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HA… CHE RETÃ PARAGUAY ✓

Defensa de la cachaca

No soy fan ni seguidor. No me gusta como estilo musical, probablemente no compraría un disco de Bronco, ni incluiría sus temas en mis play list de SoundCloud o Spotify, pero desde hace tiempo me interesa la cachaca como fenómeno social. Por tanto, me sumo a la polémica que generó un artículo de Adrián Cattivelli en esta misma sección (La cachaca: Ese símbolo de hambruna intelectual).

El Paraguay no tiene mucha riqueza y variedad en sus expresiones musicales folclóricas, como otros países. Nuestros principales sonidos siguen siendo la polca, con nombre de danza europea, y la guarania del gran Flores, con otras creaciones –como la Avanzada– que no hallaron gran suceso.Durante tiempos el folclore paraguayo se estancó y dejó de reflejar el sentir popular. En los años 70, músicos campesinos crearon el purahéi jahe’o, que expresaba el sentir profundo de una cultura agonizante, pero los sectores intelectuales lo ignoraron y despreciaron.

Cuando los campesinos, expulsados por la guerra de la soja, migraron a las ciudades, sufrieron otro proceso de trasformación. Necesitaban una nueva música que expresara esa identidad suburbana, de violencia, machismo, humor fácil, fatalismo, amores desgraciados… y que se pudiera bailar con mucho ritmo.

Como los creadores paraguayos no fueron capaces de crear está música, la gente se apropió del ritmo que llegaba de otros países latinos. El cumbión mexicano, la cumbia colombiana, la bailanta y la cumbia villera argentina, dieron las bases. Aquí la bautizaron “cachaca”, feminizando el vocablo “cachaco” que en Colombia designa con cierto desdén a los bogotanos.

Caracterizado por un sonido llano y simple, con una reiteración rítmica sin variaciones y con versos tan básicos como el lenguaje cotidiano, la cachaca se metió hondo en el alma popular.

Tanto en las villas suburbanas, como en los ranchos campesinos más distantes, lo que sonaba ya no eran las polcas Emiliánore, sino las loas a la minifalda de Reinalda o la historia de Sergio el Bailador. Aunque a los nacionalistas les duela, la nueva música folclórica del Paraguay ya no era la polca o la guarania, sino la cachaca, cuyos intérpretes locales, con temas propios, pronto surgirían en la forma de kachorras, marilinas y talentos de barrios.

Lejos de ignorar o despreciar este fenómeno, hay que estudiarlo, entenderlo, otorgarle su verdadera significación. El Paraguay del siglo XXI es otro, rico en expresiones como el rock, el metal, la música clásica o sinfónica, el folclore fusión, la canción social urbana, el jazz, el hip hop, el reguetón… Pero en los escenarios de las manifestaciones sociales masivas de nuestro pueblo, la música que le da banda sonora a la vida cotidiana… sigue siendo la cachaca.

Por Andrés Colmán Gutiérrez

http://www.ultimahora.com/defensa-la-cachaca-n957985.html

 

 

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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4 comentarios en “Defensa de la cachaca

  1. Fútbol, cerveza y cachaca: El nuevo opio del pueblo

    Carlos Marx sentenció en el siglo XIX que la religión es el opio de los pueblos. Lo dijo en el sentido de que la preocupación por una vida futura que inspira todo tipo de fe institucionalizada importa, en uno u otro sentido, un cierto grado de falta de compromiso con la construcción de una realidad más justa y humana en la vida terrenal.

    “Si se coloca el centro de gravedad de la vida no en la vida, sino en el más allá –en la nada–, se ha arrebatado el centro de gravedad a la vida en general”, declaró a fines de ese mismo siglo Friedrich Nietzsche en su breve pero profunda obra El Anticristo.

    Hablaban, pues, ambos, del efecto narcotizante de la fe. Pero como la religión ha sufrido un fuerte declive en el mundo de la posmodernidad, hoy ese lugar es ocupado por otros fenómenos, de efecto igualmente hipnótico. Es que –como escribió Aldous Huxley, en su célebre libro Las puertas de la percepción– es inimaginable que el ser humano vaya a sobrellevar la vida sin verse vinculado con algún tipo de adicción; él busca forzosamente la evasión como una forma de sobrevivencia.

    En nuestra sociedad, el lugar de la religión –ámbito en el que se desenvuelve con mayor soltura el género femenino– ha venido a ser ocupado por otros sucedáneos no menos dañinos, sobre todo cuando se aplican en dosis inapropiadas, a saber, la cachaca, la cerveza y el fútbol.

    Y si por separado estos factores son de por sí difíciles de abordar, cuando se combinan producen situaciones explosivas, como la consabida violencia de las barras bravas, que vienen a oscurecer aún más el perfil de un deporte como el fútbol que, a tenor de los serios eventos que han ocurrido recientemente tanto en el ámbito de la FIFA como de la Conmebol, se desenvuelve mucho más como negociado de grandes roscas mundiales que como sano entretenimiento de las multitudes.

    La cachaca, ya lo he expresado en un polémico comentario precedente, denota la precariedad de la estética y el gusto musical de las grandes masas; mientras que la cerveza, por lejos la bebida más consumida en el país, genera –consumida en exceso– problemas de una gravedad, cuyos alcances sociales nadie parece querer abordar para evitar afrontar un debate que, es sabido, generará muchas críticas y molestias.

    En suma, la cachaca, la cerveza y el fútbol constituyen la nueva Santísima Trinidad de la narcotización popular que, por fuerza de los hechos, llevará a consolidarnos cada vez más y mejor en las mediocres ligas de los países subdesarrollados, sin esperanza alguna de superación en el corto y mediano plazo.

    Por Adrián Cattivelli –

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    Publicado por Anónimo | 7 febrero, 2016, 4:08 pm
  2. Música y oído: Entre la cultura y la historia

    Christopher Small (1927-2011) fue un extraordinario músico, educador y etnomusicólogo neozelandés. Hace ya más de una década, la lectura de su libro Música. Sociedad. Educación hizo que mi cultura musical se ampliara y, todavía más influyentemente, se desprejuiciara. Identifiqué entonces cuán etnocéntrico era en mis filias y, sobre todo, en mis fobias sonoras. Antes de la lectura de ese libro, estaba colonizado por la idea de que lo “primitivo” era —además de lo “pobre”— lo contrapuesto al tipo de elaboración heredado de la música barroca europea. Esta sería así una especie de cumbre de lo musical, basada en la concepción de la complejidad como atributo cuasi divino. Su opuesto sería lo despojado de los sonidos “marginales”.

    En el libro de Small, este cuenta que una vez le hizo escuchar a un músico popular armenio, prácticamente desconocedor total de la música europea clásica, una sinfonía de Beethoven. El músico oyó atentamente las idas y venidas imaginativas de uno de los principales orgullos de la música occidental. Al terminar de hacerlo, se quedó un rato callado y cavilante. Luego, dictaminó:

    —Demasiado repetitivo.

    Para un músico que bebió de las milenarias fuentes al mismo tiempo europeas y asiáticas, extraordinariamente diversas, el “genio” de Beethoven —hay que reparar en el hecho de que solo Occidente reserva un aura de “genialidad” a sus artistas, supuestamente únicos e irrepetibles— tenía sus “bemoles”. Eso le parecía porque la música es, esencialmente, un producto cultural e histórico y, como tal, su oído obraba en consecuencia. Pero al armenio jamás se le ocurriría decir que, por menos repetitiva, su música fuera superior a la de Beethoven.

    Sostener la idea de “superioridad musical” (o llanamente de “inexistencia” de una de sus formas) con argumentos que tienen que ver con la “monotonía” o la “pobreza” de lo que se quiere impugnar, linda con los peligros del autoritarismo cultural que no se diferencia del político. Y con el neocolonialismo. No hace falta recordar a Hitler y su proyecto de convertir los grandilocuentes coros wagnerianos en el soundtrack de la Europa aria e inmaculada, mientras prohibía el swing “negro”, esa música monótona que se baila.

    El crítico musical de The New Yorker, Alex Ross, recuerda en su libro Escucha esto que la “chacona” fue la música más popular en el cenit del imperio español en el siglo XVII. Su origen era casi seguramente americano. Todos la bailaban. Se basaba en una línea de bajo en “ostinato”, es decir, en una obstinada repetición acórdica. Para dar una mejor idea de ella, se puede hacer un parangón: era la cachaca del Siglo de Oro español, aun cuando haya sido una música cortesana. Ross hace notar que Johann Sebastian Bach introdujo la chacona en el último movimiento de su Segunda Partita para violín solo. Hoy nos resulta irreconocible esa influencia de la cachaca de la era de Felipe II en el más grande compositor del barroco europeo.

    Estos dos ejemplos relativizan la idea de superioridad de un estilo musical sobre otro. Toda música está cargada de cultura y de historia. El oído también, según quiénes y dónde seamos. Esa es la riqueza de ambos.

    Blas Brítez –

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    Publicado por Anónimo | 11 enero, 2016, 5:38 am
  3. Fan de Scorpions

    Por Sergio Cáceres Mercado –

    “Seamos estupendos amigos/ dejemos la crítica de lado/ la música no tiene moral/ la música no tiene mensaje para dar/ y sin embargo te lo doy”. Esta última parte de la canción Fan de Scorpions, de los Babasónicos, me vino a la mente luego de leer la controvertida opinión de Adrián Cattivelli sobre la cachaca, y la respuesta de Andrés Colmán Gutiérrez.

    Todo lo que el ser humano hace, y no proviene directamente de la naturaleza, suele clasificarse como cultura. Son creaciones humanas, cosas, pero en sí no tienen moral. La moral se aplica a los seres humanos solamente (Spinoza). De estas cosas que hacemos, inmediatamente las clasificamos algunas como de buena calidad y otras como de mala calidad.

    Haciendo una analogía con el cine, se puede afirmar que prácticamente el 90% de lo que llega en nuestras salas de cine es de mala calidad si le aplicamos ciertos parámetros. Si alguien quiere ver algo más elaborado, debe acudir a ciertos videoclubes o verlos online. Lo que estoy diciendo es que los que vamos al cine prácticamente consumimos lo equivalente a ir a una disco a bailar cachaca. Pero estas cosas a las que le aplicamos tales herramientas para clasificarlas de mala o buena calidad no son absolutas, repito, menos aún para la música, el cine y otras manifestaciones culturales. Pero otra cosa es querer aplicarlas a la gente que consume tales productos culturales. Moralmente nadie es mejor o peor que otro por la música que escucha o por el tipo de cine que ve.

    Otra cosa es cómo y en qué contextos se consumen tales productos. Jamás vi a alguien pasando con su auto (convertido en un parlante) y poniendo a todo volumen Las cuatro estaciones de Vivaldi. La cachaca está hecha para ser bailada, y como escapismo, algo que también cumplen otros tipos de música. Sobre dicho contexto y los modos de consumo ya son los sociólogos y los antropólogos los que nos pueden decir muchas cosas, especialmente si acudimos a conceptos como “consumo de masa” e “industria cultural”. Los psicólogos, por otro lado, nos pueden mostrar que un corrupto puede ser perfectamente un amante de Beethoven o Coltrane, y un voluntario social ser un fanático de Motörhead o Talento de barrio, y viceversa.

    A la larga, creo que la preocupación va por el lado de si somos mejores ciudadanos según qué tipo de música nos gusta. Pero esta ecuación no creo que sea tan simple. Pero si alguna vez se descubriese que tal o cual tipo de música mejora a las personas, las hace más responsables, solidarias, tolerantes con el diferente, deberemos aplicar urgente una terapia musical. Lo que sea, con tal de sacar adelante a nuestro maltrecho país.

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    Publicado por Anónimo | 11 enero, 2016, 5:37 am
  4. Cachaca

    Posteado por Alex López-Rolón el 29-12-2015

    “Sobre gustos y colores no han escrito los autores” reza la frase popular. No hay arte de buen o mal gusto, de mayor o menor nivel, existen preferencias personales, implica la frase. Sin embargo, la realidad es que sobre gustos y colores han escrito los autores, y han escrito bastante.

    “La cachaca: Ese símbolo de hambruna intelectual” dice el título de un reciente brevísimo artículo del periodista, filósofo y teólogo Adrián Cattivelli Taibo en uno de los principales periódicos de Paraguay. En este artículo encontramos una excelente oportunidad para analizar la lógica de un planteamiento supuestamente “intelectual” sobre un tema de amplio interés popular.

    Si su propósito fue provocar controversia para atraer lectores, el artículo logró su objetivo. Pero si su objetivo era plantear honestamente que la cachaca, un tipo de música popular inspirado en ritmos tropicales, es un “símbolo de hambruna intelectual”, debemos levantar ambas cejas y mantenerlas en esa posición por unos segundos. Aclaro solidariamente en caso de que el lector se haya aplicado recientemente en la frente inyecciones contra las arrugas.

    Antes se avanzar digamos que si el señor Cattivelli puede identificar símbolos de “hambruna intelectual” en expresiones artísticas, entonces debemos concluir que probablemente se considera a sí mismo alguien con buena “nutrición intelectual”. Y si ese es el caso estoy seguro que nos perdonará el atrevimiento de mencionarle y poner bajo la lupa sus ideas sobre este tema. Además, creo que el hecho de que afirma saber que sus ideas no son compartidas por “las grandes masas”, también nos debe invitar a suponer que podemos analizarlas sin mayores preocupaciones.

    Según el señor Cattivelli la cachaca es ruído y no música porque la armonía de sus sonidos es deficiente y se caracteriza por ser “estridente”, estar “empobrecida espiritualmente” y usar un lenguaje limitado. Sobre esto último cita al Tractatus Logico-Philosophicus de Ludwig Wittgenstein a quien presenta como lingüísta, aunque Wittgenstein era más bien un filósofo interesado en el lenguaje, la lógica y la conciencia, pero tampoco hilemos tan fino.

    “Los límites de mi habla representan los límites de mi mundo” reza la cita en el artículo del señor Cattivelli. ‪En el original: “die Grenzen meiner Sprache bedeuten die Grenzen meiner Welt”. Wittgenstein quería enfatizar la importancia del lenguaje en la expresión de nuestras ideas, y no precisamente proponer una categorización de las personas en función a su habilidad en el uso de cierto idioma o su preferencia de vocabulario.

    Si nos basáramos en los puntos expuestos por el señor Cattivelli podríamos alegar que la música de los pueblos originarios de América o la música ancestral y milenaria de muchos pueblos del mundo no es realmente música o es inferior a otras. Muchas son precisamente estridentes y cuando emplean el habla, su empleo es limitado a pocas palabras. En cuanto a la “riqueza espiritual” confieso que debo estimular mi cuero cabelludo con mis uñas repetidamente al ponderar sobre este criterio. Y no porque no me haya bañado hoy.

    Además el señor Cattivelli postula que la cachaca no es música porque la música es un conjunto de sonidos agradables al oído que constituye una especie de lenguaje universal. Lo que implica, por ejemplo, que lo que sea realmente música debe agradar a los oídos en cualquier lugar del mundo y probablemente cualquier momento de la historia del ser humano.

    Creo que hasta el más desatento y distraído estudiante de historia, antropología, sociología o psicología puede explicar que las expresiones musicales son diferentes en diferentes culturas y que estas han variado a lo largo de la historia humana. Y que la prefencia musical también varía obviamente dentro de cada cultura dependiendo de cuando y donde nos haya tocado vivir y que nos haya tocado vivir.

    Aunque a mi francamente tampoco me guste mucho que digamos, la cachaca parece tocar una fibra del corazón de millones de paraguayos. Es una expresión que les dice algo, que pueden compartir y disfrutar juntos. Es música.

    Y aunque hay numerosos adeptos a la cachaca en Paraguay que parecen tener un celo evangelizador y la comparten a todo volumen hasta en los parlantes de los buses sin haber obtenido antes el consentimiento de familiares, vecinos, amigos, clientes, mascotas u otras posibles víctimas en la fauna y flora local, esta falta de urbanidad y buenos modales no se limita solo a los cultivadores de este género musical.

    Señores cachaqueros, señor Cattivelli, recuerden lo que sobre gustos y colores ha escrito este autor, chucu-chuk, chucu-chuk, chucu-chuk.

    ————

    Alex López-Rolón ( @xealleax ) es un psicólogo paraguayo formado en Japón (en japonés) en la Universidad de Chiba y especializado en neuropsicología cognitiva clínica y experimental en diferentes universidades, centros de investigación y hospitales europeos. Trabaja actualmente en Alemania como investigador del Departamento de Neurología del Hospital de Clínicas de la Universidad de Múnich.

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    Publicado por Anónimo | 9 enero, 2016, 9:07 am

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