepción” de los ciudadanos de cada país y en el Paraguay, una prensa enfocada casi exclusivamente en informar solamente lo negativo, contribuye poderosamente a construir esa “percepción”.

    Yo personalmente también tengo algunas objeciones al lugar que ocupa el Paraguay en el ranking, pero no podemos negar que esa es la “percepción” de nuestros ciudadanos y que “percepción” es realidad.

    Y lo que “percibe” el ciudadano es que muchas personas que entran pobres a la política, salen millonarios; que muchos empresarios exitosos evaden el pago de impuestos; que gran parte de los ingresos tributarios son despilfarrados en una burocracia estatal llena de funcionarios, de planilleros, de operadores políticos y de familiares y amantes de los políticos; y que los servicios públicos como la educación, la salud, la infraestructura de calles, luz y agua son de una pésima calidad.

    Eso es lo que “percibe” todos los días el ciudadano paraguayo y después nos enojamos porque en las encuestas de “percepción” salimos muy mal calificados.

    Quince años después de mi anterior artículo, todavía existe una gran incompetencia en amplios sectores de nuestra sociedad, producto de un sistema educativo que no enseña a pensar y que no forma en valores, pero también producto de una cultura, que como decía Eusebio Ayala: “Da mayor preponderancia a los temas que nos dividen en lugar de a los temas que nos unen”.

    Pero a pesar de esta incompetencia que persiste, considero que hoy la corrupción es el mayor mal del Paraguay. Porque destruye la confianza entre los miembros de la sociedad, destruye el correcto funcionamiento de las instituciones y destruye la posibilidad de tener una educación de calidad y fundada en valores, que es la base para tener personas competentes y decentes en todos los sectores.

    Desde hace mucho tiempo que tenemos en nuestro país altos niveles de corrupción, pero en los últimos años esta se ha masificado y ha permeado e impregnado todos los sectores y todas las instituciones.

    Como dice Gonzalo Quintana: “La corrupción se ha corrompido en el Paraguay”.

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  6. Transparencia, calidad de la información y corrupción

    El reciente informe de la organización Transparencia Internacional ubica a Paraguay en el lugar 130 de entre los países del mundo en el índice de percepción de corrupción, lo cual significa estar en el grupo de los peores en la materia. Esta posición muestra una mejoría con respecto al año anterior, en parte porque mejoró levemente la percepción de los encuestados acerca de la transparencia y en parte porque otros países empeoraron. Este leve mejoramiento de la percepción ciudadana, sin embargo, no significa un avance relevante ya que en la región sigue ocupando casi los mismos lugares de siempre. La información dada por el organismo internacional obliga al Gobierno a impulsar reformas estructurales que permitan a la ciudadanía contar con información suficiente y de calidad para ejercer con efectividad su rol contralor.

    La mejora en la percepción ciudadana probablemente tenga que ver con las nuevas formas de acceso a la información, lo que generó una explosión de datos, especialmente sobre cargos y salarios en el sector público. No cabe duda de la relevancia de mejorar los mecanismos que permiten la transparencia y rendición de cuentas del sector público; sin embargo, por sí solos estos mecanismos no implican avances significativos.

    La provisión de datos por sí sola no es suficiente. Los partidos políticos deben tener el suficiente poder para obligar a sus políticos a que renuncien cuando se enfrentan a un dilema ético. El Poder Ejecutivo y el Poder Judicial deben garantizar la penalización de las malas prácticas y delitos.

    El mayor acceso a información pública se revertirá en el mejor uso de los recursos públicos si el mal uso de los mismos tiene un castigo ejemplar. De otra manera, tarde o temprano la ciudadanía perderá el interés de investigar y hacer uso de la información.

    La mejora relativa en el puntaje del indicador para Paraguay no nos debe hacer cantar victoria. Si analizamos el posicionamiento de Paraguay en América Latina, en los dos últimos años, nuestro país se mantuvo en los últimos lugares del ránking, solo por encima de Haití y Venezuela.

    Una visión excesivamente optimista sobre este resultado es riesgoso, ya que niega los problemas que aún tiene el Estado paraguayo en materia de rendición de cuentas.

    El Gobierno debe avanzar no solo en incorporar mayor información sobre los funcionarios públicos, sino sobre todos aquellos aspectos que permitirán a la ciudadanía y a la prensa ejercer su rol contralor.

    Por otro lado, también es necesario mejorar la calidad de la información pública. Si bien ha habido progresos en este sentido, todavía queda mucho por hacer en cuanto a los formatos, a las páginas web de las instituciones y a la oportunidad y actualización de los datos. La información debe ser procesada fácilmente por la ciudadanía, las universidades, los centros de investigación, el periodismo investigativo y cualquier otro interesado.

    El acceso a la información pública no debe depender de ningún funcionario ni de la necesidad de tener que recurrir por medios burocráticos a la misma. Los recursos invertidos en el Estado son financiados por los impuestos de la gente. No hay excusa para que las instituciones no provean toda la información que permita conocer el destino de los mismos.

    El Gobierno debe continuar mejorando los mecanismos de transparencia y rendición de cuentas sobre el uso de los fondos públicos y paralelamente garantizar un duro castigo a quienes los malgastan.

    http://www.ultimahora.com/transparencia-calidad-la-informacion-y-corrupcion-n963404.html

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  7. La democracia genuina exige lucha frontal a la corrupción

    Uno de los factores que lleva a un alto porcentaje de la población a manifestar cierto desencanto con la democracia, conquistada hoy hace 27 años, es el alto índice de corrupción que ha imperado durante este lapso en el país. Un nivel demasiado elevado, por cierto, si se considera que la última medición de Transparencia Internacional nos ubica como uno de los países más corruptos de las Américas, triste sitial que venimos ocupando hace dilatado tiempo. Es verdad que algunas acciones positivas se impulsaron recientemente en materia ética; sin embargo, si se pretende consolidar nuestra democracia, el Estado en su conjunto debe declarar una guerra sin cuartel a la venalidad, en cualquiera de sus manifestaciones.
    La Carta Democrática Interamericana (CDI) consagra, en su artículo cuarto, que: “Son componentes fundamentales del ejercicio de la democracia la transparencia de las actividades gubernamentales, la probidad, la responsabilidad de los gobiernos en la gestión pública”, entre otros importantes factores. “Fundamental” guarda relación con los fundamentos, los cimientos, las bases principales de algo. Es decir, aquello sin lo cual el resto del edificio tendría un sustento frágil, corriendo el riesgo de desplomarse.

    Y eso, precisamente, es lo que acontece con nuestra democracia. Hemos avanzado en relación con la vigencia de los derechos políticos y el respeto a los derechos humanos, inexistentes en épocas de la larga noche stronista que vivimos durante tres décadas y media, pero no logramos consolidarla por falta de un fundamento sólido. Demasiada corrupción ha estado y continúa estando enquistada en el Estado paraguayo desde 1989 hasta la fecha.

    Así lo demuestra fehacientemente el últino Índice de Percepción de la Corrupción, dado a conocer días atrás por la organización no gubernamental Transparencia Internacional. Junto con Venezuela, Haití y Nicaragua, figuramos en la ignominiosa lista de los cuatro países más corruptos de las Américas.

    Hemos, no obstante, avanzado algunos puntos en la escala, pasando del puesto 150 al 130. Seguramente ello se debe a la aprobación –a instancias de la sociedad civil– y puesta en vigencia de la Ley de Acceso a la Información Pública, que reglamenta el atículo 28 de la Constitución Nacional, por el cual se garantiza el acceso a las fuentes públicas de información. Este hecho es sumamente significativo, puesto que permite a los ciudadanos reclamar datos que antes el Estado escondía como si fueran verdaderos secretos vinculados con la seguridad nacional del país.

    Pero esto, de por sí, es insuficiente. No solo es menester asegurar el correcto funcionamiento de dicha ley, sino que, si se pretende consolidar una democracia genuina, es perentorio que el Estado declare y libre una guerra sin cuartel contra la corrupción en todas sus manifestaciones y ámbitos de gobierno, tanto local, como departamental y nacional.

    Por cómo se vienen manejando los recursos destinados al Fonacide, por no mencionar sino una de las tantas fuentes de venalidad, podemos certificar que aún estamos lejos de asegurar la “transparencia de las actividades gubernamentales”. Menos todavía si consideramos el elevadísimo grado de impunidad vigente en la República y la alta dependencia del poder político que impera en el Poder Judicial. Mientras no combatamos de raíz estos males nefastos, nuestra democracia, conquistada con el sacrificio y la sangre de muchos, continuará siendo tan débil y poco institucionalizada como lo es en el tiempo presente.

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