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HA… CHE RETÃ PARAGUAY ✓

INDIgencia

El Instituto Paraguayo del Indígena (INDI), tiene un nuevo titular. El anterior fue destituido porque, supuestamente, pateó a una indígena cuando ésta se le fue encima para agredirle, según se registró en un video. La tal patada no se ve, pero sí el gesto amenazador de la mujer a igual que otros manifestantes. ¿Y por qué la airada protesta? Es una historia para adornar con luces navideñas el rico folclore paraguayo.

El senador Luis Alberto Wagner había presentado un proyecto de ley que castiga el alquiler o la compra de las tierras indígenas. Nada más razonable ni humanitario. Sabemos de las luchas pacientes de los nativos para que el Estado les proporcione un lugar propio donde trabajar y vivir. Y cuando al fin lo consiguen, ¿es justo que lo pierdan en manos de los especuladores? ¿Y quiénes son? Los de siempre: los que dejan el país sin bosques ni arroyos, los que envenenan el ambiente con sus fumigaciones. Sí, los sojeros, sobre todo los brasileños y los brasiguayos.

Frente a la situación específica de las tierras indígenas, ¿cuál es la función del INDI? Naturalmente, protegerlos. Fue lo que el anterior titular quiso hacer. Expresó su acuerdo con el proyecto de ley de Wagner. Pero un grupo de caciques, financiados por los sojeros, arreó a los nativos a su cargo y los instaló frente a las oficinas del INDI donde acamparon por un mes. No tenían apuros. Los gastos estaban cubiertos. La orden era oponerse al proyecto de ley y conseguir la destitución del presidente de la institución.

Apenas se conoció el decreto de Cartes, la manifestación indígena estalló en hurras y vítores. Cuando se presentó el nuevo titular, lo recibieron con palmas y rosas. Tenían razón: el sustituto les prometió que les escucharía y haría lo que ellos quisiesen.

¿Y qué quieren los indígenas? Sus representantes fueron muy claros. De aprobarse el proyecto de ley perderían el dinero por las tierras arrendadas que el Estado les dio para otros fines y no están dispuestos a perder ni un centavo. Tampoco los arrendatarios, a quienes les va muy bien, y quienes no creemos que paguen lo que debieran. Se sabe que son algunos de los caciques los que cobran sin distribuir después lo cobrado. Ha de ser bueno vivir de rentas, pero este no es el caso.

Si el Estado quiere salvar moral y materialmente a los indígenas, tiene este camino: proceder de manera inmediata al desalojo de los que técnicamente son invasores y ayudar a los nativos a utilizar sus tierras. O sea, ayudarlos a cultivar con maquinarias y técnicos que les permitan, en algún momento, independizarse económicamente y dejar de vivir como mendigos. Es una ironía dedicarse a la mendicidad siendo propietarios de miles de hectáreas de tierras aptas para el cultivo.

Está claro que los indígenas ya no pueden vivir de la caza y de la pesca. Ya no hay bosques y casi no hay arroyos.

De todos modos, desde el punto de vista legal, tenemos el artículo 64 de la Constitución Nacional: “Los pueblos indígenas tienen derecho a la propiedad comunitaria de la tierra, en extensión y calidad suficientes para la conservación y el desarrollo de sus formas peculiares de vida. El Estado les proveerá gratuitamente de estas tierras, las cuales serán inembargables, indivisibles, intransferibles, imprescriptibles, no susceptibles de garantizar obligaciones contractuales ni de ser arrendadas; asimismo, estarán exentas de tributo”.

O sea, los sojeros usan las tierras indígenas por las que tampoco abonan un centavo al fisco. ¿Puede haber un negocio mejor? Mientras tanto, algunos indígenas aprovechados hunden aún más en la INDIgencia a su comunidad. ¡Y con la bendición del Gobierno!

Por Alcibiades González Delvalle

http://www.abc.com.py/edicion-impresa/opinion/indigencia-1433161.html

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

Un comentario en “INDIgencia

  1. Los invisibles de siempre

    En la Plaza de Armas, frente al Congreso Nacional, desde la semana pasada hay unas improvisadas carpas negras de plástico bajo las cuales se guarecen familias indígenas de comunidades ava y mbya.

    Dicen haber venido al centro del poder, Asunción, para quedarse frente a uno de los poderes del Estado, el Legislativo, con la finalidad de pedir una mesa de diálogo, reclamar caminos, escuelas, puentes, energía eléctrica, atención a la salud, etcétera.

    Es decir, elementos básicos que, a estas alturas, no deberían faltar a ningún compatriota.

    Cada día realizan alguna movilización para llamar la atención sobre el petitorio que les trae hasta la capital.

    Recurren a sentadas, cierran en forma intermitente la calle, y deambulan por la zona para ver si alguien los ve.

    Sus representantes ya fueron al Instituto Paraguayo del Indígena (Indi), y doy por descontado que a alguna otra institución, buscando que se tome nota de sus reclamos y les den alguna respuesta esperanzadora. No creo que los legisladores los hayan visto ni que se hayan incomodado al salir en sus portentosos todoterrenos del recinto parlamentario, porque normalmente los policías se encargan de despejarles las calles cuando llegan y parten.

    Los medios les han dedicado algún que otro espacio. En estos momentos es mucho más relevante saber hasta qué punto el presidente Horacio Cartes se jugará las próximas elecciones presidenciales con el alevín de político, Santiago Peña.

    Mientras tanto, un buen número de los indígenas siguen siendo los más pobres entre los pobres, y encima, invisibles. Y para empeorar aún más la situación de algunas de sus comunidades, sus líderes ceden como mantequilla al calor, y arriendan sus tierras al primer ofrecimiento que les hagan, plata de por medio, para todo tipo de actividades, y terminan con sus tierras deforestadas, empobrecidas y su gente obligada a una diáspora que, normalmente, tiene como destino final las cabeceras departamentales o Asunción.

    En estos sitios se convierten en mendigos y varios en zombies drogados con crac. Las niñas en objeto de explotación sexual y los pequeñitos son frágiles criaturas desnutridas que aspiran gases venenosos en los cruces semafóricos, mientras sus mamás se acercan silenciosamente a los automovilistas y extienden la mano. ¿Ha cambiado algo para estos connacionales en los últimos 20 años?

    Sí. Ahora los tenemos más cerca, pero seguimos sin prestarles atención. Perdieron la seguridad en sus propias tierras, además pasan hambre, y en muchas partes sus autoridades sucumbieron a la tentación del dinero y olvidaron luchar por su gente.

    La población indígena no supera las 120.000 personas. Atender sus necesidades no debería representar un problema, si hubiera política de Estado. Claro, primero urge verlos.

    Por Susana Oviedo

    http://www.ultimahora.com/los-invisibles-siempre-n1087332.html

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    Publicado por jotaefeb | 28 mayo, 2017, 5:29 pm

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