Monseñor Bogarin


  •  por Rafael Marcial Montiel

El primer obispo de la Diócesis de San Juan Bautista, Misiones, fue Mons. Ramón Pastor Bogarín Argaña,  nacido el 30 de marzo de 1911 y fallecido el 3 de setiembre de 1976.

Tuvo reconocida trayectoria por su lucha por los valores humanos y cristianos, por su protagonismo en el Concilio Vaticano II, por defender la libertad y promover la formación  del ciudadano fue perseguido por la dictadura de Stroessner.

Descendiente del primer santo paraguayo San Roque González de Santa Cruz, del evangelizador Amancio González y Escobar, del prócer de la Independencia Francisco Javier Bogarín, nieto del héroe de la Guerra contra la Triple Alianza Juan José Bogarín y sobrino de Mons. Juan Sinforiano Bogarín, primer arzobispo de Asunción, Ramón Pastor fue otra víctima del sistema totalitario.

Bogarín Argaña, vilipendiado y calumniado por la dictadura, fue acusado de comunista. Recibió toda clase de amenazas e injurias por personeros del régimen que buscó desacreditarle delante del pueblo y la Iglesia. Soplones, policías, militares y oportunistas culparon a Bogarín de la represión a las Ligas Agrarias Cristianas, cuyos miembros mujeres, jóvenes y ancianos, acusados de subversivos, fueron torturados en Abraham Cue durante la Pascua Dolorosa en 1976 (año de su muerte).

Sin embargo, Mons. Bogarín aclaró siempre que “ni el comunismo ni el capitalismo” podrán  sacar al Paraguay de la dictadura y la pobreza. Abogó por un socialismo cristiano y la formación integral de la persona humana.

Durante la represión defendió a los campesinos y enfrentó a torturadores, pero siempre con su carácter firme, estable, sin altibajos. Nunca airado ni violento, sino como un pastor preocupado por la desgracia de sus fieles.

El 30 de marzo último se recordó los 100 años de su nacimiento. Una coincidencia con los 200 años del Bicentenario. Bogarín fue un pastor, sacerdote y obispo; un sabio, compañero, amigo y maestro.

Un comentario en “Monseñor Bogarin”

  1. Un rostro inspirador

    En una época en donde el descreimiento es una constante, y la falta de liderazgos virtuosos empujan hacia la resignación y el pesimismo, vale rescatar y recordar la figura de personalidades que dejaron huellas positivas en la historia por su forma de vivir. Monseñor Juan Sinforiano Bogarín (1863-1949) es una ellas.

    Este hombre, nacido en Mbuyapey, y que fuera el primer arzobispo del Paraguay, supo construir con coraje y libertad, sin faltarle alegría (tenía un sentido del humor particular, cuentan historiadores), recorriendo casi 50 mil kilómetros a pie y caballo, cumpliendo su tarea, en un periodo de inestabilidad política y social, y en el que tuvo que tratar con más de 20 presidentes de la República, según señala el libro que lleva su nombre, presentado por la entidad Encuentro Asunción.
    Al igual que su padre, Juan Sinforiano era un “karai”, “un señor de manos callosas y de mente juiciosa”, relata Justo Pastor Benítez, en el citado material, que también incluye escritos de Carlos Heyn. Sus biógrafos lo llaman “reconstructor moral de la nación” y “pacificador” en un contexto marcado por los dolores de la Guerra del Chaco y las constantes revoluciones, entre ellas, la fatídica del ’47.

    Con respecto a sus visitas a los obrajes, Justo Pastor comenta: “El mensú… alzaba la vista a través de las tupidas selvas ante el prelado que venía recordarle que también había hombres que hablaban con amor y caridad…”, y agrega que Bogarín demostró que los paraguayos pueden ser guiados por la palabra, el ejemplo y la razón, y no solo por la fuerza o el despotismo. “…enseñaba que la sociedad debe ser gobernada por la sana razón, y que el orden proviene del respeto de los derechos”, añade.

    Además de instruir en la fe, el religioso ayudaba a los campesinos con el cultivo y los animaba a organizarse. Su lema era “Fortiter et suaviter” (Con fuerza pero con suavidad); lo que J. Irala Burgos explicará como la “fuerza en el cumplimiento del deber, en la defensa de sus principios y el magisterio de la Iglesia…” pero suavidad en su comportamiento con los demás. Dialogaba con todos; políticos, docentes y obreros; aclaró dudas con sus Cartas Pastorales y buscó sanar las heridas producidas por la violencia de su tiempo.

    Una figura inspiradora para jóvenes y adultos que desean construir. Y también una provocación, pues su pasión no nacía de un moralismo o patriotismo, sino -a decir de los editores del libro- de la experiencia de haberse sentido elegido y amado por Dios, por quien, según lo testimonió, valía todo sacrificio, con tal de dar aliento, llevar un sacramento o reafirmar la necesidad del perdón y la paz, ya sea en un sencillo hogar o un despacho presidencial.

    Por Gustavo Olmedo

    http://www.ultimahora.com/un-rostro-inspirador-n1105198.html

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