Mirar para arriba y no para abajo

Si hacemos un recorrido por la historia de la humanidad, observamos que en sus inicios el ser humano vivía en las cavernas y en la más absoluta pobreza. A partir de ahí, su ingenio, su inteligencia y su trabajo le permitieron descubrir, inventar y construir bienes, que le hicieron la vida más fácil y placentera.

Esta evolución en la calidad de vida del ser humano se ha ido dando lenta pero sostenidamente a lo largo de toda la historia, pero a partir del siglo XVIII una serie de acontecimientos políticos, económicos y religiosos, hicieron que dicho avance se acelere vertiginosamente.

En lo político, la Revolución Francesa trajo la democracia y los conceptos de libertad, igualdad y fraternidad; en lo económico, el descubrimiento de la máquina a vapor trajo la Revolución Industrial y la producción en gran escala, y en lo cultural, la Reforma protestante trajo un cambio ético conciliando la religión con el dinero.

Esta conciliación hizo, por ejemplo, que el hecho de no gastar sino ahorrar que antes era visto como el pecado de la avaricia, pase a ser visto como la virtud de la austeridad; o que, el invertir permanentemente para crecer y ganar dinero que antes era visto como el pecado de la codicia, pase a ser vista como la virtud de la innovación y el progreso constante.

Por otro lado, la nueva cultura dominante de libertad y de defensa de los derechos del individuo, trajo como contrapartida la responsabilidad de que cada uno debía hacerse responsable de su destino y no depender de los favores del rey.

Estos son los valores de las sociedades modernas y por eso ellas siempre miran para arriba: las pequeñas empresas miran y copian a las grandes empresas y las personas miran a los exitosos en la actividad en las que se desenvuelven. Los ídolos –en los negocios, las ciencias, las artes y el deporte– son exaltados para luego ser emulados e incluso superados.

Sin embargo, en las sociedades atrasadas –como lamentablemente todavía es la del Paraguay– estos valores de la modernidad que ya tienen más de 300 años, aún no se han instalado.

Nosotros aún miramos con desconfianza al exitoso y hacemos todo lo posible para descalificarlo y traerlo para abajo; nosotros aún seguimos viendo a la persona que ahorra y no gasta como al avaro que no comparte su riqueza; y nosotros aún seguimos viendo al que invierte y quiere crecer como el ambicioso que peca por codicia.

Si tenemos estos valores, de nada nos van a servir nuestros grandes planes de desarrollo económico y social, porque la base cultural es incompatible con el progreso constante.

La culpa de esta situación la tenemos todos y es fundamental que la cambiemos entre todos. Pero indudablemente la mayor responsabilidad la tienen los dirigentes, políticos, de los medios de comunicación, de las universidades y de las iglesias.

Debemos elogiar al exitoso, debemos estimular que cada persona sea dueña y responsable de su vida, debemos enfatizar la creación de la nueva riqueza y no tanto la distribución de la existente, y debemos hacer el gran esfuerzo por la inclusión social, pero sin asistencialismo.

Debemos mirar hacia arriba y buscar la calidad y la excelencia en lo que hacemos y no considerar a eso una actitud elitista. La democracia es, justamente, que la calidad y la excelencia se encuentren al alcance de todas las personas. Calidad en la educación, calidad en la salud, calidad en el trabajo, calidad en la vida de una persona.

Si queremos el desarrollo del Paraguay, tenemos que realizar un gran cambio cultural, exaltando lo de arriba, lo que se hace bien, lo que genera riqueza, y lo que hace que la gente tenga una vida digna.

Si queremos el desarrollo del Paraguay, todos tenemos que comenzar a mirar hacia arriba.

Por Alberto Acosta Garbarino

http://www.ultimahora.com/mirar-arriba-y-no-abajo-n961519.html

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2 comentarios en “Mirar para arriba y no para abajo”

  1. Desprolijidad paraguaya

    Una pésima característica cultural de nuestra personalidad colectiva, que desde los tiempos de la Colonia los paraguayos no logramos superar, es la deplorable actitud de desprecio por el trabajo bien hecho, adecuadamente acabado, de resultado prolijamente presentado. La traducción de esto es el “vai vai”, “ome’êma niko”, “péichante”, “ovaléma”, “ya da ya”, etc., con que nos damos por satisfechos de una obra inconclusa, deficiente o desarreglada.

    Raro es en el paraguayo medio que sea exigente consigo mismo para obtener buena calidad en lo que hace. Los pocos que lo son, que cuidan este aspecto, triunfan fácilmente sobre los demás. Hay chipas ricas que lo son desde hace años, siempre igual de aceptadas y buscadas, porque quienes las hacen cuidan que los ingredientes y el proceso que les dieron éxito no varíen. Hay locales gastronómicos que mantienen su nivel de concurrencia durante décadas gracias al afán de sus ejecutivos por mantener su cocina y su servicio a la altura que de ellos esperan sus fieles concurrentes. Hay artistas y artesanos que son aplaudidos durante generaciones merced a la aplicación cuidadosa que sostenidamente dedican a sus obras y actuaciones. Los comercios que otorgan la mayor importancia al orden, aseo, buena apariencia y fino gusto en la presentación de sus mercaderías ganan con facilidad la atención y preferencia de la clientela. La gente que no trata de ahorrarse esfuerzos, tiempo, calidad de ingredientes, que no rebaja el servicio profesional ni el nivel de sus prestaciones, conserva sus admiradores y usuarios sin problemas.

    Mas, lamentablemente, este tipo de gente es muy escaso. En cambio, se pueden citar muchos tipos de signo contrario: los informales, los fallutos, los ineficientes, los desordenados o sucios. En el ramo de los oficios relacionados con la construcción y con la reparación se dan tantos de estos en nuestro medio, que cada lector podría hacer lista propia con base en su experiencia.

    Hay que decirlo sin tapujos o hipocresía: la calidad de la mano de obra paraguaya, en general, es pésima. La mayoría de los albañiles, piseros, pintores, azulejistas, carpinteros, electricistas, reparadores de máquinas, mecánicos, jardineros, etc., no acaba de una sola vez su tarea; con suerte llegan al 95% de ella en el primer intento. Y si ya cobraron por la totalidad, muchas veces habrá que olvidar el cinco restante.

    En el panorama de la ciudad puede demostrarse el resto. La pésima factura del pavimento, las cañerías eternamente podridas, la multiplicación inexplicable de columnas y el horrible cablerío que ensucia el cielo y destroza la arboleda. Los cables de Copaco, ANDE y otras empresas públicas o privadas se enredan o cuelgan en todas partes, durante meses y años, puestos en donde más les convinieron a los obreros que los instalaron, sin que sus jefes les obliguen a poner las cosas como deben estar. Pero, ¿por qué? Porque unos y otros, obreros y jefes, tienen la misma mentalidad del “vai vai”.

    Uno de los motivos por los que nuestra integración completa y real con nuestros países vecinos es una utopía es precisamente esta pésima nota de desprolijidad de nuestro modo de ser colectivo. Si se eliminaran los obstáculos, los profesionales extranjeros harían desaparecer del mercado de trabajo a sus colegas paraguayos en poco tiempo, desde el albañil hasta el abogado. Tenemos mucho que aprender y mucho que cambiar. Ojalá que una futura mejor educación pública logre corregirnos y nos haga, al menos, un tanto más competitivos en este mundo que tanto aprecia y demanda la excelencia en todos los ámbitos.

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  2. Pronósticos para el 2016

    El Fondo Monetario Internacional (FMI) ajustó a la baja sus previsiones de crecimiento para América Latina en el 2016. Los pronósticos son especialmente sombríos para Brasil, cuya economía sufrirá una contracción del 3,5%, de acuerdo con los análisis de este organismo internacional.

    Después de cerrar un año extraordinariamente difícil, el gigante sudamericano no verá aún la luz al final del túnel este año y arrastra en su caída al resto de América Latina. Ni siquiera Argentina, que con el gobierno recientemente electo empieza a transitar nuevas políticas económicas, mostrará todavía signos claros de recuperación este año. Este escenario regional y continental tendrá su efecto, naturalmente, sobre nuestro país que, sin embargo, seguirá exhibiendo un buen dinamismo, con tasas de crecimiento del 3,5% o más.

    De cualquier manera, es preciso tomar las medidas pertinentes con la finalidad de minimizar los ramalazos del escenario recesivo que se perfila para el 2016. El ciclo de inusitado crecimiento económico que comenzó en el 2010 parece estar tocando techo. Una singular coyuntura –cosechas extraordinarias y altos precios de los commodities en los mercados internacionales, al principio, y la pujanza del sector de la construcción después– hizo posible que Paraguay se expandiera a un ritmo histórico. Las premisas que impulsaron este fenómeno inevitablemente transitorio han quedado, en el mejor de los casos, debilitadas. No es probable que mejoren los precios de las materias primas y de los productos agrícolas este año, de manera que no hay razones para pensar que el panorama vaya a cambiar gran cosa.

    El Estado tiene la posibilidad de mantener a buen ritmo el motor de la economía mediante fuertes inversiones en obras públicas. Este es, precisamente, el eje del asunto: una parte importante del gasto público debe orientarse a la creación de puestos de trabajo, sea mediante las construcciones y obras viales e infraestructura o la contratación de proveedores que aumenten la mano de obra ocupada. La verdadera palanca de crecimiento es la multiplicación de las fuentes de trabajo, lo que a su vez dinamiza el consumo, ayuda a formalizar la economía y eleva las recaudaciones fiscales.

    Hay que resaltar también otro aspecto de la coyuntura económica en curso. La caída de la economía brasileña es, sin embargo, singularmente importante para el Paraguay, pero no solo en un sentido negativo. La situación en Brasil vino a acentuar una tendencia que comenzó hace algunos años: la migración, paulatina pero constante, de empresas brasileñas a territorio paraguayo. La energía abundante y barata, la baja presión tributaria, los costos operativos y logísticos reducidos y una mano de obra laboriosa son elementos atractivos para la industria brasileña, no solo para las firmas asentadas en los estados fronterizos, sino también para las grandes compañías con base en San Pablo. Esta derivación de la contracción económica del país vecino es muy beneficiosa para Paraguay, pues representa inyección de capital, generación de puestos de trabajo y, con frecuencia, transferencia de tecnología y capacitación de los funcionarios.

    En definitiva, tanto el Gobierno como el sector privado deben monitorear con atención el desarrollo de los acontecimientos económicos para atenuar los golpes y sacar provecho de un contexto que, si bien se muestra complejo y delicado, también ofrece oportunidades.

    http://www.lanacion.com.py/2016/01/21/pronosticos-para-el-2016/

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